fbpx
Integrar su trabajo a los laboratorios y programas de referencia del país, significará cumplir la promesa de reinserción a los jóvenes que vuelven a la patria, además de aprovechar su conocimiento al servicio de una ciencia cercana, humana y con identidad propia

Por: Violeta Villar Liste

Ashley Lou nació en La Chorrera, estudió la Licenciatura en Biología con orientación en Microbiología y Parasitología en la Universidad de Panamá (año 2021) y, gracias a una beca de la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Senacyt), pudo cursar una Maestría en Biología Molecular y Celular con especialización en Microbiología,  en la Université Paris Cité (París, Francia) de la cual egresó en 2025.

Volvió a casa con trayectoria, logros y un anhelo que mueve su vida: impulsar una nueva era en la investigación micológica en el país e integrarse en un laboratorio en Panamá que le permita desarrollar las áreas vinculadas con los hongos y su potencial biotecnológico.

“Desde el punto de vista biotecnológico, los hongos han sido clave en el desarrollo de antibióticos como la penicilina, producida por el género Penicillium, así como en la obtención de enzimas industriales, procesos de fermentación alimentaria y la investigación de compuestos bioactivos con potencial medicinal. Culturalmente, muchas especies comestibles forman parte de tradiciones gastronómicas y prácticas medicinales, y en diversas sociedades poseen incluso un significado simbólico o espiritual”, argumenta.

En conjunto, explica, los hongos no solo sostienen la vida en los ecosistemas, sino que también contribuyen de manera directa al desarrollo científico, económico y cultural de la humanidad.

Un amor hacia los hongos que inició en la universidad

Esta pasión y amor hacia la micología comenzó gracias a sus estudios en la Universidad de Panamá (UP).

“En las giras de campo, los hongos siempre captaban mi atención; había algo en su diversidad de formas, colores y funciones ecológicas que me parecía fascinante. Además, una profesora en el laboratorio transmitía la micología con tanta pasión y claridad que despertó en mí una curiosidad más profunda”.

A partir de este contacto,  comenzó a leer más, “a interesarme no solo por la parte morfológica sino también por su importancia ecológica y biotecnológica. Más adelante, mi asesor de tesis me apoyó para realizar una estancia en el Eagle Hill Institute, en Maine, Estados Unidos, donde tomé un curso sobre hongos comestibles y medicinales”.

Esta experiencia fue transformadora: “Salir al bosque a recolectarlos, identificarlos en campo y laboratorio, e incluso cocinarlos, me permitió conectar la ciencia con la experiencia directa en la naturaleza. Fue realmente inolvidable y confirmó que quería dedicarme a esta área”.

Una beca que cambió su historia

Al egresar de la Universidad de Panamá, tenía claro que deseaba ampliar su formación en el extranjero. La beca de Senacyt “fue determinante en mi trayectoria académica”, señala.

“Realizar estudios de posgrado fuera del país implica una inversión económica significativa. Sin ese apoyo financiero, hubiese sido prácticamente imposible concretar esa meta. La beca no solo representó un sustento económico, sino una oportunidad real de acceder a formación de alto nivel, exposición internacional y entrenamiento en un sistema académico distinto. Me permitió adquirir herramientas técnicas y fortalecer competencias científicas que hoy forman parte central de mi perfil profesional”.

Considera que “este tipo de programas son estratégicos para el desarrollo científico del país, porque permiten que profesionales panameños se formen en contextos altamente competitivos y luego puedan transferir ese conocimiento a nivel local”.

Hacia la comprensión del reino Fungi

-¿Qué significó la experiencia en Francia y cómo contribuyó a consolidar su conocimiento?

-Mi experiencia en Francia fue un reto académico y personal de alto impacto. En un período de seis meses tuve que aprender el idioma, adaptarme a un nuevo sistema educativo y mantener el rendimiento en un programa de maestría exigente. Ese proceso fortaleció significativamente mi disciplina, resiliencia y capacidad de adaptación.

“Más allá del desafío lingüístico y cultural, lo más transformador fue el enfoque académico. El sistema francés prioriza el análisis crítico, el cuestionamiento constante y la construcción del razonamiento científico, más que la memorización de contenidos. Esto cambió profundamente mi manera de aprender y de hacer ciencia”.

Durante su etapa en Francia trabajó con hongos del orden Sordariales, «un grupo que, hasta ese momento, era completamente nuevo para mí. Mi experiencia previa había estado más enfocada en macrohongos».

