En este texto el autor venezolano evoca a Alfredo Bryce Echenique desde la amistad y la admiración. Un adiós que se niega a partir mientras nos sostenga la memoria
Por: Juan Carlos Méndez Guédez
Juan Carlos Méndez Guédez (Barquisimeto, Venezuela, 1967) es licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela y doctor en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Salamanca. Escritor, vive en Madrid, España. Es autor de más de veinte libros entre novelas, volúmenes de cuentos y ensayos. Su obra ha sido traducida a varios idiomas.
Hay textos que parecen imposibles. Hay líneas que se niegan a aparecer en la pantalla, como si las palabras se hubiesen secado, se hubiesen marchado lejos. En este momento escribo contra mí mismo, contra mi desgana y mi desolación. Pero si una lección dejó Alfredo Bryce Echenique es que la escritura es el todo, es una meta, es un territorio bueno, amable, necesario, es un modo de respirar y de que la sangre circule por el cuerpo.
Escritura en tanto celebración de vida, en tanto celebración de la ternura, de la amistad, del amor, de los viajes, de las ciudades. Así que me obligo, me planto frente al ordenador y aunque ahora mismo, en esta mañana madrileña de invierno yo esté dándole pena a la tristeza, entiendo que no vale la pena existir sino te despides de un grandísimo escritor y un amigo.
Porque Bryce escribió varias de las mejores novelas de estos tiempos. Un mundo para Julius, La vida Exagerada de Martín Romaña, La última mudanza de Felipe Carrillo y No me esperen en abril son piezas inolvidables de la imaginación, del trabajo sobre el lenguaje, de la digresión genial como recurso expresivo. Lo mismo puede decirse de su obra cuentística. Amplia, vasta, contundente.
Narraciones como Jimmy en Paracas, Una mano en las cuerdas, El descubrimiento de América, Goig, A veces te quiero mucho siempre, Al agua patos y Antes de la cita con los Linares, por solo citar algunos, son de las más brillantes piezas breves que un lector pueda disfrutar.

¿Qué era la obra de este narrador inolvidable? Ante todo, una voz y un mundo propio. El universo de cierta burguesía peruana, la existencia errática de latinoamericanos en Europa, la necesidad y la imposibilidad del amor como centro del vivir.
Pero ante todo, una expresividad original, irrepetible, en la que lo oral era reinventado con una apariencia de sencillez que en el fondo ocultaba un rompedor trabajo con la prosa. Oraciones inmensas, repetidas, llenas de interrupciones en las que aparecía la música popular, los juegos de sentido, las citas intervenidas.
Pero imposible no subrayar la esencia de esta escritura: su humor irrefrenable, su ironía y su ternura constante. Porque Bryce Echenique se asomó a la sentimentalidad extrema, al deleite de los sentidos, a la simpleza y la fragilidad de personajes que no vivían grandes aventuras heroicas, sino que se paseaban por existencias algo disparatadas, algo confusas.
Este autor peruano, junto a Manuel Puig y Francisco Massiani, le dieron la vuelta al discurso totalizador, brillante y poderoso del Boom, para fijar su mirada en los pequeños mundos de los pequeños personajes que vivían el desamor, el desarraigo, la proximidad de los amigos.
En las novelas de Bryce los lectores se sentían identificados plenamente porque desde ellas se reinventaban los sentimientos más manidos, más desgastados por el roce de lo cotidiano.
Eran confesiones que evocaban la intimidad de las barras de bar, de las madrugadas, las bellas canciones ebrias; siempre con el recurso salvador de la risa, de la cordialidad, de la compasión y la dulzura por el otro.

Hablamos de una obra viva, torrentosa, no apta para estos tiempos conventuales de moralinas y narraciones con mensaje. Es decir, hablamos de literatura.
Pero resulta imposible no resaltar su humanidad. Era amigo. Amigo en mayúsculas.
Divertido, ocurrente, solidario, empático. Estas palabras quedarían incompletas si no evoco también al hermano mayor que fue en mis primeros tiempos en España.
Atentísimo a cada detalle, me faltarían páginas para contar todos y cada uno de los gestos de apoyo que me brindó. Omitiré ese listado porque odio y detesto los obituarios en los que el doliente aprovecha la ocasión para hablar de su obra.
Pero tampoco puedo obviar que la muerte de Alfredo en Lima ha disparado en mí la cascada de recuerdos de esos años iniciales en los que él estaba atento a cuidarme en cada momento, incluso en la vida cotidiana, como cuando supo que mi nuevo apartamento en Madrid era especialmente frío y sin decir palabra se apareció con dos calefacciones, o como cuando al saber que mis finanzas estaban tiritando, llegó con varias ofertas de trabajo que me sacaron a flote.
Por eso yo lo llamaba el cuarto Rey Mago. Si yo estaba en peligro, con infinita elegancia Bryce aparecía para salvarme.
Más allá de estos detalles humanos, fue sin duda, una de las grandes voces de la literatura reciente. No tiene sentido lamentar que no culminase su vida con un gran premio literario como el Cervantes, porque él y sus lectores no se perdieron de nada. El Cervantes se perdió a uno de los autores fundamentales del presente.
Ahora solo me queda recordar que alguna vez, recordábamos su mítica visita a Caracas en 1994 cuando fue recibido allí como una estrella de rock, comentábamos las técnicas narrativas de Hemingway y luego cantábamos juntos canciones como la Felicidad Jaja de Palito Ortega.
Con Alfredo entendí que escribir es el más bello de los oficios. Con él entendí que la amistad es la gran fiesta, que la generosidad es una cadena inagotable. Vivir será, de ahora en adelante, releerlo sin descanso y tratar de ser con los amigos al menos la mitad de bueno de lo que él fue conmigo.
Escucho otra vez “La felicidad jaja”.
La canción sigue, Alfredo. La canto yo ahora, como si aquí estuvieses.
Por: Juan Carlos Méndez Guédez

