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Este texto se sitúa en el borde de aquello que aún se está formando. No pretende fijar conclusiones, sino acompañar un movimiento que avanza entre duda y persistencia. Lo que aparece aquí no se ofrece como respuesta, sino como trazo en desarrollo, abierto a lecturas que lo transformen sin agotarlo.

Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.

En las ciudades donde las palabras buscan un lugar para quedarse, la escritura no es un acto visible sino una tensión constante entre lo que se piensa y lo que logra fijarse en el papel. Panamá reconoce esa tensión cada 25 de abril, cuando se nombra el Día del Escritor, una fecha vinculada al nacimiento de Rogelio Sinán, cuya figura se vuelve punto de partida simbólico para la literatura panameña, aunque lo que celebra ya estaba ocurriendo mucho antes de cualquier reconocimiento: en cuadernos abiertos sobre mesas de cocina, pantallas iluminadas de madrugada, teclas que dudan antes de caer, la persistencia de una frase que no se deja abandonar.

El oficio de escribir no se apoya en certezas, sino en una incomodidad productiva. Quien redacta no avanza en línea recta; retrocede, corrige, borra, vuelve a intentar. El lenguaje rara vez obedece. Más bien resiste, como si tuviera su propia voluntad de desvío. De ese roce nace algo que no es exactamente verdad ni invención, sino una aproximación que se construye a medida que se pierde. No siempre escribir es comprender. A veces es insistir.

En Panamá, la figura del autor ha ido tomando múltiples rostros: el que observa la calle como si fuera un manuscrito en movimiento, deteniéndose en un vendedor que grita precios o en un semáforo que interrumpe una conversación, el que convierte la historia en fragmento, el que traduce el ruido cotidiano en una sintaxis posible. Esa tradición se ha ido formando no como monumento, sino como acumulación de intentos, algunos firmes, otros apenas esbozados.

El día dedicado a la escritura no ordena esa diversidad; la expone. Durante un instante, la atención se dirige hacia quienes se enfrentan a lo inestable: la palabra que aún no encuentra forma definitiva, el relato que cambia de dirección en mitad de su avance, la idea que solo se sostiene mientras es escrita. No hay cierre. Solo continuidad. En un autobús que avanza con sobresaltos, alguien subraya una frase; en una oficina en pausa, la ventana abierta deja entrar el ruido mientras una línea se queda a medias. En otro lugar, la libreta abierta sobre la mesa acumula frases que aún no terminan de decidir su forma.

Escribir implica convivir con lo incompleto. Cada texto nace con una zona que no se deja resolver del todo, un borde que permanece abierto incluso cuando la última línea parece definitiva. Esa fisura no es un defecto, sino el lugar donde la literatura respira. Allí se instala la posibilidad de que un mismo contenido diga algo distinto según el momento en que se lea.

El creador panameño, en ese sentido, no se limita a disponer palabras; las convierte en materia de exploración, mezclando restos de experiencia, ecos de conversaciones y las imágenes que sobreviven a la prisa del día. Transforma lo cotidiano en material que aún no termina de solidificarse. Un mercado, una lluvia repentina, un diálogo interrumpido: todo puede convertirse en estructura narrativa si se encuentra el ritmo adecuado.

Pero el proceso no siempre conduce a la claridad. Hay jornadas en las que la frase no llega, en que el lenguaje se repliega, y la página permanece intacta como una promesa pospuesta. La hoja en blanco no es vacío: es una presión silenciosa que obliga a seguir pensando incluso fuera de ella. Sin embargo, incluso esa ausencia forma parte del oficio. La escritura también ocurre en lo que no se logra plasmar. A veces, el silencio es la única forma de continuidad posible.

Las generaciones de autores en el país han ido construyendo una relación particular con ese silencio. Algunos lo enfrentan con insistencia, otros lo rodean o lo incorporan como parte del texto mismo. En todos los casos, la literatura se vuelve un espacio donde la incertidumbre no se elimina, sino que se elabora y se sostiene.

Cada libro concluido es, en realidad, una interrupción. No porque falte algo, sino porque lo dicho siempre abre la puerta a lo que aún podría formularse. Por eso, la obra no clausura: prolonga. Y esa prolongación sostiene el vínculo entre escritura y lector, intención y lectura futura.

Cuando llega esta conmemoración, lo que se reconoce no es un resultado, sino un proceso que nunca se detiene del todo. La jornada funciona como un punto de observación, no como un cierre. Permite ver, por un instante, la cantidad de voces que han decidido habitar la lengua desde dentro, empujándola hacia lugares que todavía no tienen nombre.

En la ciudad, el día dedicado a los escritores pasa casi sin ruido. Sin embargo, en alguna mesa de trabajo, una libreta permanece abierta en la misma página desde la madrugada. La tinta aún no seca del todo. Afuera la vida sigue, pero dentro del papel algo insiste en no cerrarse: una frase que no termina de decidir si ya dijo lo suficiente o si todavía está empezando. Y del otro lado, alguien la leerá —en un momento distinto, con un ánimo cambiante— y encontrará en ese mismo pasaje algo que el autor nunca terminó de fijar del todo.

Por: Mario García Hudson