«Sin embargo, esta etapa me permitió adentrarme en el estudio de hongos microscópicos con relevancia ecológica y molecular significativa.

Los Sordariales son ampliamente utilizados como modelos en biología molecular y genética fúngica debido a su rápido crecimiento, facilidad de cultivo y utilidad para estudiar recombinación, regulación genética y mecanismos de desarrollo.

A través de este trabajo comprendí cómo estos organismos son herramientas clave para estudiar procesos como variabilidad genética, diferenciación celular y adaptación evolutiva».

Explica que uno de los aspectos más enriquecedores fue explorar la complejidad genómica dentro de lo que aparentemente era una misma especie.

“Mediante análisis bioinformáticos y estudios comparativos, observé cómo podían existir mutaciones, polimorfismos y variaciones en patrones de crecimiento y desarrollo dentro de un mismo complejo de especies. Esto me permitió entender que la diversidad fúngica es mucho más profunda de lo que tradicionalmente asumimos, y que incluso organismos morfológicamente similares pueden presentar diferencias genéticas con implicaciones evolutivas y ecológicas importantes”.

Este hallazgo, indica, también tiene relevancia en términos de función ecosistémica, ya que variaciones genéticas dentro de complejos de especies pueden influir en la descomposición de materia orgánica, ciclos de nutrientes y aporte energético al suelo.

En general, esta experiencia amplió su perspectiva científica, al pasar “de una visión más descriptiva a una comprensión integradora que conecta genética, evolución y ecología”.

De igual modo, la experiencia formativa le permitió entender la complejidad del llamado reino Fungi o reino de los hongos, todavía en proceso de exploración y cuyo estudio “representa un campo fascinante y estratégico para la ciencia”.

Investigación de impacto al servicio de Panamá

Ashley Lou volvió de su formación en Francia, gracias a la beca de Senacyt, con la determinación de lograr que su conocimiento adquirido pueda traducirse en formación, investigación y generación de conciencia científica en Panamá.

“Mi principal interés es enseñar y transferir lo aprendido, tanto en espacios académicos como en divulgación, para fortalecer la comprensión del reino Fungi desde una perspectiva ecológica, médica y molecular”.

Reflexiona que en Panamá “aún se habla poco de hongos en comparación con otros grupos biológicos, a pesar de su papel fundamental en los ecosistemas, la salud pública, la agricultura y la biotecnología. Invertir más en investigación micológica permitiría comprender mejor los procesos de la descomposición y el ciclo de nutrientes, la interacción suelo–planta–microorganismo, las enfermedades fúngicas emergentes y el potencial biotecnológico de especies nativas”.

Además, subraya, ampliar el estudio de los hongos puede cambiar la manera en que entendemos la biodiversidad panameña.

Publicidad

“La funga sigue siendo uno de los componentes menos explorados del país, y fortalecer esta línea de investigación contribuiría no solo al conocimiento científico, sino también a la toma de decisiones ambientales”.

El valor de los hongos para una sociedad

La científica explica que los hongos son tesoros de la naturaleza: tienen un valor ecológico, biotecnológico y cultural fundamental.

“Ecológicamente, son indispensables para el funcionamiento de los ecosistemas, ya que actúan como descomponedores que reciclan la materia orgánica y permiten el retorno de nutrientes al suelo, además de formar asociaciones micorrícicas con la mayoría de las plantas, facilitando la absorción de agua y minerales y sosteniendo la productividad vegetal. También participan en la regulación natural de poblaciones y en los ciclos biogeoquímicos, especialmente el del carbono y el nitrógeno».

Panamá tiene hongos autóctonos. Como país tropical y dueño de un patrimonio natural único, con gran diversidad de ecosistemas, bosques húmedos, manglares y ambientes acuáticos, “alberga muchas especies de hongos que forman parte natural de esos ambientes. Aunque varias de estas especies también se encuentren en países vecinos como Costa Rica y Colombia, siguen siendo autóctonas en Panamá, porque no fueron introducidas por el ser humano, sino que pertenecen naturalmente a la región neotropical”, expone.

Un laboratorio para desarrollar su investigación

Su principal anhelo es integrarse a un laboratorio en el país y consolidar una línea de investigación en Micología con enfoque biotecnológico que entre otras aplicaciones permita la mejora del suelo, alternativas para la contaminación, así como ampliar los usos en la parte comestible y medicinal.

