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Dr. Reinaldo Rojas
El texto que sigue a continuación, corresponde a las palabras del académico Dr. Reinaldo Rojas, durante la sesión especial de la Academia Nacional de la Historia, en conmemoración de los 480 años de fundación de la ciudad de El Tocuyo (En Santa Rosa, estado Lara, 11 de diciembre de 2025)

Por: Dr. Reinaldo Rojas

Ciudad, civilización y polis

            En la historia de la humanidad, hay un antes y un después del aparecimiento de la ciudad. Como sucedió con el descubrimiento del fuego, del hierro, de la rueda o, mucho más acá, con la imprenta, la ciudad llegó con la sedentarización de los grupos humanos alrededor de ríos emblemáticos como el Éufrates, el Tigris, el Ganges o el Nilo, que posibilitaron el nacimiento de la agricultura y con ella, las bases materiales para la fundación de las ciudades como un nuevo orden social.

Las civilizaciones que hemos conocido a través de la historia, son el resultado de la fundación de una ciudad. Babilonia, Atenas o Roma, nombres que nos evocan a las sociedades más antiguas de Asia y de Europa, de donde también venimos.

Algunas como Estambul, son tan antiguas que han servido de metrópolis a varios imperios: Bizancio la del Imperio Romano de oriente, o Constantinopla, capital del gran Imperio Otomano.

Y, ¿qué decir de Venecia, o de Paris, o de Kyoto, o Beijing, de Tomboctú o Nueva York? La ciudad es un invento del Hombre, antropológicamente hablando, un artefacto cultural, un producto del ingenio y de la razón, y más aún, un punto fijo en el horizonte de la sociedad contemporánea, donde se combinan las esperanzas humanas de vivir con seguridad y bienestar, en orden y concierto.  Cada ciudad es  portadora de un patrimonio genético, de donde surgieron palabras como civilis, civitas, polis, política y ciudadanía. La ciudad viene de la villa, cuyo concepto más antiguo es el que aparece en la Encyclopedie publicada por Denis Diderot en 1751, como “recinto amurallado que contiene varios barrios, calles, plazas públicas y otros edificios”.

Fuera de las murallas que resguardan la villa, está la incultura, lo salvaje, el no-mundo, resumido todo en la contradicción civilización y barbarie. La civilización greco-romana es un producto de la vida urbana, base de la polis como comunidad de ciudadanos y de la república, tal como nos llega con los ilustrados del siglo XVIII. La noción de ciudad que traen los españoles a nuestro continente es pues un concepto cultural, un principio político, donde el orden empieza en el trazado de la plaza mayor, la iglesia, los conventos, las instituciones de gobierno, empezando por la sede del cabildo, y la residencia de los fundadores. Esa ciudad es en principio un orden, o no es ciudad.

   

En nuestro continente, antes de la llegada del europeo, Teotihuacán – ciudad religiosa – y Tenochtitlán – centro político – nos hablan de las civilizaciones toltecas y aztecas que dominaron el valle de México. La ciudad del Cuzco fue el núcleo irradiador de la civilización inca, el centro del Tahuantinsuyo. En este territorio que hoy es Venezuela, a la llegada de los españoles por Macuro, en la expedición de Cristóbal Colón de 1498, nuestros ancestros indígenas, de los pueblos y culturas de donde también venimos los venezolanos, vales decir, caribes, caquetíos, timoto-cuicas, jiraharas, ayamanes, cuibas o gayones, vivían en comunidades de aldeas. Mario Sanoja e Iraida Vargas, en su estudio sobre  los Orígenes de Venezuela, nos hablan de sociedades tribales,  con modos de vida igualitario y jerárquico cacical. Pero todos, alrededor de la aldea.  

Les tocó a los españoles iniciar la urbanización del territorio, entendido este como la fundación de villas para la expansión de una civilización, donde se combinan lo político del dominium monárquico, en este caso hispánico, las condiciones ambientales de los territorios conquistados y la cultura de los colonizadores y los pueblos colonizados. Es decir, una obra hecha en condiciones de violencia, sí; pero con el concurso de todos.

