Félix Otamendi, venezolano cada día de su vida

Cortesía EL IMPULSO

Por Violeta Villar Liste

La primera vez que vi a Félix Otamendi fue en el Museo de Barquisimeto.

Nos encontró la casualidad de una actividad. Al saludo y presentación siguió una larga conversación que se convertiría en el grato augurio de nuevos diálogos, gracias a su impulso a un emblemático espacio de pensamiento llamado Grupo Jirahara; su amor hacia la cultura, las causas cívicas y su pasión por la cocina.

Estudioso de los sabores de la gastronomía venezolana, y admirador de los fogones prodigiosos, bien sabía el valor de una buena comida para renovar amistades e integrar familias.

El 9 de junio de 2021 falleció. Fue una noticia inesperada; un luto en la que siempre fue su casa si bien no nació en ella: Barquisimeto (Lara, Venezuela).

Joaquín Marta Sosa, poeta, pensador e invitado permanente de las sesiones del Grupo Jirahara, al pedirle palabras en honor a la memoria de Félix Otamendi, escribió:

Félix Otamendi, ante todo, fue un venezolano

cuya nacionalidad la ejerció constantemente

desde el corazón y el compromiso vital y diario,

pues ser venezolano significó para él,

cada día de su vida,

una responsabilidad solidaria sin fisuras

con el país y, ante todo, con su gente.

También lo recordaré siempre,

usando una expresión de los venezolanos mayores,

como el vivo retrato de la bonhomía,

la cercanía con los semejantes,

la amistad risueña, sin sombras.

Mi memoria guarda de él, para siempre,

la mejor versión del trabajador competente,

eficaz, a quien nada le arredraba.

Así que venezolano hasta la médula,

solidario hasta la extenuación,

buena gente para con todos,

amigo a cualquier hora,

trabajador animoso

y dueño de una bonhomía insuperable.

Lo recordaré siempre

como amigo infatigable

y trabajador por las mejores causas.

Yuyita de Chiossone, docente, siempre al servicio de la cultura y de la región, tiene palabras de admiración hacia Félix Otamendi, “un hombre culto, que apoyó decididamente a la Fundación del Ballet Taormina Guevara, muy especialmente en lo concerniente al logro de la sede para la escuela del ballet”. 

“Durante su participación en la Energía Eléctrica de Barquisimeto (Enelbar), apoyó a todas las ONG que existían en Barquisimeto en esa época, mediante las asignaciones anuales que la empresa les asignaba, previa presentación de proyectos, con los recursos que generaban los intereses de los pagos de los suscriptores.

Más de un centenar de instituciones podían beneficiar a la colectividad barquisimetana, gracias al apoyo de Enelbar a sus proyectos.

Fue el alma del Grupo Jirahara, que anualmente reunía en Barquisimeto a las figuras más destacadas del quehacer nacional, con el objetivo de analizar el acontecer regional y del país, y proponer acciones para la buena marcha de las instituciones”.

Recuerda que “como ferviente católico, fue un apoyo decidido para las actividades de la Arquidiócesis de Barquisimeto”, y durante varios años formó parte de la comisión de finanzas  junto con Abelardo Riera Zubillaga, Joel Rodríguez Ramos, Yuyita de Chiossone, entre otros.

Yuyita de Chiossone comenta que su esposo ya fallecido, Pablo Chiossone, quien fue juez superior y decano de la Escuela de Derecho de la Universidad Fermín Toro, decía de Félix Otamendi “que era un excelente profesional del Derecho, muy apreciado y respetado en el gremio”.

“Además, fue un apasionado de la alta gastronomía, y cocinaba a la perfección los más exquisitos platos imaginables. En su casa hay una cocina industrial para poder elaborar los más sofisticados manjares y también los más sencillos de la tradición venezolana.

Llegó muy joven a Barquisimeto y se identificó tan completamente con  la ciudad y sus habitantes, que realmente se ganó el título de barquisimetano, más que de corazón, de pleno derecho”.

El periodista Luis Rodríguez Moreno, al reseñar la partida de Félix Otamendi en el diario EL IMPULSO, destacó sus aportes al mundo empresarial, social y deportivo.

“Muy joven, el doctor Otamendi se inició en el terreno profesional en la Energía Eléctrica de Barquisimeto cuando esta formaba parte del consorcio canadiense. Se desempeñó como Jefe de Relaciones Públicas y años más tarde como gerente general de la empresa, dejando una huella imperecedera en cada actividad donde era requerido.

Estaba casado con Sara Saap, de cuya unión nacieron cuatro hijos: Sara, Isabel, Dianora y Felix, que han heredado la cordialidad y el temperamento de un padre que los guió en el respeto a los valores más importantes del ser humano y a una barquisimetanidad que fue un signo destacado en la vida de Félix Otamendi.

Este hombre visionario se enamoró del estado Lara y trabajó con pasión en los proyectos de los que formó parte. Entre ellos la fundación de Imaubar, la consolidación del equipo de béisbol profesional e icono de la región larense, el Cardenales de Lara, así como también el Grupo Jirahara”.

En el año 2013, durante un foro realizado en EL IMPULSO, comentaba que sentía que le quedaban cosas por hacer: “Es el momento de asumir responsabilidades para trabajar por el bienestar de todos, sin tener que ver con la política. Quiero trabajar por mi país”.

Siempre agradeceré a Félix Otamendi por su invitación a participar en las sesiones del Grupo Jirahara y a ser coautora del libro, Grupo Jirahara, veinte encuentros por Venezuela.

Dije, al principio de este texto, que la primera vez que lo vi fue en el Museo de Barquisimeto.

La última, ocurrió hace unos cuatro años, en el Aeropuerto Internacional Jacinto Lara de Barquisimeto.

Jamás imaginé que ese momento sería una despedida definitiva. Ahora, en esta larga nostalgia que es la distancia, lo recuerdo pendiente de cada detalle en los encuentros del Grupo Jirahara; también valoro el regalo exquisito de sus hallacas infaltables en diciembre; su generosidad servida en la mesa de su casa, junto a la cordialidad de su familia, y ese empeño, como bien escribe Joaquín Marta Sosa, de ejercer su ser venezolano de manera constante.

Ojalá la memoria lo honre siempre.