Cuando un escritor querido muere, cada uno vuelve por las líneas que lo marcaron, por los destellos de su oficio sobre uno.
Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural: Literatura Panameña [email protected]

Reseña por: Pedro Crenes Castro

En Panamá, a esas alturas técnicas del humor literario, tenemos a Ernesto Endara, y también lo hacía de maravilla nuestro recordado César Young
Tantas veces Bryce
Supe la noticia por mi querido Jorge Eduardo Benavides, escritor peruano, quien publicaba en sus redes que su paisano, Alfredo Bryce Echenique, nos había dejado, y el primer pinchazo de cercanía en la memoria lo sentí en las palabras de Jorge: «Celebraciones hasta las tantas horas. Hasta las “mil y quinientas”, como decía él y muchos de sus personajes». Las «mil y quinientas», me repetí, comenzando a recordar esa manera de nombrar las horas intempestivas (y festivas) que también usamos en Panamá.
Lo primero que leí de Bryce fue Tantas veces Pedro, a finales de los noventa en Madrid. Un mundo para Julius vino después, y lo que me sorprendió de su escritura fue el humor (no solo eso, pero eso lo primero), su capacidad para mantener iluminadas las historias con él, algo que es complejo de sostener en su tensión justa sin convertir lo narrado en una sucesión de chistes manidos. Y ver un título tan largo, La pasión según San Pedro Balbuena que fue tantas veces Pedro, y que nunca pudo negar a nadie: toda la ironía del mundo y las peripecias amargas hasta lo risible detrás de las dimensiones poco convencionales de un título. Eso también se puede hacer, nos enseñó Bryce.
Junto con el mexicano Jorge Ibargüengoitia, tengo a Bryce Echenique como maestro en el manejo del humor en literatura, esa capacidad de hacer reír con las situaciones más trágicas, sin que el texto se vuelva tragicómico, porque no es eso lo que se pretende a la hora de escribir, se trata de expresar los malabarismos que la vida hace y que provocan que las emociones, en ciertas circunstancias, oscilen entre el llanto y la risa.
En Panamá, a esas alturas técnicas del humor literario, tenemos a Ernesto Endara, y también lo hacía de maravilla nuestro recordado César Young.
Después del pinchazo en el recuerdo de «las mil y quinientas», me fui a sus libros. Me reí repasando cómo conoció a ÉL en la Habana, un disparatado relato de su encuentro con Fidel Castro (le dedica al hecho un capítulo en Permiso para vivir, sus antimemorias), tan desternillante como el de Ibargüengoitia, Revolución en el jardín, en los que no faltan todos los elementos del equívoco, los malentendidos y sobrentendidos, y que dibujan lo serio y apremiante de aquellos días de gratos y non gratos.
Cuando un escritor querido muere, cada uno vuelve por las líneas que lo marcaron, por los destellos de su oficio sobre uno. Hay una frase que subrayé hace años, y que conviene mucho en estos días complejos: «Mezclado con estos, y al mismo tiempo no sintiéndome jamás completamente mezclado con nada, aprendí que era gente peligrosa por un hecho fundamental: porque es malo creer a ultranza en una idea, sobre todo cuando solo se tiene una sola». Es de un cuento, Machos caducos y lamentables, que está en su libro de cuentos Guía triste de París, un libro que me ayudó a recuperar una ciudad que creí haber perdido. Un libro azul divertido, un muy estimulante ejercicio de trabajo literario que no deben dejar de leer.
Alfredo Bryce Echenique, el querido Bryce, protagonista de tantas anécdotas y objeto del cariño de sus amigos, nos deja una obra amplia, hermosa y llena de pistas para seguir creciendo como escritores, como personas. Toca preguntar, como el viejo Tutú, senil y con el olvido en la mente, «¡El amor! ¿Qué fue del amor?», en la página 133 de Reo de nocturnidad, otra de sus novelas tan cercanas a mí. Búsquenla y sonrían, y lamenten, por el viejo Tutú, pero no dejen de preguntar por el amor.
Permiso para vivir tiene una dedicatoria, muy Bryce, se las dejo aquí renovando mi invitación a que lo lean:
«Acerca de las dedicatorias.
Dijo el Sabio Borges, que más sabía por viejo y sabía más todavía por diablo: “Como todos los actos del universo, la dedicatoria de un libro es un acto mágico. También cabría definirla como el modo más gracioso y más sensible de pronunciar un nombre”.
Dicho lo cual, pronuncio muy graciosa y sensiblemente tu nombre, Pilar de Vega».
Dicho lo cual, pronuncio reído y cómplice su nombre, como tantas veces: Bryce.
Hasta siempre, maestro.
Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural Literatura Panameña | [email protected]

Pedro Crenes Castro (Panamá, 1972), es escritor. Columnista y colaborador en varios medios panameños y españoles. Ha ganado dos veces el premio Nacional de Literatura Ricardo Miró de Panamá y dicta talleres literarios. Vive en España desde el año 1990.