Por ello, desde 1498 hasta 1545, esta Tierra de Gracia pasó de ser botín de aventureros, cazadores de indígenas y buscadores de oro, a destino de vida. De escenario de depredación y violencia a lugar de esperanzas, de donde surgirá una futura nación llamada Venezuela.

Dr. Reinaldo Rojas

Juan de Carvajal y la expedición fundadora

Fue en el año de 1545, diecisiete años después de la Capitulación entre Carlos V y los Welser, que un español llamado Juan de Carvajal, escribano de la Real Audiencia de Santo Domingo nombrado para el gobierno interino de la Provincia de Venezuela, se propuso fundar un pueblo en el interior de aquel territorio que tantas veces ya habían incursionado las expediciones de Federmann, de Alfinger o de Hutten en busca de los mares del sur, de El Dorado, para establecerse allí y dar inicio a la colonización hispana de Venezuela. Con ello, el espíritu de conquista cedía al interés del colonizador, tal como lo reza el dicho romano: Colonizar es poblar.

Este es el relato de uno de los hombres que venía con Carvajal a fundar la futura ciudad. Habían salido en abril de ese año de 1545 de la ciudad de Coro, recorriendo la costa que va hacia Maracaibo, cruzando en Mene de Mauroa hacia el sur, por las faldas orientales de la Sierra de Ziruma  o del Empalado, para tomar la dirección de las sabanas de Carora, hasta llegar a Quibor. Relata Galeoto Cey:       

“… llegamos a ciertos llanos que los indios llaman las sabanas de Quíbor, donde estuvimos 10 días,… (…) al fin de toda esta extensión, está el rio y valle que llaman Barquisimeto donde hubo la opinión de fundar un pueblo, para dejar allí el ganado, las mujeres y parte de la gente, y con el resto ir a descubrir. Pero prevaleció la opinión de entrar más adelante, a cinco leguas hacia el poniente, y así caminamos con el ganado entre ciertas colinas llenas de bosques, hasta entrar en un valle de 2 leguas de largo y medio de ancho, entre ciertas montañas por donde corre el río llamado Tocuyo, que fluye de mediodía hacia tramontana. Nos situamos en la mitad de ese valle, sobre el río, en un llano donde corre un riachuelo de buena agua, donde fundamos un pueblo llamado, por el rio, Tocuyo y llegamos allí la vigilia del día de Todos los Santos, el año de 1545…”

Según este relato Carvajal llegó al valle del río Tocuyo después de cumplir una travesía de más de seis meses, estableciéndose en un destino que llegará a ser la primera población española asentada en el interior del territorio hoy venezolano. 

Comparando con el clima de Coro, o de Maracaibo, donde ya habían estado aquellos hombres, bajo las órdenes de los gobernadores alemanes, la tierra en la que Carvajal había decidido asentarse “… es sanísima y mucho más templada que la costa del mar; aunque haga aquí gran calor, las noches son frescas y bellas y siempre corren grandes vientos, en el día”. Para los miembros del naciente cabildo tocuyano, en el Informe que redactan en 1579,

“la calidad de este dicho Valle es caliente y seco y a dos o tres leguas, en las sierras, es tierra fría y húmeda y de muchas nieblas y aguas e tiene muchas quebradas de agua y los vientos que corren en el dicho Valle, por la mayor parte del año es brisas, que quando corren es viento muy sano…”

Los primeros pobladores

            La hueste que había iniciado aquella expedición pobladora en abril de 1545, estaba compuesta – según Galeoto Cey – por “80 hombres, 12 mujeres, más de 1.000 indios e indias de servicio, 60 yeguas, 150 caballos, 200 ovejas, asnos y puercos…”.  Después de recorrer más de quince años por todo el occidente, los llanos y los Andes, hasta los confines de Tunja y la sabana de Bogotá, en busca del Dorado, en esta oportunidad los fines eran fundar un pueblo estable, para vivir, en el interior de la Provincia de Venezuela.

