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Ignacio Hudson Mattews partió de este mundo tras una existencia intensa, colmada de aprendizajes y recuerdos que aún vibran en quienes tuvimos el privilegio de conocerlo. Su ausencia no logró borrar su influencia; por el contrario, continúa manifestándose en gestos heredados, relatos transmitidos y lecciones que siguen acompañando nuestro camino. Este homenaje busca aproximarse a su esencia, evocar su paso por la vida tal como fue —apasionado, generoso y firme— y rendir tributo a la huella que todavía orienta nuestros pasos.

Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.

Ignacio cerró su ciclo dejando una trayectoria plena, definida por objetivos alcanzados, ideales concretados y episodios que revelaron con claridad su carácter. Transitó la vida con intensidad y lucidez, consciente de que la felicidad no es una meta lejana, sino una decisión íntima que se renueva día a día.

Fue sastre por oficio y navegante por vocación. En el mar halló su espacio natural: un horizonte sin límites que reflejaba su espíritu inquieto y el orgullo profundo de su raíz bocatoreña. Cuatro continentes marcaron su travesía; ancló en puertos distantes para observar, aprender y nutrirse de culturas diversas. Los relatos compartidos durante mi infancia abrían ventanas hacia territorios remotos: los árabes, los pigmeos, la corona inglesa, Marsella, España, Costa de Marfil… narraciones que despertaron en mí la curiosidad y el deseo de explorar el mundo.

Hombre de presencia pulcra y disciplina inquebrantable, sostenía una expresión firme y un honor sin fisuras. La solidaridad y la generosidad guiaron su conducta; estaba convencido de que la educación constituía la llave de la superación y el faro que conduce hacia un porvenir más digno.

Su relación con el mensaje escrito revelaba también su carácter. Poseía una ortografía impecable y una caligrafía precisa, elegante, casi artesanal, como si cada trazo mereciera el mismo cuidado que una costura bien hecha o un rumbo trazado en el mapa. Escribía con claridad y respeto, convencido de que la forma también comunica valores. En su escritura se reconocían el orden, la paciencia y la responsabilidad de quien entendía que incluso los detalles más pequeños hablan de la integridad de una persona.

En la intimidad familiar lo llamábamos el Conde. No era un título heredado ni impuesto, sino ganado con el tiempo: por su porte, su elegancia natural y la serenidad con la que se conducía ante los demás. Él no necesitaba alzar la voz ni exhibir autoridad; su presencia bastaba para marcar respeto, y su trato cercano para inspirar confianza.

Las mañanas dominicales adquirían un carácter ceremonial. Sus enseñanzas bíblicas trascendían la simple lectura de versículos y se transformaban en ejercicios de reflexión, comprensión y pensamiento crítico. Junto a hijos y nietos compartió también sus entusiasmos: las veladas boxísticas, la lucha libre de Titanes en el Ring y los encuentros de la Serie Mundial de béisbol, siempre con una mirada irónica hacia los Yankees de Nueva York, sin dejar de lado la histórica rivalidad con los Dodgers de Los Ángeles.

Fue el puente hacia mis primeras lecturas y el guía que me enseñó a pensar con autonomía, a reconocer matices y contrastes del mundo. Con paciencia y firmeza contribuyó a forjar mi carácter, mostrándome que soñar es una facultad humana que se vuelve extraordinaria cuando se persigue con convicción y propósito.

Capitán Ignacio dirigió numerosas naves, y ninguna naufragó. Las embarcaciones que estuvieron bajo su mando continúan avanzando, llevando destinos diversos y manteniendo un rumbo firme. Su legado persiste en quienes aprendimos a mirar más allá, a valorar la disciplina, la curiosidad y la integridad, y a comprender que la vida se honra navegando con entereza, alegría y generosidad.

Había en él una serenidad propia de quienes han atravesado verdaderas tormentas. Poseía la intuición para elegir el momento justo para hablar o guardar silencio, para corregir con firmeza o limitarse a acompañar. Su mirada, atenta y profunda, reflejaba la experiencia de quien observó el mundo sin prisa, aprendiendo tanto de los encuentros como de los silencios.

En su mesa siempre hubo lugar para la conversación franca, el consejo oportuno y la risa sincera. No imponía su sabiduría; la compartía con humildad, dejando espacio para que los demás encontraran su propio rumbo. De ese modo enseñó que el respeto se construye con el ejemplo y que la autoridad auténtica nace de la coherencia entre palabra y acción.

Su vínculo con el mar no fue solo geográfico, sino también filosófico. Concebía la existencia como una travesía cambiante, donde el verdadero coraje consiste en ajustar las velas sin perder el norte. Aprendió a convivir con la incertidumbre y nos mostró que incluso en aguas turbulentas es posible avanzar con dignidad y esperanza.

Hoy, al evocarlo, comprendo que su herencia no se mide en objetos ni en logros visibles, sino en la manera en que nos enseñó a habitar el mundo. Nos legó la capacidad de asombro, el respeto por el conocimiento y la certeza de que vivir con integridad es el acto más profundo que puede realizar un ser humano.

Su presencia perdura en lo que aprendimos de él, en las historias que seguimos contando y en los gestos cotidianos donde su esencia se reconoce sin nombrarla. Ignacio Hudson Mattews continúa caminando con nosotros, como una brújula silenciosa que orienta sin imponerse, recordándonos que una vida bien vivida deja siempre el horizonte abierto.

Por: Mario García Hudson