Este ensayo abre la puerta a raíces, saberes que dan forma a un espacio único. A través de reflexiones y metáforas que conectan tiempo y testimonio, se descubre la fuerza de comunidades que construyen significado y proyectan latidos del porvenir. Propongo un recorrido poético y crítico, en el que las voces se entrelazan para iluminar las experiencias comunes.
Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.
La costumbre surge como un viento que atraviesa selvas y ciudades, rozando hojas y techos, dejando huella en el respirar del tiempo. No es solamente un concepto: es la pulsación de los pueblos, registro de pasos antiguos y recientes, cauce que articula relatos, ensoñaciones y olvidos. En ella convergen océanos, montañas y plazas, cuerpos que resisten y celebran, evocaciones que susurran desde piedras, maderas y agua. Es un murmullo que despierta conciencia, un espejo que recoge la vibración del espíritu colectivo, lenguaje que transforma lo efímero en eterno.
Cada acto humano, rito y canto constituye un fragmento de relato que no se olvida. Legados que atraviesan los tiempos y permanecen inscritos en ojos atentos a símbolos, palabras y silencios que delinean regiones. La herencia, entonces, no se encuentra exclusivamente en museos o bibliotecas: habita las calles, los mercados, las risas entretejidas y los adioses prolongados; en manos que trabajan y cuerpos que custodian visiones. En rincones y piedras gastadas, pasado y presente se abrazan, creando un puente invisible que guía el tránsito de quienes buscan sentido y pertenencia.
Panamá, cruzada por corrientes y oleaje, representa un eco en movimiento. Su trayectoria se construye con golpes y ternuras, resistencias y celebraciones. Somos un país que se alza frente a tormentas, que conserva identidades pese a embates de imperios, comerciantes, viajeros y profetas de cambio. La presencia de quienes nos precedieron deja marcas imborrables en la piel del istmo, tatuajes latentes que reflejan combates, reconciliaciones y esperanzas. Los amaneceres sobre la costa son testigos del clamor que se multiplica, horizontes que se expanden, sueños que laten como fuego contenido bajo el oleaje.
El mestizaje, la confluencia de culturas, produce matices inesperados. La diversidad se muestra como una paleta infinita, capaz de revelar y ocultar simultáneamente.Prácticas locales dialogan con influencias lejanas, combinando defensa y adaptación. No se trata de negar lo externo, sino de afirmar la autenticidad, de mantener voz propia sin diluirse en sonidos ajenos. Coros surgen así, no como imposición, sino como construcción consciente que respira, crece y multiplica. Es un tejido delicado, ahí cada hilo narra una experiencia distinta, y el color encarna el linaje de quienes habitaron y transformaron este lugar.
Recordar a quienes aportaron luz al acervo artístico constituye un hecho de justicia y amor. Cantantes, pintores, escritores, maestros y pensadores dejaron huellas profundas que trascienden ceremonias oficiales. Sus creaciones no solo merecen reconocimiento: deben ser leídas con intensidad, comprendidas en hondura, interpeladas y celebradas, para que las esencias continúen resonando en futuras voces por venir. Ellos sembraron semillas que germinan en cada interpretación, lectura y acción, donde la imaginación se enlazacon la experiencia compartida.
Cuestionar, explorar, debatir: estas acciones constituyen la savia de un pueblo que no se conforma. La expresión no puede limitarse a manifiestos simbólicos o discursos de ocasión; necesita diálogo, riesgo y exploración. Reconocer diferencias, llegar a acuerdos, crear consensos: son ejercicios de responsabilidad, caminos que conectan ecos y futuro, recuerdos y deseo. Solo así las pluralidades adquieren fuerza, claridad y proyección. Es un proceso de constante renovación, alimentado por resonancias que añaden armonía al entramadoy por discrepancias que se convierten en oportunidades para profundizar comprensión y afecto.

Sol y luna sobre el istmo iluminan iniciativas, palabras y creaciones. Las manifestaciones artísticas surgidas del compromiso verdadero tienen el poder de liberar el alma, enseñar a decir “no” y ofrecer resiliencia y alegría. Proyectos engavetados y propuestas postergadas contienen pulso, sacrificio, una llama esperando ser encendida. Obrar con pasión y conciencia significa transformar la historia, convertir lo cotidiano en extraordinario y lo personal en trama común. Es un llamado a transitar incertidumbres con valentía y a traducir emociones en hechos que dignifiquen riqueza y vocación.
El patrimonio es un río que atraviesa urbes, selvas y costas; un flujo que arrastra vivencias y anhelos; un fulgor que ilumina la sombra y permite mirar más allá de lo evidente. Es evocación que respira, palabra que se convierte en puente entre generaciones, ámbitoen cuyo seno lo íntimo resuena con lo universal. Actuar desde él implica recuperar dignidad, belleza y confianza. Tejer un país que se reconoce a sí mismo en mirada y señal; un territorio que canta, convoca, transforma y mantiene, imagina y despierta.
Cada instante vivido se convierte en ofrenda, y la memoria compartida en piedra fundamental, los gestos de cuidado en rastro de que lo cultural sigue vivo y vibrante.
En este don habita la libertad: la posibilidad de explorar, resistir, celebrar y crear. Ciudadanos, artistas y maestros son responsables de un tesoro que se renueva y expande. Honramos lo que somos: raíces y panorama, fundamento y posibilidad.
El compromiso con las remembranzas y el futuro se convierte en faro; la palabra en navegación firme sobre aguas que nunca cesan, parajes que llaman a ser comprendidos, amados y vividos. Es un canto que nunca termina, un diálogo que trasciende los ciclos, un abrazo que une herencia, presente y futuro. Es un escenario en el cual ensoñación y experiencia se armonizan para dar sentido y dirección a la existencia.
Así, lo heredado no se conserva pasivo: se transforma en vida y acción. Cada gesto, palabra y decisión cotidiana es semilla que renueva la identidad compartida. Mientras los recuerdos caminen con nosotros, este lugar no será solo espacio físico, sino latido común que se nombra, protege y sueña.
Por: Mario García Hudson

