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Ilustración: Pedro Crenes Castro

El escritor necesita, más que nunca, «apartarse del saber común», ser libre en sus lecturas sin dejar de mirar la herencia literaria que le han dejado

Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural: Literatura Panameña pcrenes@gmail.com

Artículo por: Pedro Crenes Castro


Por eso, por aprender a ponerse en la piel, el alma y las lágrimas de otros, el escritor termina estructurando una poética y una obra que se transforma en «catapulta a la otredad».

En el túnel con Cortázar

En literatura nada es prescriptivo, vaya eso por delante. Solo los necios se empeñan en encapsular técnicas narrativas, atar generaciones literarias o pontificar sobre las «nuevas» tendencias de la narrativa nacional o regional cuando, bajo estos soles de otoño o verano, hace tiempo que no hay nada nuevo. Quizás lo único nuevo sea nuestra manera de mirar según se nos echa encima el tiempo y nos curte la retina.

Leyendo a Saúl Yurkievich, en su prólogo al primer tomo de Obra Crítica /1 de Julio Cortázar, hace esta afirmación sobre la búsqueda del argentino de los caminos por los cuales transitar hacia su obra novelística: «Signada por la seducción verbal, por las conexiones insólitas, por las apariciones sorprendentes, la novela del poetista se aparta del saber común, abandona las situaciones corrientes, se aleja de lo factible, se enrarece sugestivamente, se vuelve extraterritorial, se convierte en catapulta a la otredad».

Cortázar pone en marcha su Teoría del túnel, con la cual estaba dispuesto a barrenar  «la fortificación de lo literario». Una búsqueda, una posición frente al oficio de escribir valiente, estimulante y diseñada para ser barrenada igualmente a la vuelta de la esquina. Una sanísima impostura, un estímulo brutal desde el autoexamen y la negación de concesiones con la propia obra.

No hace falta ser poetista (Poe-tista, parece aludir más al «oficio» de ser Poe, o por lo menos cuentista), ni acompañar a Julio Cortázar por su túnel autoimpuesto para darle la razón al prologuista: todo novelista, toda obra de ficción que se precie, debe seducir verbalmente, propiciar conexiones insólitas, aspirar a apariciones sorprendentes (más allá de lo fantástico) y debe apartarse (esto es fundamental) del saber común, de lo corriente y lo factible para enrarecerse y ser extraterritorial y ser «catapulta a la otredad».

Pero la afirmación de Yurkievich tiene un problema para muchos: después de la seducción viene el trabajo. «Apartar» es un verbo que da pereza, que implica darse a la labor de «buscar» (más trabajo) y de «ir» (viajar, más acción) alejándonos de los lugares comunes del saber y del estar, de lo factible, para llegar al momento del «enrarecimiento sugestivo», que es un trabajo agotador hasta el tedio, porque ser «habitual» y «conocido» nos funciona mejor.

El escritor necesita, más que nunca, «apartarse del saber común», ser libre en sus lecturas sin dejar de mirar la herencia literaria que le han dejado. Adolecemos de muchos pretendidos maestros, de vacas sagradas que aplastan y lesionan las búsquedas de los más jóvenes, dioses de tinta que apuntan al ombligo de lo local, regional y nacional, intoxicando miradas más amplias, más largas, menos conocidas.

Ya «enrarecidos», vamos hacia la trasformación: nos volvemos «extraterritoriales». Hay una mala costumbre de esperar que un escritor solo hable de allí donde nació. Y hay otra peor aún: leer a escritores no nacidos en tu país contando una historia que allí ocurrió y afeárselo por no ser «nacionales», como si el nacer en uno u otro país dotara de una sensibilidad estética o intelectual única para contar historias locales. Sin permitirnos como escritores y lectores narrar y ser narrados por quien sea y donde sea, peligra nuestra libertad estética.

Buscar más allá de nuestras propias montañas, propicia esa «extraterritorialidad» que Yurkievich le cuelga al poetista Cortázar y que, obviamente, no ha de ser leído solo como si de un mapa político se tratara, sino más bien de un mapa estético y emocional. El escritor es, vive y muere allí donde quiera, su patria es su biblioteca, sus maestros son los rubios de aquí o los negros de allá o los judíos de más acá, son gringos que no lo son, rusos, mexicanos y hasta ticos, nicas o panas. Irse a otras tierras, mirar desde allá, es aprender a llorar con todos los matices.

Por eso, por aprender a ponerse en la piel, el alma y las lágrimas de otros, el escritor termina estructurando una poética y una obra que se transforma en «catapulta a la otredad».

No tiene ningún sentido una literatura del ombligo, regional, que alabe al héroe del patio y que convierta, necesariamente para esos fines, al otro en el enemigo a destruir. Nada ha hecho más daño (y hace más daño), que mirarnos al espejo, que tenernos por bendecidos por haber nacido en este o aquel país, por hablar esta u otra lengua. Aquellos que no pueden disfrutar de quienes son sino en contra del otro, se han metido en un túnel de difícil salida. Y no, no vale con escribir «todo era un sueño, nos despertamos y punto»: esta es una pesadilla hecha realidad y sus protagonistas se parecen cada vez más a nosotros.


Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural Literatura Panameña | pcrenes@gmail.com

Pedro Crenes Castro (Panamá, 1972), es escritor. Columnista y colaborador en varios medios panameños y españoles. Ha ganado dos veces el premio Nacional de Literatura Ricardo Miró de Panamá y dicta talleres literarios. Vive en España desde el año 1990.