Estas palabras nacen desde el aprecio profundo y reconocimiento sincero hacia un creador cuya obra acompañó a generaciones enteras. No buscan explicar una trayectoria, sino rendir homenaje a una presencia que dejó una marca imborrable en la cultura y en la sensibilidad colectiva. Lo que sigue es un gesto de evocación, escrito desde la admiración hacia quien convirtió el arte vocal y la expresión popular en un verdadero encuentro humano.
Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.
Hoy nos dirigimos a usted, don Sócrates Lazo, desde el recuerdo colectivo de un pueblo que aprendió a cantar, a sonreír y a emocionarse a través de su registro inconfundible. Su partida física no ha logrado silenciar la huella viva que dejó en el quehacer musical y en el corazón de Panamá.
Allá donde la expresión sonora no conoce despedidas, imaginamos que continúa ejerciendo el oficio que honró durante toda su vida: interpretar la existencia con sensibilidad, picardía y autenticidad. Su voz, cargada de sentimientos y cercanía, resuena junto a quienes encuentran en sus canciones refugio, vivencia y ternura compartida.
Usted comprendió que el arte no es solo escenario ni aplauso, sino un compromiso con la gente. Por eso su manera de cantar nunca resultó distante ni artificial; siempre fue cercana, humana y profundamente nuestra. En sus notas habitaban historias reconocibles,y en su decir musical se despertaban afectos compartidos.
Supo unir el bolero, la salsa y el humor en un lenguaje propio y auténtico, que trascendió escenarios y generaciones. Más que intérprete, se convirtió en narrador de historias cotidianas: amores sencillos, nostalgias compartidas y alegrías necesarias. En sus presentaciones y composiciones ofreció algo más que sonidos y melodías: entregó humanidad.

También nos regaló la sonrisa, esa expresión franca que alivia y une. Su faceta de jovialidad no fue un adorno, sino la prolongación natural de su sensibilidad. Hizo de la gracia un puente de comunicación y del ingenio una herramienta para acercarse al público con cortesía y calidez.
Panamá lo reconoce entre sus hijos ilustres, artista que llevó su identidad con orgullo y respeto. Su herencia artística permanece viva a través de las grabaciones que hizo con René Santos, Gustavo Escobar, Clarence Martin, Min Macías, Alexis Castillo, Julio Gutiérrez y la Orquesta 11 de Octubre, en las anécdotas que perduran, en las risas que provoca su ingenio y en la inspiración que emana de sus interpretaciones.
El Gran Combo de Puerto Rico dio vida a “Cuando el hombre quiere” y “Desde Panamá”; Paquito Guzmán emocionó con “Como te adoro”; y Julio Jaramillo nos conmovió con “De qué vale tu cariño”. Todas estas obras, fruto de su autoría, llevaron su creación más allá de nuestras fronteras, dejando un sello indeleble y respaldo internacional, y confirmando la fuerza y el alcance de su talento.
Su trayectoria es también testimonio de perseverancia y amor por la cultura nacional. Durante décadas sostuvo su vocación con dignidad, sin estridencias, dejando que fuera el tiempo —y la audiencia— quien confirmara el valor de su obra. Hoy ese honor es unánime y sincero.


Gracias, don Sócrates, por un arte generoso sostenido en la constancia y la cercanía con quienes lo escuchaban, y por evocarnos que la música también puede ser consuelo y celebración. Su nombre ya no pertenece solo al presente, sino al patrimonio emotivo compartido de nuestro país.
Queda su presencia sonora a modo de compañía, su ejemplo como enseñanza y su legado perdurable como herencia. En cada canción suya que vuelva a sonar, allí estará usted, recordándonos que la creación verdadera no muere, sino que se convierte en memoria viva.
No dudo que ya ha armado la rumba desde el otro lado, con tamboreras, son montuno y guarachas, y que incluso ha creado alguna canción para el Altísimo, quien lo ha acogido en su seno celestial.
Descanse en paz.
Su voz seguirá resonando en nuestros corazones.
Con respeto y gratitud,
Mario García Hudson

