La construcción de la nación panameña no puede entenderse únicamente a partir de los discursos oficiales ni de los acontecimientos consignados en los libros de historia. Existen relatos que se transmiten por vías menos formales, pero igualmente profundas, donde la experiencia popular adquiere voz y sentido. En ese espacio, la creación artística se convierte en testimonio, conciencia y afirmación colectiva.
Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.
Comprender a Panamá como nación implica mirar más allá de sus límites geográficos y estructuras políticas. La verdadera esencia panameña se revela en múltiples formas, y una de las más significativas es la música, que ha demostrado ser un vehículo poderoso para expresar la historia y las vivencias del pueblo.
A lo largo del tiempo, sus sonidos, ritmos y letras han trascendido la mera expresión artística para convertirse en una crónica viva de la experiencia social, un puente para denunciar injusticias, preservar la memoria colectiva y reafirmar la identidad frente a los embates del poder.
El entramado musical panameño entrelaza voces del pasado, tradiciones heredadas, modismos populares, la alegría vibrante del pueblo y también las heridas abiertas por una historia marcada por tensiones con Estados Unidos.
Desde los primeros años del siglo XX, tras la firma del controvertido Tratado Hay-Bunau Varilla —que cedió el control de la Zona del Canal a los estadounidenses—, la presencia extranjera dejó una huella profunda en la vida nacional. Esta relación desigual no solo transformó la política y la economía, sino que también permeó las expresiones culturales más íntimas, incluida la música.
Canciones como La Marináa, de Ricardo Fábrega, advierte a los panameños sobre la llegada de los marineros estadounidenses —los “gringos”—, a quienes el pueblo rechaza. La letra refleja una crítica directa a la presencia extranjera:
“Que se cuadren los panameños / que ya viene La Marináa / los marineros que son los gringos / yo no los quiero”.

Esta estrofa, contundente y directa, evidencia la resistencia popular frente a la presencia militar estadounidense. Con un ritmo pegajoso y tono festivo, Fábrega introduce un mensaje de protesta en la cultura popular, recordando que la música también puede ser un campo de batalla simbólico.
Por su parte, la canción Mi chola no quiere cholo, de Arturo “Chino” Hassán, retrata una realidad social compleja. En ella, la “chola” prefiere a un “gringo de la zona” porque está “civilizada”, lo que refleja cómo la influencia extranjera penetra en las relaciones personales y en la percepción de la identidad cultural:
“Ella dice que su amor es un gringo de la zona / que la lleva en su motor y le canta en otro idioma”.

Aunque el fragmento aparenta ser humorístico, encierra una crítica profunda sobre la alienación cultural. La letra retrata cómo el influjo norteamericano afecta la autoestima y la identidad, provocando en algunos sectores el rechazo de lo propio y la idealización de lo extranjero. A través de la ironía, Hassán señala con agudeza los efectos de esta relación desigual.
Además, cantautores como Eleuterio “Pille” Collado y Rubén Blades han inmortalizado en sus temas titulados 9 de enero la fecha emblemática de 1964, cuando ocurrió la lucha estudiantil por la soberanía nacional.
En estos ejemplos, la música se convierte en crónica viva de momentos difíciles y de resistencia colectiva, como se siente en el canto de décima —una forma tradicional de poesía popular— interpretado por Collado:
«Ondear he de verte, enseña
en la cima del Ancón;
símbolo de mi nación,
razón para mis querellas.»
«Y es que el intruso sajón
ensañado, embrutecido,
mata a los recién nacidos
en las calles de mi patria;
dicen que eso es democracia
yo les llamaría: asesinos.»

