La Casa de la Cultura de El Eneal y Ascardio han echado raíces profundas en Duaca y El Eneal, un proyecto solidario y compartido que tiene en el Dr. Bartolomé Finizola y en el Dr. Reinaldo Rojas un pilar que demuestra el poder de soñar y creer
Texto y fotos: Francisco “Larry” Camacho

Francisco «Larry» Camacho es profesor categoría titular de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado, Barquisimeto, Venezuela. Licenciado en Comunicación Social , magíster scientiarum en Historia, y doctor en Historia. Ha sido periodista y fotógrafo de diversos medios impresos en Venezuela. Desde 2016, es el director de Mayéutica revista científica de humanidades y artes, del Decanato Experimental de Humanidades y Artes de la UCLA. (Arbitrada e indexada).ORCID: https://orcid.org/0000-0002-0528-9523
Más que el azar, fueron las circunstancias de un entorno poco favorable las que hace 50 años animaron las voluntades de Bartolomé Finizola y Reinaldo Rojas, en ese entonces dos veinteañeros decididos a echar las bases de unos ambiciosos proyectos en un espacio rural del centroccidente de Venezuela.
Uno, médico, y el otro, estudiante de Agronomía y profesor en ciernes con inquietudes culturales, programaron en sus mentes unos particulares modelos de institucionalidad que se materializaron en el tiempo de forma exitosa.
El plan que Finizola fraguó en la ciudad de Duaca mientras dirigió el Hospital de esta ciudad a principios de los 70, se convirtió en la Asociación Cardiovascular Centroccidental (Ascardio), que sirve de apoyo al Centro Cardiovascular Regional, ambos con sede en Barquisimeto. Ascardio, una organización de la sociedad civil y el Centro Cardiovascular como instancia del Estado, trabajan mancomunadamente desde 1976 en la formación de especialistas en este campo y la atención de pacientes de toda Venezuela.
El proyecto de Rojas era de carácter intelectual. Se consolidó en forma ramificada en la Casa de la Cultura de El Eneal (creada el 13 de julio de 1973), en una escuela de historiadores formados en las universidades Pedagógica Experimental Libertador y Centroccidental Lisandro Alvarado de Barquisimeto, en la Fundación Buría, un proyecto editorial nacido en 1986 con una considerable producción de libros y revistas académicas; y en la Biblioteca del pueblo de El Eneal, un espacio para la promoción de talentos artísticos, música popular, poesía y preservación de la memoria historiográfica del país.

Los bríos solos no fueron suficientes
Soñadores, pero no ingenuos, Finizola y Rojas sabían que para acometer sus empresas, además de los amigos cercanos, necesitaban el apoyo de las comunidades de Duaca y El Eneal, una ciudad y un pueblo que vivieron “años dorados” durante la época de la Venezuela exportadora de café del siglo XIX y el Ferrocarril Bolívar.
Cuando estalló la crisis financiera mundial del año 1929 e irrumpió el petróleo como actor principal de la economía nacional, se trastocó el modo de vida de muchos agricultores prósperos de esta zona. La gente de la otrora “Perla del Norte” -como denominó el poeta José Parra Pineda a Duaca por las riquezas de su suelo-, ha aprendido a sobrellevar las limitaciones materiales y financieras trabajando de forma organizada para la consecución de sus objetivos.
El liderazgo y la tenacidad de esos muchachos, más el valor de la solidaridad y el trabajo en equipo que ya para entonces caracterizaba a los pobladores de la ciudad de San Juan Bautista de Duaca y de su comunidad vecina, El Eneal, hicieron posible la consolidación de Ascardio y la Casa de la Cultura, instituciones que se han sostenido en el tiempo sorteando los vientos desfavorables de la turbulenta Venezuela del último medio siglo.
El camino no fue fácil. Las pasiones siempre hacen malas jugadas, en muchas ocasiones hubo que tragar grueso y mantener el foco en el futuro deseado. En su columna en el diario El Impulso, fechada el 13 de julio de 1973, publicó el periodista Salvador Macías (Juan de Lara) los esfuerzos de una “muchachada porvenirista” que se enfrentó a algunos integrantes de la Junta Comunal de entonces para rescatar una casa en torno a la cual se pretendía “perpetuar, entre cuentos de brujas y aparecidos, la danza gris de los murciélagos”. Ganó la muchachada, o mejor, la comunidad, su espacio para la cultura.
Hoy, Finizola y Rojas reiteran el papel de la “comunidad humana” como parte interdependiente junto con el gobierno y el territorio, para el funcionamiento del Estado como un todo. Cuando uno de los dos componentes que involucra a los actores humanos se sobrepasa o deja de hacer lo que le toca, vienen los problemas.
Una particular fiesta para los 50 años de Ascardio y la Casa de la Cultura
La Casa de la Cultura y Ascardio han echado raíces profundas en Duaca y El Eneal. Por eso, el profesor Carlos Giménez Lizarzado, discípulo de Reinaldo Rojas y amigo de Bartolomé Finizola, junto con un grupo de organizaciones y actores clave del proceso de crecimiento de ambas instituciones en el municipio Crespo, planificaron un encuentro para celebrar el medio siglo de existencia de estas dos organizaciones hermanadas por el interés común de servir a la comunidad por medio de la salud y la cultura.

