“En una nota, una caricia que se posa sin prisa; en un verso, el sabor tibio de una isla que respira sal, evocación y humanidad, una región que canta para no perderse y que se resiste, con cariño y dignidad, a ser borrada por el olvido”
Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.
Hablar de esta voz imprescindible de Puerto Rico es adentrarse en un paisaje emocional donde la música no adorna: sostiene, nombra y preserva. No fue únicamente compositor ni intérprete; fue un artesano del sentimiento, alguien que bordó la nostalgia con hilos de pertenencia y afecto. Su cancionero se convirtió en puente entre la isla y su gente dispersa, un gesto vivido que sabe a sal marina, a monte húmedo, a vida sencilla y anhelos profundos.
El bolero, en sus manos, dejó de ser fórmula para volverse experiencia. Lo hizo cercano, humano, inevitable, teñido de colores vivos y de la certeza de que la herencia es un territorio sagrado, frágil y resistente al mismo tiempo. En sus canciones conviven el apego que perdura, la esperanza que no cede y el orgullo sereno de un pueblo que canta incluso cuando el rumbo cambia. Allí se manifiesta una sensibilidad caribeña que abraza la emoción sin temor y entiende la singularidad como un acto de delicadeza consciente.
Es desde ese lugar —propio y colectivo a la vez— que la obra de Bobby Capó se afirma como una de las expresiones más entrañables de la canción popular: una música que no busca imponerse, sino quedarse.
El sabor de un amor que permanece

Entre las piezas que mejor encarnan esa mezcla desuavidad y firmeza se encuentra “Piel Canela”. Es una obra que ha viajado por generaciones y fronteras. No se trata de una canción romántica más: es una afirmación sensorial y vibrante, un canto al deseo, a la huella que deja el encuentro y a la permanencia de aquello que se ama de verdad.
“Que se quede el infinito sin estrellas,
O que pierda el ancho mar su inmensidad,
Pero el negro de tus ojos que no muera
Y el canela de tu piel se quede igual.”
En estos versos se traza una jerarquía del alma contundente: el universo puede desprenderse de su grandeza, la creación perder su esplendor, pero la presencia del ser amado debe permanecer intacta. No hay distancia idealizada; hay cercanía, cuerpo, invocación viva. La mirada y la piel funcionan como anclas sensibles, como escenarios donde el tiempo no consigue avanzar.

La “piel canela” trasciende lo físico y se vuelve símbolo de raíz, mezcla y legado afrocaribeño. Celebrarla implica reconocer la historia inscrita en el cuerpo, una sensualidad asumida con orgullo y sin concesiones. En ese gesto se afirma la naturaleza propia largamente invisibilizada: amar esa piel es también reivindicar su dignidad y su belleza.
La ternura que recorre la canción no es ingenua ni pasajera. Habla de un vínculo tejido en lo cotidiano, resistente a la distancia y al desgaste. Es una pasión con sabor a isla, hecho de gestos simples, de persistencia silenciosa, de resguardo que no necesita grandilocuencia para ser profundo.
“Si perdiera el arco iris su belleza,
Y las flores su perfume y su color,
No sería tan inmensa mi tristeza
Como aquella de quedarme sin tu amor.”
Aquí, la pérdida vuelve a medirse a través del entorno. Nada resulta tan devastador como la ausencia del ser amado, porque ese vínculo no acompaña la vida: la ordena, la sostiene, le da sentido. Sin él, el mundo pierde armonía y dirección.
Más que una canción, este bolero es un refugio del sentir, un espacio donde la imagen guardada no hiere, sino que cobija y acompaña. Su aparente sencillez guarda una verdad fundamental: querer también es resistir al olvido.
Convertido en clásico, confirma que lo personal puede transformarse en remembranza colectiva, y que la música es uno de los vehículos más poderosos de pertenencia e identidad.
Canción que no envejece

La obra que nos queda continúa latiendo con la misma calidez con la que fue concebida. Sus canciones no envejecen porque nacen de vivencias primordiales, aquellas que atraviesan generaciones sin perder vigencia. En este bolero emblemático, como en buena parte de su repertorio, el género se convierte en un espacio de afirmación sentimental, donde la entrega significa recordar y nombrarse.
Esta música comprendió que cantar no es solo acompañar: es resguardar la tradición de un pueblo, sostener a quienes parten y reconciliar a quienes permanecen. Su voz —hecha de isla, de cuidado y de verdad— sigue siendo arrullo y suelo, una forma de volver a casa incluso desde la distancia.
Escuchar hoy estas canciones es aceptar que la devoción, cuando se canta con honestidad, puede volverse eterna: la piel, la mirada y la isla que continúa respirando en cada verso.
Epílogo
Y así, entre notas que saben a mar y palabras que conservan el calor de la piel, estas canciones continúan su camino con quienes las escuchan. No piden atención: permanecen. Se deslizan por el rastro como brisa conocida, recordándonos que hay amores que no se apagan y tierras que nunca se abandonan del todo.
En esa voz hecha de dulzura y arraigo, la isla sigue nombrándose a sí misma. Canta para no perderse, sin olvidarnos, y permanece viva —suave, luminosa— en el paraje más fiel que existe: el recuerdo, donde sombras y luces bailan eternamente.
Por: Mario García Hudson