En sintonía, Rubén Blades dedica una canción a esa fecha histórica:
“Nueve de Enero, yo no te olvido… / Orgullosa, sobre el plomo fue flameando mi bandera, / en blanco, azul y con rojo, sangre de Ascanio Arosemena!”
Blades refuerza, con lenguaje directo y conmovedor, el papel de la música como memoria colectiva y homenaje a quienes defendieron la nación con su vida.
La poesía, en sus diversas formas —incluida la décima cantada—, cumple un papel fundamental en este proceso de afirmación cultural y denuncia. Changmarín, por ejemplo, utiliza el verso como herramienta de memoria y resistencia. En su poema ¡Que se vayan del Canal!, evoca con fuerza el 9 de enero y el sentimiento de indignación nacional:
«Recuerda el Nueve de enero
Patria, cuando tu bandera
violada fue por la fiera
aquí, bajo el propio alero…
¡Que se vayan del Canal!»
Estas líneas reflejan el espíritu combativo del pueblo panameño y el dolor frente a la imposición extranjera, sentimientos perpetuados en la música y la poesía popular.
Igualmente, escritores como Demetrio Korsi, con Incidente de cumbia; Víctor M. Franceschi, con Vivirán los gladiadores; y Julio Yao, en Lloras, Panamá querida, han fusionado la poesía y la música para fortalecer mensajes de denuncia y reclamo de justicia.

De Incidente de cumbia, de Korsi, destaca un fragmento que refleja la tensión y violencia en la relación con los gringos:
«¡Y el tambor trepida! ¡Y la cumbia alegra!
Meme baila… El negro, como un animal,
llora los desprecios que le hace la negra,
y es que quiere a un gringo la zamba fatal.»
Sus letras, convertidas en melodías, recorren un camino de reivindicación y memoria histórica.
En Vivirán los gladiadores, Franceschi no necesita elevar la voz para estremecer; cada verso es una carga profunda de historia.
“Por el rojizo camino / que los yanquis nos trazaron”
Recuerda que la sangre fue el precio por cada paso hacia la soberanía. No es poesía decorativa; es una crónica lírica de la afrenta imperial. Las bayonetas no solo hirieron cuerpos, sino que “cavaron victoriosas sepulturas”. Es decir, sembraron muerte, creyendo quizás apagar la llama de la dignidad.
Pero no fue así. Franceschi cierra con fuego:
“¡No apagaron en enero / veintitrés antorchas puras!”
Esos veintitrés jóvenes no murieron en vano. No fueron anónimos ni débiles. Fueron antorchas. Y como toda buena antorcha, siguen ardiendo en la memoria colectiva, en calles que llevan sus nombres, en muros donde aún se pinta “Soberanía”.
Franceschi no solo escribe un poema; levanta un acta. Testimonia lo que el mármol no siempre dice: que los gladiadores del 9 de enero no bajaron la cabeza. Y mientras se les recuerde, vivirán.
El poema Lloras, Panamá querida, de Julio Yao, es un grito poético que entrelaza el dolor histórico con la denuncia social y política. Con su estribillo repetitivo y tono elegíaco, el texto se convierte en una forma de resistencia lírica contra el olvido, la manipulación y la traición a los valores patrios.
Desde el inicio, el poema marca un tono de profunda tristeza:
“Lloras, Panamá querida, / pues de ti se están burlando / algunos, especulando / con tu entraña dolorida.”
Este cuarteto funciona como estribillo que se repite a lo largo del texto, marcando el ritmo emocional del poema. La personificación de la nación que llora y sufre apela a la emoción, pero también denuncia la situación actual: se está “especulando” con el alma del país, con heridas aún abiertas.
Los Mártires de Enero, símbolos de resistencia nacionalista contra la presencia estadounidense en la Zona del Canal, son evocados aquí como figuras olvidadas. El poema denuncia que sus sacrificios han sido usurpados por quienes “honores que no merecen”. Esta crítica no es solo política, sino también ética: la traición ya no es solo a la nación, sino a la verdad histórica y al honor.
Los géneros tradicionales panameños —como el tamborito, la tamborera y la mejorana— han sido clave en este proceso. Con ritmos autóctonos y letras cargadas de simbolismo, han permitido que el pueblo exprese su dignidad y rechazo ante la imposición extranjera. Más allá de entretener, estas formas musicales educan, preservan la historia y fortalecen la identidad nacional.
En definitiva, la música en Panamá es mucho más que arte o diversión: es un archivo vivo de la historia, un grito de resistencia y una afirmación cultural. En sus canciones y versos, a lo largo del tiempo, se condensa el sentir colectivo de un pueblo que, incluso en sus momentos más oscuros, encontró en el canto y la poesía una forma clara y poderosa de decir: “Estamos aquí” y “No nos rendiremos jamás”.
Por: Mario García Hudson