A la sede de la Biblioteca de El Eneal, el otro proyecto intelectual de Rojas, asistieron como invitados especiales algunos de los fundadores de Ascardio y de la Casa de la Cultura, representantes del Ateneo Kotepa Delgado de Duaca (Miriam Chirinos y Maritza Ortega) y familiares del profesor Daniel Segura, de muy grata recordación en la zona.
Finizola y Rojas recibieron gestos de afecto de sus alumnos y amigos. Médicos, expacientes, ambientalistas, maestros, historiadores, poetas, artistas, músicos, gente de la comunidad, líderes sindicales y hasta el exgobernador del estado Lara, Jorge Ramos Guerra y el expresidente de la Cámara Municipal de Crespo, Gonzalo Arévalo, expresaron su reconocimiento a estas dos figuras del gentilicio larense.
El historiador y el cardiólogo hablaron de los primeros pasos de sus proyectos, de quienes les apoyaron, de cómo otros les adversaron, y de cómo muchos de los que se resistieron a sus ideas terminaron como aliados hasta el presente.
Fue una fiesta a modo de conversatorio que empezó y terminó con música, comida y café. Los niños del Coro Infantil de Campanas Duaca, dirigidos por el profesor Hugo Rivero, iniciaron el encuentro con su versión de la “Pulga y el Piojo”. Tras las palabras iniciales del profesor Giménez Lizarzado y del doctor Finizola, el micrófono se democratizó. La gente de la comunidad, actores del proceso de crecimiento y fortalecimiento de Ascardio y la Casa de la Cultura, reconoció el valor de ambas instituciones.

Cuando el pintor duaqueño, Armando Villalón, le preguntó a Finizola qué tiene que ver la cultura con la medicina, este le respondió que “todo está vinculado con todo” y recordó a su colega español, Gregorio Marañón y Posadillo, médico, escritor y miembro de la “Generación del 14”, al señalar que la ciencia y el arte se unen para buscar la verdad.
El abogado Jairo García, kantiano declarado y un entusiasta promotor de la sociedad civil, quiso saber qué agregaría el doctor Finizola al pensum de la UCV si tuviera que cursar la carrera nuevamente. “Los mismos contenidos, pero con el componente del trabajo con la gente organizada”, dijo el cardiólogo.
El doctor Federico Arteta habló de su tesis de maestría en Historia de la UCLA sobre los 25 años de Ascardio (un médico historiador, “todo está ligado con todo”, diría Finizola).
Algunos de los colegas que acompañaron a Bartolomé Finizola en su experiencia inicial en Duaca recordaron el famoso Jeep con el que este se estrenó como chofer y médico en el Programa Cardiovascular del Ministerio de Sanidad y Asistencia Social. Finizola habló sobre lo difícil que resultó que la Dirección Regional de Salud enviara a un médico para que se formara en el Curso Básico de Cardiología, a una enfermera y un electrocardiógrafo para el servicio en Duaca.
El proceso para mandar al profesional de salud y a la enfermera tomó más de un año, mientras que el aparato llegó dos años y medio después de la solicitud inicial.
Por su parte, el historiador Reinaldo Rojas resaltó en el acto la experiencia propia de las instituciones que dirige y “que no tienen plata, pero sí gente”.
Precisamente, con las personas que le creyeron hicieron “esos muchachos de El Eneal”, como les decía el escritor Hermann Garmendia, el primer acto de la Casa de la Cultura: un homenaje en 1972 al monseñor Alejandro Zaini, director fundador del Colegio Padre Díaz de Duaca. Rojas tenía 18 años de edad para entonces.