            Mientras los gobernadores alemanes poblaban y despoblaban en su frenética búsqueda de metales preciosos, hay que decir, que cuando Carvajal embarcó el 17 de diciembre de 1544 de Santo Domingo con destino a Coro, ya traía esa idea de fundar y poblar una ciudad. En ese viaje, además de los nombramientos que traía de la Real Audiencia, Carvajal veía acompañado de Catalina de Miranda, el ganadero Cristóbal Rodríguez,  Juan de la Torre y el Capitán Gutierre de la Peña, tal como lo describe la historiadora Nieves Avellán de Tamayo en su documentada obra En la Ciudad de El Tocuyo, 1545 – 1600.

Pues bien, al arribar a la ciudad el 1º de enero de 1545, con una Provisión que la acreditaba como Gobernador  y Capitán General de la Provincia de Venezuela, por ausencia de su titular Felipe de Hutten, al ser recibido por el cabildo Carvajal manifestó que venía a “poblar un pueblo la tierra adentro”. Esto no era formalmente cierto, por lo que se le va a acusar de forjar el nombramiento que le habían otorgado en Santo Domingo. Este tema ha sido parte de un debate historiográfico que no nos interesa comentar en estos momentos. El hecho cierto es la voluntad que lo va a llevar, con base legal o no, a la fundación de El Tocuyo ese mismo año en que llega a Coro, en 1545. Veamos.

            En un escenario de rivalidades y conflictos entre españoles y alemanes, para quienes “Aquí no tienen nada los Belzares sino su Majestad!”; y entre los propios conquistadores hispanos, tal como lo describe Isaac Pardo en ese excelente libro que se denomina Esa tierra de gracia, es que se mueve Carvajal, que era escribano, pero con capacidades de liderazgo que le permitieron sumar a figuras de mucho peso en su proyecto poblador. Entre ellos, tenemos al capitán Gutierre de la Peña, al caballero segoviano Diego Ruiz de Vallejo, a los ganaderos Cristóbal Rodríguez y Francisco López de Triana, al capitán Esteban Mateo, “veedor del Rey, conquistador y caudillo”, quien había viajado con Colón en su último viaje a América, y dos  comerciantes  florentinos: Luis Taní, quien había participado en el descubrimiento del estrecho de Magallanes, y Galeotto Cey, con su descripción pormenorizada de la expedición de Carvajal, ya citada.

Fecha fundacional y establecimiento del cabildo

            Ya establecidos en el valle del Tocuyo, es José de Oviedo y Baños, quien a falta del acta fundacional, seguramente levantada por el escribano Francisco de San Juan pero perdida en algún naufragio, el cronista que aporta la fecha del 7 de diciembre como fecha fundacional,  en su Historia de la Conquista y Poblamiento de la Provincia de Venezuela, escrita en 1720. En su relato afirma que “… después de celebradas las demás disposiciones, que en tal caso se acostumbraban, el día siete de Diciembre del mismo año cuarenta y cinco hizo la fundación de la ciudad, intitulándola nuestra Señora de la Concepción del Tocuyo…”

Entre esas disposiciones, las  más importantes son las que tienen que ver con el establecimiento del Cabildo, como primera institución hispana de gobierno, y el ordenamiento en forma de damero del  espacio urbano con su plaza mayor, templo y cabildo y, a partir de allí, el reparto ordenado de solares entre los fundadores.

Por ello, es Juan de Carvajal quien integra el primer cabildo de la ciudad, formado por Juan de Villegas, como Alcalde Mayor; Gutierre de la Peña, como Regidor; Francisco de San Juan, como Escribano; Sebastián de Almarcha, como Alguacil Mayor y Luis de Narváez como Alférez Real. De estos títulos, el de Regidor lo nombraba directamente el Rey, por lo cual el capitán Gutierre de la Peña recibió su nombramiento, dado por el rey Felipe II, el 9 de mayo de 1563, en premio por haber participado en el enfrentamiento y muerte de Lope de Aguirre, cuya cabeza fue colgada en la famosa ceiba de El Tocuyo, la misma en la que años antes había sido ahorcado el propio Carvajal, después del juicio que le levantó la Real Audiencia a través del Licenciado Juan Pérez de Tolosa. 

