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Benito Guardia al piano

Ha partido al otro lado este maestro. Seguramente ya estará inquieto, tanteando pulsos sin épocas en algún altar donde la armonía no conoce desgaste. Este homenaje nace para honrar su legado y el resplandor sereno que dejó en quienes tuvimos el privilegio de escucharlo.

Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.

Quedó el piano en quietud, querido guía, pero no vacío. Hay una diferencia que ahora comprendo mejor: el vacío es ausencia; el silencio, en cambio, es espera. Y en ese reposo todavía están sus manos.

Lo pienso sentado frente al teclado, no como quien se dispone a dominarlo, sino inclinado a escuchar primero. Nunca irrumpía en la música: la dejaba abrirse. Había en su manera de tocar una cortesía antigua, un respeto por el espacio ajeno que convertía toda nota en hospitalidad.

Recuerdo salones donde la luz caía oblicua sobre la tapa del instrumento, y el murmullo previo parecía no decidirse a callar. Entonces apoyaba los dedos —sin gesto dramático— y el aire encontraba orden. No imponía un rumbo; lo revelaba. La pieza no era suya ni de nadie: era un lugar común que ayudaba a construir.

Muchos buscan en la madera resonante una afirmación. En su caso, la búsqueda era equilibrio. Allí donde una voz temblaba, su sonoridad la sostenía. Donde el ritmo vacilaba, su pulso devolvía certeza. Acompañar fue su forma de liderazgo: una columna sin estridencias, una figura que afirmaba sin desplazar.

Benito Guardia, Kadid Aguilar, Dora de Ángeles, Eduardo Vizcarra y Mario García Hudson

Panamá cambiaba, los latidos llegaban de lejos, los estilos se entremezclaban como mareas que no piden permiso. Y su sensibilidad, sin renunciar a lo aprendido ni rendirse ante la novedad, encontraba el punto de encuentro. El piano era puente: no frontera. Traducía sin borrar el acento, modernizaba sin desarraigar.

Siempre fue grato conversar con usted. En esas tertulias reaparecían los primeros compases: los días con la orquesta de los Hermanos Lombardo, el descubrimiento temprano de que su compañero de resonancia no era ornamento sino voz. Evocaba aquel solo en las vibraciones blancas de Río Cabuya, como quien recuerda un punto de partida más que una hazaña.

Hablaba también, con respeto intacto, de su admiración por Víctor Boa —otro grande— y de la manera en que la virtuosidad podía desplegarse sin perder elegancia, como en aquella grabación de Sabor panameño que todavía hoy conserva su brillo.

Benito Guardia al piano con Bush y sus magníficos

La consolidación llegó con la agrupación de Bush. Allí su oficio alcanzó plenitud: los arreglos adquirieron esa arquitectura firme y respirable que lo distinguía, y sus composiciones comenzaron a caminar solas. Benny’s jala jala, El gozador, Campesino soy, Los magníficos, Candela brava, Manuela Aranda, Mariana soba —esta última ya clásico indiscutible en las voces de Tony Bermúdez y Marcos Barraza— forman parte de una memoria que no depende de archivos, sino de cuerpos que aún las cantan.

Lo imagino regresando noche tras noche a su vocación con la misma disciplina serena. No había espectáculo en esa constancia, pero sí una fidelidad profunda. Intuía que el arte sonoro no siempre deja marca, que muchas veces se disuelve apenas nace. Aun así, volvía. Como si supiera que lo importante no era perdurar en registros, sino en las personas.

Benito Guardia

Hay quienes recordarán una canción específica. Otros, una consonancia precisa. Yo creo que muchos guardarán, sobre todo, la sensación: esa estabilidad que se instalaba cuando comenzaba a tocar. Era como si el conjunto respirara mejor. Como si cada voz encontrara su sitio exacto en la trama de ecos.

No se hablaba entonces de protagonismos. Se privilegiaba el diálogo de voces. Y sabía que el brillo auténtico no es el que deslumbra, sino el que ilumina lo suficiente para que otros puedan verse.

Pienso ahora en las coronas de acordes que tocó durante décadas. Algunas, tal vez, guardan el leve indicio del uso persistente. Otras conservarán un desgaste mínimo, casi imperceptible. Así también ocurre con su huella: no es monumental, no reclama mármol ni vitrinas. Es una señal leve, pero constante, en el imaginario musical de esta ciudad.

Su legado no se impone; se reconoce. Late en cada pianista que comprende que tocar también es escuchar. Se encarna en las voces entrelazadas que entienden la sintonía como tejido común. Persiste en esa ética silenciosa que afirma que el sonido compartido es conversación antes que espectáculo.

Hoy, mientras el mundo insiste en el ruido, su reflejo propone otra cosa: mesura, atención, pausa. Nos enseña que hay una grandeza discreta que no necesita anunciarse. Que el oficio puede ser firme sin ser ruidoso. Que respaldar es, en el fondo, una forma profunda de amar.

Freddy Anglin (bajo), Benito Guardia (piano) y Harold Patterson (percusion)

Y me gusta imaginar que ahora, en ese territorio donde la armonía no conoce desgaste, continúa explicando cómo se construye un buen arreglo: no como quien impone, sino como quien ordena el aire para que otros respiren mejor. Quizá conversa con quienes partieron antes; posiblemente sonríe al comprobar que aquí, en la tierra, todavía se baila al compás de lo que dejó sembrado.

El teclado calla, querido maestro, pero no concluye. Toda vez que alguien sostenga una melodía sin reclamarla como propia; cuando una cadencia ordene el caos sin exigir aplauso, algo suyo volverá a sonar.

Y entonces comprenderemos que ciertas presencias no desaparecen: se vuelven estructura.

Mario García Hudson