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Los 300 de la UCV: vencer vale la pena y vale la gloria

Foto composición Cortesía/Comité de Preservación y Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela

Por: Faitha Nahmens Larrazábal 

La pareja entra a marcha pausada a una tienda del centro comercial caraqueño Paseo Las Mercedes: con una mano temblorosa él escoge la boina azul.

Ufano dice que la usará en el acto con que inicia la semana que conmemora los 300 años de la Universidad Central de Venezuela, el color de la boina lo ratifica. “Fui profesor durante 45 años”.

A la hora de pagar, la dama del otro lado del mostrador se la entrega empacada y le dice: no debe nada, la deuda es nuestra. Al caballero decano —y de canas— le brotan lágrimas. 

En las últimas horas esta historia ha conmovido a ucevistas y a medio mundo en las redes sociales, como un estandarte. Boya en medio de la desesperanza es metáfora también: hay que guapear aunque el diagnóstico sea de pronóstico reservado. 

Desde que fuera fundada el 22 de diciembre de 1721 la real pontificia Universidad de Caracas hasta hoy, tras funcionar en el convento de San Francisco en pleno centro de la ciudad, y hasta que el presidente Isaías Medina Angarita —con el decreto número 196 del 2 de octubre de 1943— convierte en ejecútese la idea del rector Antonio José Castillo de construir la Ciudad Universitaria, de acuerdo con el proyecto concebido por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva, mucha es el agua que ha corrido bajo los puentes. 

Un lapso largo que supone más que tenacidad. Se trata de una hipérbole que contiene de todo: desde habitar una coyuntura de arcabuces y cañonazos durante las guerras independentistas, y ser, en tiempos gomecistas, punto de partida de la democratización y modernización del país, hasta presumirse caldo de cultivo de hallazgos científicos y primicias humanísticas, servir de plataforma de las más sublimes victorias civiles, y ser blanco de loas urbanísticas, como la declaratoria de Patrimonio de la Humanidad que en el año 2000 logra la sede actual, inaugurada el 2 de marzo de 1954.  

Foto: UNESCO

La Ciudad Universitaria es poesía tallada en hormigón que traduce de manera literal el concepto de la universidad: la casa que vence la sombra. La sombra es la ignorancia. 

Lamentablemente, ese corpus diseñado a punta de prodigios y malabares creativos, esa infraestructura de celebérrima voluptuosidad estética se ha resentido. 

La obra limpia de ladrillos perforados que precisamente invitan a la luz, y las paredes sinuosas que parecen pedirle besos a los vientos, acusan recibo a las mezquindades de un presupuesto escamoteado no por azar —quienes lo administran descreen de la democracia y, cual Damocles, exhiben su espada a todo aquel que lo adverse, la crisis lleva su firma: es política de Estado— que se traduce en asfixia y dificultad para costear el mantenimiento de la principal casa de estudios del país y, guapeando, la número 41 en el ranking regional: imposible contener las filtraciones. Claro que el déficit no solo afecta la obra.  

También a quienes son el alma de ese corpus. Escandalizan los salarios de sal y agua —12 dólares mensuales ¡o menos! contra los 2, 3 o 4 mil de los profesores de países vecinos—, que enflaquecen a los catedráticos. 

Duelen las pírricas asignaciones que han paralizado proyectos e investigaciones. Conmueve la voz entrecortada de la profesora y exquisita ensayista María Fernanda Palacios cuando en una disertación hace un paréntesis para recordar su primer día de clases en la amada escuela de Letras: no le pareció entonces raro encontrar en los baños papel higiénico, suspira. 

Entristecen las incursiones vandálicas de los colectivos (militantes afectos al oficialismo) que se han ocupado, como jinetes del apocalipsis en sus motos, de estropear con pintas y martillos su belleza.  

En respuesta a tal rudeza se han retirado 15 por ciento de los profesores y los alumnos

Ahora mismo son un tercio menos que hace cuatro años: se integran a esos 6 millones de venezolanos de la diáspora, muchos de los cuales se han fotografiado sobre la alfombra de mosaicos de Cruz Diez, del aeropuerto de Maiquetía.

Los que asisten con mascarillas conforman un voluntariado comprometido con el cuido del celebérrimo Jardín Botánico, reducto verde que contiene infinidad de especies: es el cuarto en variedad de especies en el mundo. Pero es insuficiente la vocación titánica del médico a cargo, el neurocirujano Mauricio Krivoy, amador del oasis edénico. 