Tres muertes célebres forman parte de esta historia de la fundación y primeros años de la ciudad: el ajusticiamiento del gobernador Felipe de Hutten por Carvajal, el ahorcamiento de Carvajal por Pérez de Tolosa y la exhibición de la cabeza de Aguirre,  muerto en combate en la Nueva Segovia de Barquisimeto. 

            Si bien, muchos de los fundadores se quedaron, otros se sumaron a nuevas expediciones que partieron desde El Tocuyo en un proceso poblacional que es el que le da esa condición de ciudad madre a la urbe tocuyana. 

La ciudad madre    

El Tocuyo Foto | cortesía EL IMPULSO

            Entre los fundadores de El Tocuyo estaban los capitanes que fundarán otras ciudades y pueblos en Venezuela. En primer lugar, tenemos a Juan de Villegas, nombrado por Pérez de Tolosa Teniente de Gobernador y Capitán General el 6 de abril de 1547, cargo que le permitió organizar una expedición hacia la Laguna de Tacarigua y fundar el 24 de febrero de 1547, “una ciudad de españoles a la cual dijo que intitulaba por nombre la Ciudad de Nuestra Señora de la Concepción del Puerto de Burburata (Borburata), de la Gobernación de Venezuela”, según podemos leer en documento que publica el Hermano Nectario María en su obra La fundación de Nueva Segovia de Barquisimeto, libro editado en 1952, a propósito del cuatricentenario de fundación de Barquisimeto.

El 20 de noviembre de 1549, Pedro Álvarez sale de El Tocuyo a poblar a Borburata por orden de Villegas, llevando indígenas gayones de la comarca tocuyana que se resistieron a viajar unos y en el camino otros prefirieron huir de sus captores.

            En cuanto a Barquisimeto, el propio Villegas es quien asume una expedición que según carta que le dirige al Rey de fecha 29 de abril de 1552, señala: “Quedo de partida de aquí a 10 dias, Dios mediante, en nombre de Vuestra Magestad, ir a aquella Comarca a fundar la Nueva Ciudad de Segovia, y encomendar a los vecinos los naturales con todo el miramiento justo, donde nombraré Alcaldes y Regidores y otros oficiales que competa y lo merezcan…”

            Sabemos que Barquisimeto tampoco cuenta con el acta de su fundación, por lo que en las pesquisas realizadas por el Hermano Nectario María en el Archivo General de Indias, es de mucha importancia la sentencia del Alcalde de Borburata, Perálvarez, de fecha 17 de junio de 1552, el cual al referirse a la condena que se le impone al africano Cristóbal, esclavo de Francisco de Villegas, señala que éste sea entregado “… a la jente que va a la ciudad del tocuyo y nueva Segovia de presente en compañía de diego García de paredes…” Esto significaría, que ya para el 17 de junio, la Nueva Segovia de Barquisimeto ya había sido formalmente fundada por Villegas.

            Otra expedición que partió de El Tocuyo con fines pobladores fue la que tuvo que ver con la conquista definitiva de los valles de Caracas, luego de los fallidos intentos de Francisco Fajardo en 1555,  de Juan Rodríguez Suárez y de la muerte de Diego García de Paredes,  por la tenaz resistencia de los caribes que habitaban la región bajo el mando de los legendarios caciques Guaicaipuro, Tamanaco, Guaimacuare, Terepaima, Paramaconi, Naiguatá, Macarao.

En esta expedición, Diego de Losada partió de El Tocuyo en enero de 1567, con sus tres hijos, con 150 hombres de guerra, 800 indígenas, doscientas mulas de carga, 4000 carneros, ganado vacuno que aumentó a su paso por Valencia, y una gran porción de ovejas y cerdos, sosteniendo batalla con los aguerridos tarmas y mariches en Los Teques, por lo que la expedición se transformó en una verdadera campaña militar que involucró a las huestes españolas enfrentadas, según los cronistas, a más de 10 mil hombres acaudillados por el gran cacique Guaicaipuro. 