Algunos de los que acompañaron a Rojas en los primeros pasos de la Casa de la Cultura, recordó el profesor Giménez Lizarzado, fueron Zenaida Vivas, Miriam Cuicas, Arturo Quero, Juan Hernández, Frank Méndez, Luis Durán, José Arrieche, Gladys Herrera y Marcial Herrera, dirigente del partido Copei y miembro de la Junta Comunal del entonces municipio José María Blanco.
El profesor Rojas agradeció el apoyo de intelectuales larenses que, en su momento, creyeron en el proyecto de El Eneal. Entre ellos, el periodista Salvador Macías (Juan de Lara) y Hermann Garmendia, miembro de una familia de reputados escritores y para la época, cronista de Barquisimeto. “Hermann me enseñó a escribir. Yo me sentaba con él en un mueble grande de su casa y conversábamos horas enteras sobre todo, era incansable y sabía mucho”, dijo Rojas a los presentes.
Rojas cerró el acto con un anuncio que arrancó aplausos de los asistentes: la Biblioteca de El Eneal ya tiene conexión a Internet gracias a las gestiones de la profesora Luz Marina Rodríguez, venezolana residente en Estados Unidos, ante el nieto de R. D. Silva Uzcátegui, un prolijo escritor curarigüeño que en vida fue miembro de la Academia Nacional de la Historia, de la que forma parte Rojas.
Silva Uzcátegui, cuya obra ha sido estudiada por los alumnos de Rojas como el cronista de Carora Luis Cortés Riera, es el abuelo de Raúl Briceño, editor del portal Aldea Educativa, desde donde se envían los recursos para el pago de internet.
La fiesta siguió con los boleros del famoso Juan “Quinchincho” Díaz, y el grupo “Carrillomanía” de la profesora Blanca Segura y Agapito.
Finizola y su equipo se metieron, literalmente, en el corazón de Duaca

Bartolomé Finizola terminó sus estudios de Medicina en la Universidad Central de Venezuela a inicios de los 70 del siglo pasado, pero no pudo recibir el título en el período correspondiente porque la UCV fue allanada por el Gobierno nacional debido a las actividades subversivas que dirigieron algunos profesores y estudiantes de izquierda de aquel entonces. Tuvo que esperar hasta marzo del 71 para recibir el diploma de las manos de las autoridades de esta casa de estudios.
Pese a la resistencia de que ejerciera sin el título en el estado Lara, el joven Finizola recibió la oferta del Dr. Víctor Julio Meléndez, director de Asistencia Social de la Gobernación, de realizar el Curso Medio de Salud Pública en Duaca y luego de ello asumir la gerencia del centro de salud Rafael Antonio Gil.
Era un hospital de 30 camas y fue allí donde se inició como jefe de una institución de la que depende muchísima gente sin recursos. Para conocer más de la salud pública visitó otros hospitales similares en El Moján (Zulia), El Tocuyo, Carora, Quíbor (Lara), y Villa de Cura (Aragua).
En los tres años que estuvo en el Rafael Antonio Gil implantó el Programa Cardiovascular (que el Ministerio creó para descentralizar sus funciones) y el servicio de cardiología, ambos son antecedentes de Ascardio.
La comunidad de Duaca estaba contenta con el joven médico y no estaba dispuesta a dejar que se fuera por la falta del título de la UCV. “Ningún marinero se forma con la mar en calma”, recordó. Una vez superado ese escollo y con título en mano, tras varios intentos infructuosos de incorporar a los estudiantes del VI año de Medicina de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado, logró que en 1972 le enviaran a dos de ellos para que realizaran la pasantía rural en Duaca ya que para entonces, esta práctica estaba destinada a Yaritagua, Chivacoa (en el vecino estado Yaracuy), El Tocuyo y Quíbor.
El programa de pasantías rurales de la UCLA se institucionalizó en Duaca en poco tiempo con el modelo de diagnóstico y solución de problemas de salud. De la experiencia con los pasantes rurales de Duaca quedó también la residencia para adultos de la tercera edad que lleva el nombre del doctor Finizola y aún funciona.
En esta ciudad, Finizola también forjó su otro gran proyecto: un amor para compartir su vida y formar una familia. Una de las pasantes del año 73, integrante de la V promoción de Medicina de la UCLA, Auris Flores, terminó siendo la esposa de Bartolomé. De esta unión matrimonial que sigue en pie, han salido cuatro hijos (uno de ellos siguió las pasos de sus padres) y cuatro nietos.
Reinaldo Rojas, un hombre con “gran acometividad”

La trayectoria de Reinaldo Rojas como historiador es reconocida dentro y fuera del país, es miembro desde 2019 de la Academia Nacional de la Historia (sillón H) y es invitado permanente en condición de profesor investigador en congresos y universidades de Francia, España y América Latina.
Un “joven con gran acometividad”, dice el escritor Hermann Garmendia en su columna “El camino y el espejo” del diario El Impulso, fecha 25 de julio de 1973, al referirse al papel de Rojas en la consecución de la Casa de la Cultura de El Eneal. Garmendia reseña que en la noche de inauguración de este espacio participaron como artistas el propio Reinaldo Rojas y Juan Hernández, y declamaron poesías Valdimir Sinkeivich y otro médico, también de grata recordación en Duaca, el doctor Armando Sánchez. Curiosamente, en esa velada el Dr. Bartolomé Finizola, director del Hospital de Duaca, con su acordeón “interpretó varias piezas del repertorio musical latinoamericano”.
Cincuenta años después, el doctor Finizola cogió su acordeón nuevamente en la fiesta cincuentenaria en El Eneal e interpretó otras bellas piezas, demostrando así que “todo está ligado con todo”.

Texto y fotos: Francisco “Larry” Camacho

