La disciplina violenta constituye un factor de riesgo significativo para el desarrollo infantil, al afectar la seguridad emocional y comprometer la regulación afectiva. Este artículo original, aporta evidencias y propuestas que fortalecen la crianza respetuosa
Autora: Clarisse Juárez | Tutora: Dra. Dioselina Vanegas

La autora es Clarisse Juárez, estudiante de la Escuela de Psicología, Facultad de Ciencias Sociales. Universidad Católica Santa María La Antigua, Panamá. Este artículo original, es una contribución académica que complementó la labor de campo de la materia de Práctica Profesional. Tutora y editora del artículo: Dra. Dioselina Vanegas. Psicóloga clínica y docente de la Escuela de Psicología, Facultad de Ciencias Sociales. Universidad Católica Santa María La Antigua, Panamá.
La disciplina violenta continúa siendo una práctica frecuente en diversos entornos familiares de América Latina, donde persisten creencias culturales que legitiman el castigo físico y el maltrato verbal como estrategias de control conductual. Desde la psicología del desarrollo, esta modalidad disciplinaria no solo vulnera los derechos fundamentales de la niñez, sino que interfiere de manera profunda en la regulación afectiva, la estructuración del self y la consolidación de vínculos seguros.
Tales alteraciones incrementan el riesgo de desarrollar dificultades emocionales, conductuales y sociales en etapas posteriores del ciclo vital.

Según estimaciones de UNICEF (2022), el 27 % de los niños y niñas en América Latina y el Caribe recibe azotes, golpes o cachetes como medida disciplinaria. En países como Haití, Jamaica y Surinam, entre el 60 % y el 80 % de la población infantil experimenta castigo físico, mientras que en México, Honduras, Belice y Trinidad y Tobago las cifras oscilan entre el 40 % y el 60 %. Incluso en naciones con porcentajes relativamente menores (Argentina, Costa Rica y Uruguay) entre el 20 % y el 40 % de los niños sigue siendo golpeado en su hogar. Estas estadísticas evidencian que la disciplina violenta constituye un patrón cultural normalizado en buena parte de la región.
Situación en Panamá
En Panamá, la situación se refleja en indicadores que evidencian vulnerabilidad social. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censo (INEC, 2023), los registros nacionales reportaron 14,009 nacimientos en adolescentes entre 10 y 19 años, mientras que las Estadísticas Educativas 2022 estiman que alrededor de 9,800 estudiantes abandonaron el sistema escolar. Asimismo, informes del Ministerio de Desarrollo Social (MIDES, 2023) señalan que entre 900 y 1,200 menores permanecen institucionalizados anualmente en albergues públicos y privados.
Estas cifras se relacionan frecuentemente con entornos familiares conflictivos y fallas en los sistemas de protección, evidenciando la relevancia de fortalecer los vínculos tempranos y la estabilidad afectiva en los hogares.
Este ensayo sostiene que la disciplina violenta constituye un factor de riesgo significativo para el desarrollo infantil, al afectar la seguridad emocional, comprometer la regulación afectiva y promover la cristalización de patrones relacionales disfuncionales que limitan la adaptación social futura.
Desde una perspectiva conceptual, la disciplina violenta se define como el uso reiterado de métodos punitivos físicos o psicológicos orientados a controlar la conducta del niño mediante la intimidación. Esta práctica contrasta con enfoques educativos basados en la contención emocional, la comunicación respetuosa y los límites consistentes.

La Teoría del Apego de John Bowlby plantea que la disponibilidad sensible y estable del cuidador es esencial para la seguridad emocional y la organización psicológica del niño. Cuando el entorno se caracteriza por imprevisibilidad o coerción, se favorece la formación de apegos inseguros ansioso o evitativo, que afectan la calidad de las relaciones interpersonales y dificultan el desarrollo de una base sólida de confianza.
Por su parte, Diana Baumrind describe estilos parentales que influyen directamente en el desarrollo emocional y conductual. El estilo autoritario, caracterizado por alta exigencia y baja calidez, se relaciona con el uso frecuente del castigo, fomentando la sumisión, el miedo y, en algunos casos, respuestas agresivas reactivas. De igual forma, Albert Bandura, desde su teoría del aprendizaje social, sostiene que los niños reproducen conductas observadas en sus figuras de autoridad, lo que implica que la violencia ejercida por adultos puede ser interiorizada como un recurso legítimo para resolver conflictos.
En las últimas décadas, otros autores se han convertido en referentes esenciales para comprender la disciplina infantil. Joan Durrant ha promovido de manera contundente el concepto de disciplina positiva, demostrando que es posible establecer límites claros sin recurrir a la violencia, fortaleciendo la autoestima, la regulación emocional y la cooperación. Su trabajo evidencia que los métodos coercitivos no solo son innecesarios, sino perjudiciales para el bienestar infantil.
Desde las neurociencias, Daniel J. Siegel aporta una comprensión profunda sobre los efectos del miedo en el cerebro infantil. Sus investigaciones muestran que las interacciones cargadas de rechazo o intimidación activan de manera reiterada los circuitos de alarma, especialmente la amígdala, interfiriendo con la integración cerebral y la capacidad de mentalizar las propias experiencias. Esto afecta la autorregulación, la toma de decisiones y la comprensión emocional del niño, funciones dependientes del adecuado desarrollo de la corteza prefrontal.
La evidencia neuropsicológica respalda estas afirmaciones. La exposición prolongada a experiencias violentas activa de forma crónica el eje hipotálamo-pituitaria-adrenal, generando niveles elevados de cortisol.
Esta hiperactivación afecta estructuras claves del cerebro, la amígdala se vuelve hiperreactiva, incrementando estados de hipervigilancia; la corteza prefrontal disminuye su eficiencia, dificultando la planificación, el juicio y el autocontrol; y el hipocampo ve comprometidos sus procesos de memoria y aprendizaje. Estas alteraciones repercuten directamente en el rendimiento académico, la adaptación escolar y el desarrollo emocional.

En el contexto panameño, estas dinámicas se reflejan en problemáticas sociales como el embarazo adolescente, la deserción escolar, la institucionalización de menores y la judicialización temprana de adolescentes, indicadores que permiten reconocer la necesidad de fortalecer prácticas de crianza basadas en respeto, regulación emocional y acompañamiento.
La normalización del castigo físico se sostiene en narrativas culturales que lo presentan como un método formativo válido. Sin embargo, la evidencia científica demuestra que la disciplina violenta es ineficaz y perjudicial, mientras que los modelos centrados en la sensibilidad parental y el establecimiento de límites respetuosos favorecen la autonomía, la resiliencia y el bienestar psicoemocional.
En consecuencia, resulta imprescindible promover programas de educación parental, políticas públicas integrales y estrategias comunitarias que fortalezcan la crianza respetuosa. La comprensión de las implicaciones psicológicas y neurobiológicas de la violencia disciplinaria no solo permite visibilizar sus efectos, sino también orientar la construcción de entornos protectores y emocionalmente seguros para la niñez.
Autora: Clarisse Juárez | Tutora: Dra. Dioselina Vanegas
Este artículo se publica en la sección Psicología de La Web de la Salud como parte del compromiso compartido entre la USMA, la Dra. Vanegas, la estudiante Clarisse Juárez y las próximas generaciones de alumnos y alumnas, por acercar a la sociedad el conocimiento que nace en la academia. Como medio, expresamos nuestro orgullo por servir de plataforma a la divulgación de los saberes que genera la universidad panameña.