El 25 de julio de 1567, después de una larga y cruenta expedición iniciada en El Tocuyo, Losada fundaba la ciudad de Santiago de León de Caracas, cerrando con ello un primer capítulo de la conquista y población de la Provincia de Venezuela, donde El Tocuyo había cumplido la función de ser el núcleo de irradiación del poblamiento inicial de la Venezuela colonial, proceso que la republica posterior ha reconocido al darle el título de Ciudad Madre de Venezuela.

Esta proyección poblacional se completa con el papel jugado por la ciudad en los inicios de la ganadería tanto en Venezuela como en la Nueva Granada, a partir de la primera expedición ganadera que organiza y dirige Cristóbal Rodríguez en 1548. Como se sabe este ganadero español realizó la primera expedición de ganado hacia Tunja y Bogotá, formada por 22 hombres, 200 indios e indias de servicio, 80 yeguas y caballos, 60 vacas y 1500 ovejas.

El Tocuyo, crisol de pueblos y culturas

            La historiografía y la literatura venezolanas, frente al estudio de nuestro pasado hispano-colonial han transitado por todos los extremos, desde el hispanismo y su leyenda dorada, a la negación de aquel pasado alimentado por la leyenda negra, pasando por las justas reivindicaciones contemporáneas de los indigenismos, la negritud y la afrodescendencia.

Han sido miradas que si bien han tratado de incluirnos a todos, cada una solo ve una parte del todo, de ese todo que somos nosotros mismos, como síntesis surgida del caldero del conflicto racial, de la violencia conquistadora, de la imposición de unos valores sobre otros. En El Tocuyo, como en Venezuela y en Hispanoamérica, la representación de nuestro pasado está impregnada de muchos prejuicios que no nos permiten valorarnos como pueblo, como cultura, como sociedad y como nación. Hemos vivido en un laberinto. Octavio Paz, lo llamó el laberinto de la soledad. Dos troncos vinieron del exterior del continente, los europeos y los africanos, que nos legaron esa nostalgia por aquellos orígenes y nos han puesto a mirar hacia afuera. El tronco indígena ancestral fue disminuido, apartado, de tal manera que no nos reconocemos en ese otro pasado que nos llama a mirar hacia el interior de nuestro continente.

Nosotros, los descendientes del conquistador Carvajal, del indio  Guaicaipuro y del esclavo Miguel, a veces no conseguimos conciliar esos orígenes. Vivimos en un laberinto de la soledad. Bolívar reflexionaba en 1815 y se decía, “no somos ni europeos, ni indígenas, ni africanos, somos más bien, una nueva especie de género humano.” El gran intelectual mexicano José de Vasconcelos le pareció válido llamar a ese producto histórico, una “Raza cósmica”. Y yo creo, cuando tanto venezolano se ha esparcido por el planeta, y ha logrado comunicarse íntimamente con cada destino al que le ha tocado llegar a vivir, que realmente somos una síntesis, que tenemos de todas las sangres, algo de todas las lenguas y de todas las costumbres. Pero nuestro pensamiento no logra aprehender esa realidad compleja que solo la cultura expresa en sus diversas manifestaciones.

            Hoy puedo hablar de las aventuras de los conquistadores españoles, sin justificar sus acciones, pero sí, apropiado de su lengua y de su cultura. Dentro de un rato me quedaré rasgando un cuatro acompañado de unas maracas y de la nada irrumpirán los tambores y el grito del yiyivamo me invitará a bailar un tamunangue. Y allí, al son de los tambores africanos, leyendo un poema de Roberto Montesinos o de Pío Tamayo, escrito en la más pura y decantada rima de la lengua castellana, y contemplando un cuadro del pintor del Tocuyo, me deleitaré saboreando una acemita hecha de trigo, queso y papelón, amasada por unas manos criollas, y acompañada con un sorbo de café traído del África. Es, en ese momento preciso, que me doy cuenta que soy  algo distinto a nuestros orígenes, que somos simplemente tocuyanos, venezolanos.