El complejo urbano de unos 2 km² que incluye un total de cuarenta edificios luce desangelado, y hace pocos meses el techo de 300 metros del corredor de la entrada cedió: de no ser por la respuesta mundial de miles de hombros sensibles que lo atajaron, se habría desportillado sin remedio.  

Cortesía: UCV

“Legado singular concebido para que los jóvenes venezolanos entren al mundo del saber con la comprobación de que un gran venezolano se desveló por ellos”, diría Simón Alberto Consalvi, esta ciudad de estudiantes, convertidos sus pasillos, patios y estancias en galería —los más relevantes artistas plásticos aceptan la invitación de Villanueva a participar con sus esculturas y murales—, es también un museo a cielo abierto.

Y fue un acontecimiento natural al decir del escritor Guillermo Meneses que “anidara en ella el más hermoso arte del mundo”.

Certeza que a la profesora y activista ciudadana Melín Nava la hace proponer el convertir en fuente de ingresos esa galería referencial y única: que al menos hasta cuando pase la crujía se cobren entradas por gozar de este museo llamado síntesis de las artes, en algún momento, afectado.  

 

Cortesía: UCV

Las losas que constituyen, en la tapia exterior, de cara a la autopista, el mural Los conductores del país suscrito por Pedro León Zapata, tuvo que ser atendido por el esfuerzo privado para no quedar desdentado. 

La universidad, imán que ha atraído el verbo más denso, las proclamas más novedosas, las seseras más lúcidas, los escritores, arquitectos, artistas, ingenieros o galenos más conspicuos a compartir sus sabidurías, también ha sido objeto de maltratos.

El intentar el control desde el dinero, amén de que algunos tiros y gases lacrimógenos se han lanzado, es de los golpes e injusticias recientes más penosos. Por eso siguen muchos devotos de la autonomía universitaria proponiendo ideas para que consiga motu proprio su manutención. 

El director del Museo de Arte Afroamericano, Nelson Sánchez, ha sugerido que el comedor universitario sea escuela de cocina y ofrezca un menú de opciones gastronómicas que dé dividendos. 

Y el economista y empresario Arturo Araujo Martínez ha dicho en artículos y entrevistas que el estudiante que proviene de escuelas privadas pague una matrícula equivalente a las mensualidades que costearon su educación básica. 

No hubo en la democracia un presidente que renegara de incluir en el presupuesto educativo el darle sostén a la Central.

A raíz de los sucesos de 1958, cuando cesa el gobierno del penúltimo dictador, varios proyectos de la Ciudad Universitaria quedaron sin construir y otros fueron modificados, se priorizó la educación pero no se entendió la magnificencia como belleza útil y quedó en el tintero el Edificio Central de la Zona Rental de la Ciudad Universitaria, que le daría la sustentabilidad y garantizaría su independencia.

“Sería la torre más alta del mundo construida en concreto, para albergar las oficinas principales de la Universidad Central de Venezuela, así como oficinas auxiliares de los ministerios”, escribirá el médico y promotor cultural Ildemaro Torres. El alquiler que incluía espacios comerciales sería productivo. 

“Sabemos que en la Ciudad Universitaria el placer visual no es disuasivo de la toma de conciencia, acerca de lo que sucede en el vastísimo mundo extrauniversitario; su belleza física se suma a la riqueza espiritual de una juventud que tiene sentido de justicia y que lucha en razón de sentirse comprometida con la sociedad y el país, sobre todo hoy cuando tenemos una Venezuela militarizada presidida por brutales asaltantes del poder, y la universidad es objeto de tantas agresiones, dentro de la manifiesta decisión del régimen de acabar con la autonomía universitaria siendo, por tanto, deber nuestro no decaer en el enfrentamiento a la barbarie”, añade el ensayista. 

Tiempos de mandamases que fruncen el ceño ante la gracia, se contradicen cuando se dicen bolivarianos.

El guerrero por antonomasia de la venezolanidad, léase Simón Bolívar, fue albacea y el caraqueño más devoto de la Universidad: la quiso deslumbrante, por lo que propondrá que sus haciendas le arrienden sus ganancias, persuadido de que no podía depender de la anuencia de los gobiernos para mantenerse y mantener el principio de autonomía.

Con él arrancaría la vida republicana de la universidad, que puede ser contada a partir del 24 de junio de 1827, “cuando por obra suya y del  doctor José María Vargas salió del ordenamiento jurídico de una sociedad colonial y pasó a los estatutos de una república, establecedores del principio de la autonomía universitaria”, redondea.  

