¿Qué nos pasa?, un diálogo con Javier Gomá

Si la ciencia da sabias respuestas a la pandemia con vacunas, tratamientos e investigación, la filosofía, desde su campo, está decidida a ser un eficaz antídoto moral.

¿Qué nos pasa?, una conversación entre el filósofo, escritor español  y director de la Fundación Juan March, Javier Gomá, y el catedrático Pablo Pérez, de la Universidad de Navarra (España), en su espacio virtual, Stop & and Think Now, deviene en fascinante encuentro con otros modos de comprender el tiempo que deja el coronavirus.

Si a ese, ¿qué nos pasa?, responde la ciencia con un largo etcétera terapéutico, Gomá trae una receta abierta para que usted se quede con aquellas palabras o frases llamadas a aliviar. 

El profesor Pérez López explica, en el momento de la presentación del entrevistado, que tiene Gomá una virtud: escribe pensamiento de una manera clara y próxima.

“Los libros y su pensamiento están articulados en torno a las palabras que han ido vertebrando su manera de pensar y de entender el mundo y ver qué nos pasa”.

Y escribe; y habla.

¿Qué nos pasa; qué nos ha sucedido no solo en la pandemia y sí en el último siglo? ¿este desafío de la pandemia es una oportunidad de demostrar dignidad, concepto presente a lo largo de la escritura de Javier Gomá?, pregunta el profesor Pablo Pérez.

Gomá comienza su reflexión volviendo a Ortega y Gasset, y la noción del tiempo como “algo que nos pasa y se define porque pasa”.

En realidad, la filosofía, observa, es apropiarte de tu propio tiempo a través del pensamiento y esboza el que es sin duda uno de los grandes tiempos que vivimos, el de la pandemia, que pone a prueba conceptos como la dignidad.

Analiza que la dignidad es “una de esas palabras que estaban en la boca de todo el mundo”.

En la tradición Occidental, y mundial antigua, se entendía que el interés individual cedía ante el general.

Durante los siglos XVIII y XIX ocurrió “el alumbramiento de la dignidad infinita de la individualidad e introdujo un nuevo factor que no había conocido antes: el interés particular cede ante el interés general, pero el general se pliega en homenaje a la dignidad individual y esto es nuevo en la historia del pensamiento”.

Desde entonces, observa, el propósito de la verdadera cultura se resume en pasar de la ley del más fuerte a la ley del más débil.

“Si vivimos en la naturaleza, Darwin dice que triunfan no los mejores, sí los que mejor se adaptan.

Sin embargo, al dar un salto de la naturaleza a la cultura, los hombres y las mujeres hemos conseguido algo que resulta extraño y antinatural: nos interesa no solo sobrevivir, sino hacer prevalecer el derecho del más débil sobre el más fuerte.

Es indudable que ha ido progresando el derecho del más débil.

Si le preguntas a quienes viven en la fragilidad, al pobre o al enfermo, al niño o al parado, al anciano o a la mujer, en que otra época les gustaría vivir, todos contestarían: Ahora.

El progreso de la cultura se ha verificado en los últimos tiempos como un himno a la dignidad, es decir a ese proceso por el cual la humanidad se dignifica a sí misma. Pero la pandemia lo ha puesto en peligro”.

A su juicio el elemento más positivo, desde el punto de vista ético, ocurrió cuando se declara  el estado de alarma (en España, el 14 de marzo) y “toda la población debió aceptar la ruina de sus negocios, el arresto domiciliario en perjuicio de las clases activas y en beneficio de las clases pasivas, minoritarias y más débiles en quienes se cebaba el virus. Hubo, de manera inicial, un acto de tributo a la dignidad.

Pero luego ha habido un cuestionamiento a la dignidad: la triste muerte de gente a quien se le ha arrebatado el derecho de tener una buena muerte. Ha sido una muerte sin mortalidad: muerte es un hecho biológico y la mortalidad es la conciencia moral de nuestra condición finita.

A mucha gente se le ha privado no solo de tener una buena muerte, sino de los rituales que usan los supervivientes para consagrar la memoria de quien ha fallecido y esto es un atentado contra la dignidad”.

La pandemia, diserta, ha tenido una repercusión extraordinaria en esas verdades últimas que tienen que ver con la dignidad.

“Hemos hecho un enorme sacrificio, en nombre de la dignidad, por quienes estaban más expuestos al virus, pero se ha puesto a prueba la muerte en condiciones inhumanas”.

“Avanzamos en la condición de la dignidad, pero corremos el riesgo de caer en el abismo de la masa”. Pablo Pérez, parafraseando a Ortega.

“En la medida que se dice que la opinión de la mayoría debe plegarse ante la dignidad individual se llega a una conclusión: la dignidad estorba, se resiste al bien común, al progreso, incluso a la mayoría.