-¿Cuáles aplicaciones biotecnológicas de los hongos pueden ser más prometedoras para Panamá?

-Para Panamá, las aplicaciones más prometedoras están alineadas con su contexto ecológico y productivo. El desarrollo de hongos comestibles y medicinales podría impulsar seguridad alimentaria, emprendimientos rurales y nuevos productos nutracéuticos.

La biorremediación, afirma, es particularmente relevante en un país con actividad agrícola y presión ambiental, donde los hongos pueden contribuir a la recuperación de suelos degradados y al tratamiento de contaminantes.

De igual modo, señala, la investigación en degradación de residuos sólidos, especialmente plásticos, representa una línea innovadora con alto impacto ambiental.

También, la exploración de metabolitos fúngicos para el desarrollo de nuevos fármacos podría posicionar a Panamá como un referente regional en bioprospección y biotecnología basada en recursos naturales.

Reflexiona que Panamá como país está avanzando en el fortalecimiento de las ciencias y eso es muy positivo.

“El país invierte recursos para que estudiantes se formen a nivel de maestría y doctorado, muchas veces en el extranjero, adquiriendo capacidades técnicas, visión internacional y experiencia en investigación. Ese esfuerzo institucional y personal es significativo. Sin embargo, al regresar, muchos profesionales enfrentan dificultades para insertarse en el sistema científico nacional, especialmente porque ya no existen programas sólidos de inserción a nivel de maestría”.

Exhorta a aprovechar este recurso humano altamente capacitado. Es su caso y el de otros jóvenes que esperan reinsertarse con éxito y contribuir con el país.

“No hacerlo representa una pérdida doble: por un lado, se desaprovecha la inversión realizada y, por otro, se limita el potencial de innovación y desarrollo que estas personas pueden aportar. Para quienes regresan, también es frustrante no encontrar espacios donde aplicar sus conocimientos y contribuir al crecimiento científico del país. Integrar de manera estratégica a este talento no solo fortalece la investigación nacional, sino que impulsa la transferencia de conocimiento, la formación de nuevas generaciones y la construcción de una ciencia más sólida y sostenible en Panamá”, observa.

Una Fundación que potencia el amor hacia el reino funga

Ashley Lou es la creadora de la Fundación Micológica de Panamá, una institución con misión y visión educativa.

“Nació de una necesidad clara: en Panamá existían organizaciones dedicadas a plantas y animales, pero no una enfocada exclusivamente en hongos. Sentía la responsabilidad de ampliar el conocimiento micológico más allá del ámbito académico y romper la barrera entre la ciencia y la sociedad”.

Es una convencida de la necesidad de comunicar el conocimiento para que cumpla su propósito.

“También fue importante para mí promover el concepto de funga, dándole el mismo nivel de reconocimiento que tradicionalmente se otorga a la flora y la fauna, entendiendo que los hongos son un reino con identidad y valor propio”.

-¿Cómo ha recibido la sociedad este trabajo?

-La respuesta ha sido sorprendentemente positiva. Hay mucho interés y curiosidad por los hongos; las personas quieren aprender, participar en actividades y comprender su importancia ecológica y cultural. Ha sido muy gratificante ver cómo crece ese entusiasmo y cómo la educación despierta una nueva mirada hacia la biodiversidad del país.

Parte del trabajo ha consistido en el diseño de guías de identificación y material didáctico, “herramientas fundamentales para democratizar el conocimiento”.

“Facilitan que estudiantes, docentes y público general puedan reconocer especies, entender su función ecológica y valorarlas”.

La investigadora comenta que el último libro amplio sobre hongos de Panamá fue elaborado por investigadores extranjeros.

Esta realidad, sostiene, evidencia la necesidad de que los panameños asumamos un rol activo en la generación de nuevos libros y recursos educativos.

«El material propio tiene la ventaja de fortalecer la ciencia nacional, construye identidad y sentido de pertenencia en torno a nuestra funga», reflexiona esta joven científica que descubrió las bondades de los hongos y no se ha apartado del buen camino de la constancia.

Integrar su trabajo a los laboratorios y programas de referencia del país, significará cumplir la promesa de reinserción a los jóvenes que vuelven a la patria, además de aprovechar su conocimiento al servicio de una ciencia cercana, humana y con identidad propia.

Por: Violeta Villar Liste | [email protected]