Escuela Vargas

Por eso, con todo y que son 22 años de desconcierto, asombran las declaraciones de Nicolás Maduro: “Nos ocuparemos de la Universidad tan descuidada”. ¡Pero si más bien fue una suerte de guerra declarada contra ese espacio donde siempre han ganado la democracia y sus postulados! 

De hecho, Miguel Barone, de la Federación de Centros, está persuadido de que este anuncio es un caballo de Troya: en tiempos de recortes que ponen a boquear a la comunidad ucevista ¿cómo es que sí hay 40 millones de dólares (40 millones es 40 veces el autorizado para 2021) para destinarlos a las refacciones (necesarias)? 

Quién sabe qué discurso proferirán después. 

¿Te malograré las piernas pero no te apures que te daré las muletas?  

Así como se habla precisamente del espíritu del 23 de enero cuando en el año 1958 cayó la penúltima dictadura, se da por cierto que hay un espíritu ucevista, ese que se planta, que pone el pecho, que no se rinde. Es lo que mantiene de pie esa alma con vocación de vida y de triunfo. 

Porque universidad, que equivale a universo, es decir pluralidad en el conjunto, o sea inclusión, verbigracia, democracia, reúne de manera simbiótica debate con política y república con luz. “En nuestra Alma Máter, uno de sus principales deberes del egresado es la defensa de la identidad como pueblo, el fomento de la originalidad y manifestaciones del talento creativo, unido a la lucha por la vigencia del derecho a la libre expresión del pensamiento”. 

Porfía mediante, la esperanza se mantiene y a propósito del inicio de la conmemoración del aniversario con un acto sobrio, a la medida de las circunstancias —sin efectos pirotécnicos—, la luz se hace presente en el canto del himno, en las voces matizadas por las mascarillas del Orfeón Universitario, en los discursos que abren esta conmemoración. 

Reunidos en la Plaza Cubierta Carlos Raúl Villanueva, las autoridades y las juventudes ratifican su fe, no ilusión boba. 

La rectora Cecilia García Arocha, en su cargo desde hace 14 años —porque en 2011 una sentencia judicial congeló las elecciones de las nuevas autoridades en las universidades públicas—, deja entrever que el gobierno parece que dará visto bueno a unas elecciones solo cuando pueda ganarlas y por ahora juega al desgaste.

Pero repite que la UCV no será vencida. Mientras el cardenal Baltazar Porras invoca a la civilidad histórica del alma mater.  

Orfeón Universitario en el acto solemne

Que goza de extraterritorialidad por una ley que se entiende la preserva de allanamientos y otras formas de atropellos, y que en lo conceptual hace de freno a cualquier intento de someterla ideológicamente y desvirtuar su esencia. 

En 1936 la Federación de Estudiantes de Venezuela estableció que dicha autonomía era una de las bases fundamentales de la reforma que requerían esas instituciones para su adecuado funcionamiento. ¿Quién contra ella?   

Fecha que contiene una historia de compromiso, luchas, porfía, ilustración, vida y hasta santidad —el médico y sabio José Gregorio Hernández, además de fisiólogo y biólogo, fue alumno de la escuela de Medicina y luego profesor y fundador de la cátedra de histología normal y patológica, y quien inaugura los estudios de bacteriología y fisiología experimental—, este redondo aniversario convoca a favor no solo a la comunidad ucevista, la esperanza renovada pese al recuerdo fresco de la reciente incursión de la vicepresidente en el aula magna rompiendo la cerradura o los más de 80 robos que en los últimos 6 años se han cometido contra el Instituto de Medicina Tropical, referencia de investigación científica. No, no hay más posibilidad que vencer. Bonita sospecha: así será.  

Aulas donde ha estado el pensamiento y el debate, frente a la pizarra comprometida, el silencio no es opción y el Aula Magna (magnífico eco cívico, cultural y académico) no calla.  Anunciando una hora estelar, rebota la música en las Nubes de Alexander Calder que penden del techo haciendo magia como la del universo en el que flotan los planetas en invisible y rítmica tensión. 

No basta restaurar el corpus, pero queda claro que el alma de la UCV, aunque inquieta, parece invicta. Como coinciden los arquitectos Javier Cerisola y Paulina Villanueva y todos aquellos de buen espíritu que creen que hay que encomiar los 300 y vitorear los que faltan.  

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Faitha Nahmens Larrazábal 

La autora es comunicadora social, escritora e investigadora

faithanahmenslarrazabal@gmail.com