De la pugna por los orígenes y del conflicto entre civilizaciones y culturas, tenemos que pasar a la valoración de un pasado común que nos dice de dónde venimos, pero con una visión de interculturalidad que nos permita valorar cada raíz que alimenta nuestro ser.

Convivir con los tres discursos que según el filósofo venezolano José Manuel Briceño Guerrero han gobernado nuestro pensamiento: el discurso europeo de la modernidad, el progreso y de los Derechos del Hombre y del Ciudadano; el discurso católico y contra-reformista heredado de la España imperial, ligado a un sistema de nobleza heredada, de jerarquía y privilegio, que nos aleja del verdadero espíritu democrático; y el discurso salvaje, de la nostalgia por formas de vida no occidentales, que nos une afectivamente con el pasado indígena precolombino y nos solidariza con nuestros ancestros africanos, traídos como esclavos a este continente, discurso que nos hace aborrecer la opresión, la desigualdad y la exclusión.  Razón, dominio y afecto que sólo la cultura ha logrado conjurar.

El cuatricentenario

            Cuando El Tocuyo se aprestaba a arribar a sus cuatrocientos años de fundación, en 1945, Venezuela vivía momentos de tensión política. El general Isaías Medina Angarita estaba gobernando el país y los tocuyanos, más allá de sus diferencias políticas, económicas, sociales y religiosas, habían constituido una Junta para la celebración de la fundación de la ciudad. Recordemos a aquella generación cuatricentenaria.

La Junta estuvo presidida por el abogado José Rafael Colmenares Peraza, acompañado por Carlos Sequera Cardot, presidente del Concejo Municipal del distrito Morán; y como segundo vicepresidente, el presbítero A. Leña y Mellado, cura párroco de la Iglesia de la Concepción; José Antonio Rodríguez López (secretario de actas); Miguel Ángel Hurtado (sub secretario de actas); Juan Sequera Cardot (secretario de correspondencia); Napoleón Reinoso Escalona (sub secretario de correspondencia); Leonidas Anzola Tamayo(tesorero); Miguel José Tamayo (sub tesorero); Arturo Tamayo; Agustín Gil Gil; Francisco Suárez (en propaganda); Fernando Garmendia Yépez (prensa); y Manuel F. Escalona, Carlos Suárez García, J. A. Tovar García y Diego M. Lozada,(en organización).

Para el momento del IV Centenario de El Tocuyo, en 1945, el imaginario del progreso y de la modernidad estaba en pleno fulgor. Estaba terminando la Segunda Guerra y el mundo miraba el futuro con la esperanza puesta en una sociedad libre, industrializada, democrática, igualitaria y garante de los derechos humanos. En nuestro caso, en aquellos del postgomecismo, y gobernados por el general Medina Angarita, la sociedad venezolana venía ganando espacios para la democracia y el petróleo le estaba dando recursos al Estado para pensar en un proyecto modernizador y socialmente más justo.

En ese momento, la Junta eleva al gobierno una serie de proyectos para la ciudad, entre los que destaca la construcción de un Central Azucarero, pero el destino dividirá las aguas. El 18 de octubre cae el gobierno de Medina Angarita y será la Junta Revolucionaria de Gobierno, integrada por Rómulo Betancourt – quien la preside – y los Mayores Mario Vargas y Carlos Delgado Chalbaud, a la que le tocará asumir los actos del cuatricentenario y llevar a cabo una serie de obras para beneficio de la ciudad y del municipio en aquellos años.  Entre estos, la inauguración del Central Azucarero de El Tocuyo, en 1954. La ciudad, que había sufrido un terrible sismo en 1950, contó con las gestiones de esa misma Junta Pro-Tocuyo, como se denominó, para las obras de reconstrucción de la ciudad.

En 6 de diciembre de 1945, el Dr. José Rafael Colmenares Peraza, en su Discurso de Orden por el cuatricentenario, después de saludar las delegaciones de Caracas, Valencia, Maracaibo, Trujillo, Barquisimeto y Carora, “hidalguísimas hijas” allí presentes, pasó a enumerar las diversas obras solicitadas al gobierno de la época, entre las que señala un grupo escolar, un hospital, una oficina agrícola, un convento y dos templos reconstruidos,  un edificio para el Club Concordia, una nueva casa de gobierno, un comedor escolar, la publicación de una Monografía de El Tocuyo “donde se estudia – nos dice él – desde los orígenes mismos de nuestra fundación hasta el estado actual nutritivo de los habitantes de El Tocuyo”. Y una casa del obrero y el campesino, obras conseguidas en el lapso de dos años.

