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El 8 de noviembre cumpliste vueltas al sol, y quiero rendirte un homenaje, hermana de más de tres décadas, con quien he compartido vivencias. Que este diálogo nos permita dimensionar tu aporte a esos mundos que nos atrapan y dan sentido a nuestra existencia

Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.

Fue en un pliegue del tiempo sin nombre, instante donde pasado y presente se desdibujan, y queda solo la urgencia de un encuentro inevitable.

Allí, sin anuncios ni ceremonias, se cruzaron Lil María Herrera y Mario García Hudson.
No hubo saludos formales; bastó su mirada cómplice y un gesto breve, como quienes comparten el mismo destino, guiados por la esencia que los une.

Ella llegó con la risa anudada en los versos y una mochila cargada de imágenes que juegan, deslizan, se transforman y desafían las reglas: sentidos habitando la infancia eterna, esa que no se apaga pese al paso de los años.

Traía recuerdos rimando a las calles, poemas que saltaban charcos. Frutos de libros que perduran, aunque sus páginas conserven el aroma de lo vivido. Él apareció con las manos llenas de ecos dispersos, discos polvorientos y grabaciones sin firma, boleros susurrando verdades olvidadas por los libros oficiales.

Venía del barrio, resistiendo la sombra, y con una melodía que persiste en sobrevivir, al compás del roce cálido de la aguja sobre el vinilo que lo une con el pasado.

Lil, arquitecta de paisajes donde el lenguaje es refugio y juego, construye puentes con tinta, papel y crayones, da hogar a las almas que nadie escucha, y viste la quietud con trajes de imaginación.

Mario, cuidador de los sonidos panameños, arqueólogo de lo que no se canta en los himnos, descifra a la patria en sus ritmos y devuelve al presente aquello que la tradición quiso enterrar.

—¿También coleccionas voces? —preguntó ella, con complicidad. —Apenas las que callan para ser comprendidas —respondió él—, esas que murmuran en el viento y cuentan lo nunca escrito.

Conversaron de niñas dibujando sueños en libretas escondidas, madres entonando mientras cocinan, y abuelos recordando nombres de discos casi borrados por el tiempo. Lil recitó estrofas nacidas en talleres donde se fabrican universos, y Mario escuchó como quien descubre un archivo único, irrepetible, que no cabe en ninguna vitrina

—¿Por qué haces esto? —preguntó él. — El verbo es juego sagrado, y el verso un derecho a recuperar —dijo ella, con risa suelta de saber volar, sin permiso ni excusas.

Entonces él habló del tambor, bitácora viva; reggae, crónica de la resistencia; jazz, testimonio de sueños aún vivos. Relató hallazgos en casas abandonadas, melodías fuera de listas, músicas sin contrato, pero con corazón.

Ella se dejó envolver y pensó que, al final, eso también es poesía: la manera de nombrar lo imposible de atrapar con la gramática. Compartió su obra —Chifladuras, Machín Canda’o, Di versos—, contó cómo a veces toca inventar sílabas nuevas cuando el idioma no alcanza, habló de aulas, plazas y niños tímidos escribiendo como si soñaran con los ojos abiertos.

Él respondió con anécdotas de madrugadas solitarias, cintas despertando al tocarlas, nombres aún vivos en armonías desconocidas, y un país entero dormido en un suspiro grabado.

Lil ha recibido reconocimientos, pero no presume. Prefiere dejar que sus libros hablen por ella y usar la poesía como forma de caminar el territorio. Mario ha sido celebrado por rescatar el legado musical de la nación, pero sigue buscando tesoros que no caben en cualquier estantería.

No hablaron de méritos ni premios. Compartieron el anhelo de la tierra hecha con cuentos de sabias canciones tejidas en patios y expresiones que se dicen mejor en la esquina. Nombraron poetas sin apellido, narradores sin micrófono, trovadores de acera. Y se rieron, por fin, al encontrar la melodía que les faltaba.

No firmaron pactos, posaron sin cámaras y tampoco buscaron aprobación alguna. Simplemente se supieron parte de una misma cuerda, esa que vibra cuando se canta a la justicia y se susurran relatos sin miedo.

Porque lo no dicho con verdad no desaparece: se convierte en persistencia. La memoria —aquella sentida en el cuerpo— es raíz que sostiene a los pueblos incluso cuando el viento sopla fuerte.

En ese instante, lejos de testigos y parlantes, la lengua del Caribe despertó desnuda, habló con acento propio y nos recordó que las verdades vividas no necesitan amplificadores para hacerse oír.

Porque cuando la marea habla, incluso en silencio, vibra en quien sabe sentir. ¿Y tú, qué voz eliges cuando el sosiego también tiene ritmo?

Por: Mario García Hudson