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Ante tanta precariedad, había un gesto que siempre me detenía: las niñas, todas, incluso las que habitaban la pobreza más extrema, llevaban en sus orejas un hilo de algodón grueso. Era el sustituto del oro o la plata que sus padres no podían comprar

Por: Dr. Enrique Blanco Álvarez

El autor es médico venezolano. Pediatra e infectólogo

Hay recuerdos que no se eligen; recuerdos que lo eligen a uno. A mis ochenta y cinco años, tras seis décadas de medicina y treinta en los pasillos de un hospital público en Venezuela, el insomnio suele traer voces y rostros que el tiempo no ha podido borrar.

Pero anoche, lo que regresó no fue un rostro, sino un detalle: un pequeño hilo de algodón atravesando el lóbulo de una oreja infantil. Para mis adentros los llamo: «Los zarcillos de algodón».

En 1965, la desnutrición grave tenía nombre, apellido y un pabellón entero dedicado a su sombra. Recuerdo a esos niños: criaturas de una quietud sobrenatural, que no se quejaban porque el hambre les había robado hasta el aliento del llanto.

Eran seres que desconfiaban del mundo, aceptando apenas unas cucharadas de lo que ya conocían.

Solo después de mucho tiempo y, sobre todo, de mucho amor, la alegría regresaba a sus ojos, aunque siempre quedaba en ellos una guardia levantada, una sospecha hacia la vida.

Ante tanta precariedad, había un gesto que siempre me detenía: las niñas, todas, incluso las que habitaban la pobreza más extrema, llevaban en sus orejas un hilo de algodón grueso. Era el sustituto del oro o la plata que sus padres no podían comprar.

Esos hilos eran, a mis ojos, una bandera de esperanza. Representan la feminidad que se niega a morir; el deseo de las madres que, a pesar de tener el hogar y las manos vacías, no permitían que sus hijas perdieran la belleza ni la dignidad de su identidad.

Eran la prueba auténtica de que el amor materno es, quizás, la única fuerza que nos ha mantenido vivos como especie frente a la barbarie. El algodón es algo puro, limpio y suave. Pero ese recuerdo me quema. He salvado varias vidas, es cierto, y hay satisfacción en ello; pero ese dolor de tanta miseria humana no es intercambiable por nada. Nada lo calla.

Hay cosas que he visto que no puedo contar; el peso de ese dolor quebraría a quien lo escuche. Por eso, guardo «los zarcillos de algodón» como un secreto entre mis manos.

Quizás este escrito sea inútil para muchos. Pero quiero que mis hijas, hijos y mi esposa lo sepan. Quiero que entiendan que su padre no fue solo un médico, sino un hombre que aprendió la grandeza del amor humano al ver un simple hilo de algodón adornando la oreja de una niña que no tenía nada más, salvo la esperanza de su madre.

Por: Dr. Enrique Blanco Álvarez