¿Qué mensaje nos dejan aquellas acciones para la fecha conmemorativa de hoy?  Que los pueblos y ciudades se construyen con la participación de sus habitantes, contando con el rol dirigente de sus líderes cívicos, y con la responsabilidad de sus gobernantes. Pero, con proyectos en mano.  No está demás recordar el perfil profesional y ciudadano de aquellos tocuyanos, cuyo mejor ejemplo lo vamos a encontrar en el Dr. José Rafael Colmenares Peraza, quien además de presidir la Junta Cuatricentenaria, fue un destacado líder empresarial, fundador de la C.A Central Tocuyo y Presidente de esa importante empresa durante más de 20 años. Además, de gran promotor del desarrollo del estado Lara, ocupando cargos como Presidente de la Corporación de Desarrollo de la Región Centroccidental. 

Por ello, el mejor regalo que le podemos dar a la “Ciudad Madre” es unir esfuerzos desde la sociedad civil organizada para actualizar las líneas maestras de un Proyecto de Desarrollo Sostenible para El Tocuyo y el Municipio Morán, del 2025 al 2045, horizonte de veinte años que para un individuo es mucho, pero para una ciudad es nada en su evolución histórica. Los pocos datos que hemos podido consultar nos hablan  de una ciudad mediana, con una población mayormente joven, que la ubica como un centro urbano que bien puede reintegrarse de manera especializada a la dinámica regional centroccidental, a partir de su riqueza agrícola, hídrica y mineral.

La modernización de su agricultura, la reactivación de su agroindustria, el mejoramiento de su infraestructura física y de servicios, con buena vialidad y transporte, la actualización de sus servicios educativos de cara a la digitalización, puede completarse con la puesta en valor de su patrimonio histórico, especialmente religioso, de sus bellezas naturales, sus festividades locales, su gastronomía, su música y su incomparable Tamunangue.  

Todo ello con respeto al ambiente, con sostenibilidad y participación de la sociedad organizada, del sector empresarial, del gobierno municipal y de la iglesia, para lo cual ya se  cuenta con una ruta de devoción mariana que nace en el Tocuyo con la Inmaculada Concepción, su templo y su invalorable patrimonio artístico y cultural en general. La Ciudad Madre es un título que le ha dado la historia a El Tocuyo. Descubramos ese tesoro escondido para valorarlo y proyectarlo en el presente.  

Al conmemorar este nuevo aniversario de la “ciudad de los lagos verdes”, como la llamó el poeta Roberto Montesinos al evocar el verdor de su valle sembrado de caña de azúcar desde el siglo XVI, recordamos la labor desplegada por  la generación de cuatricentenario para que nos sirva de espejo, de inspiración y de ejemplo.

A nosotros nos ha tocado vivir los 480 años. Y si debemos mirar hacia atrás, no es para quedarnos en el pasado, sino para recoger y mantener en alto la bandera de la tocuyanidad y con ese estandarte seguir adelante construyendo la ciudad posible y necesaria, de bienestar para todos, fundada en los valores de la democracia, la justicia y la libertad. El Dr. Colmenares Peraza, en su discurso de 1945, llamaba a los tocuyanos a superar unidos las necesidades que en ese tiempo agobiaban a su pueblo. Decía que hay que pasar de la contemplación a la responsabilidad. Y ese sigue siendo el mandato, mis queridas y queridos tocuyanos aquí reunidos, dejar de lado la contemplación y la apatía para asumir la responsabilidad de participar activamente en la construcción de ese Tocuyo que cada uno de ustedes quiere y se merece, rumbo a los quinientos años de historia en el 2045. Muchas gracias.

Por. Dr. Reinaldo Rojas