Pero la sociedad se dignifica a sí misma cuando dice: aunque sea bueno para el progreso, y una ventaja para la mayoría, por dignidad nosotros nos resistimos, así que muchas veces lo que se presenta como razonable, progresivo, moderno, como que favorece la evolución de los pueblos, puede esconder un momento autoritario y anti liberal en tanto exige el sacrificio del más débil”, razona el filósofo.

Volviendo a Ortega, a quien entiende imprescindible en la casa del pensamiento, confiesa no comulgar con algunas de sus ideas.

“Desde su primer escrito, todo su pensamiento está atravesado por un elitismo que hoy nos molesta: cuando habla de masa olvida que la masa no existe. Existen muchos ciudadanos, quienes a veces se juntan, pero cada uno de ellos es responsable, con el ansia y el imperativo de ser excelente”.

Prefiere sustituir el concepto de minoría selecta (Ortega) por el de mayoría selecta, en tanto la división solo existe en el corazón de cada uno.  

En el pensamiento de Ortega se exige “docilidad, no racionalidad; ejemplaridad o ciudadanía. Cuando critica a esa masa como un señorito consentido, yo prefiero sustituir esas categorías por otra más modernas, más siglo XX: el concepto de vulgaridad”.

Vulgaridad, aclara, es un respeto. “No soy quien mira con nariz arrugada lo vulgar”.

A mi juicio, dijo, no se trata de despreciar la vulgaridad, sino de trabajar sobre ella para transformarla en ejemplaridad.

En lugar de masa, observa a muchos ciudadanos que pueden dar ejemplos, unos a otros.

Analiza que el concepto de vida privada es solo jurídico, porque en la perspectiva moral, la persona, con su conducta, da ejemplo a los otros y esta actitud, positiva, puede generar un impacto civilizador y hacer cierto el concepto de ejemplaridad.

“Estas influencias hacen en cada uno de nosotros sujetos responsables y cívicos” y pueden ser de gran ayuda en tiempos de pandemia.

Explicaría el cuidado, por ejemplo, para no enfermar a otros a propósito del virus.

En España, recuerda, el Gobierno decidió poner las fuerzas del orden al servicio del cumplimiento del Estado de alarma, pero “no pudo por menos de admitir que el Estado, con todas sus herramientas coactivas, es incapaz de modificar el comportamiento de la sociedad si no tiene el concurso de la ejemplaridad de todos los hombres y de las mujeres anónimos que simplemente cumplen, sin alharacas, sus responsabilidades como sujetos cívicos, familiares y profesionales.

Y se demostró, sostiene, que si la sociedad no observa el concurso de la ejemplaridad, “no hay norma ni ejército que lo impongan”.

Es la ejemplaridad de un ciudadano anónimo, afirma, la que puede transformar un país y no la docilidad de la minoría selecta.

El valor de la filosofía

Otro concepto que observa cercana a la ejemplaridad es la filosofía.

“A mi juicio la filosofía no es exactitud, como pretende la ciencia. Es y siempre ha sido literatura, que no busca exactitud; busca sugerencia, caldear el corazón, iluminar, la comprensión.

La filosofía desde su origen, ha tenido la tentación de emular a la ciencia y con frecuencia, no en Sócrates, pero sí en Platón, tiene un resabio de presentación científica, la emula en su presentación, en el uso de la jerga reservada a iniciados. Una aridez en la presentación de los temas, como si fuera el precio a pagar por un conocimiento reservado, cuando la filosofía, en realidad su verdad nunca es verificable, no tiene mayor verdad que el consenso que va generado en los lectores.

Vemos desde el principio una tendencia de la filosofía a presentarse como ciencia, pero esto me parece que desvirtúa su verdadera naturaleza”.

Recomienda que “la filosofía abrace su condición genuinamente literaria y luego ya si puede, que cumpla el ideal de toda gran filosofía; ser mundana (para todo el mundo), que se desprenda de la sequedad y sea amena, con poética y retórica”.

De más allá, de otros países, de la no frontera que es ahora este patio común llamado virtualidad, llegan interrogantes para el filósofo. Gozosa democratización de la pandemia que pone voz a todos:

¿Saldremos reforzados o más insensibles?…

Me da la impresión, concede Gomá, que la especie humana está dotada de manera especial para la adaptación. El hombre tiene una extrañeza consigo mismo y su destino funerario le produce una incomodidad, pero desarrolla unas capacidades de adaptación increíbles: domina a otras especies e incluso a su propia naturaleza con la manipulación genética.

“Con la Segunda Guerra Mundial necesitamos caer en una barbarie indecible para superar una tradición que es del origen de los tiempos: la virtud se asoció a la violencia y se probaba en la guerra, en la lucha, en la venganza y en el honor en el triunfo militar.

Necesitamos dos descensos a los infiernos para desligar la virtud de la guerra y asociar la virtud con la paz. Esto ocurrió desde 1945 en Occidente. Ya no ha habido más guerras y hasta se ocultan los cadáveres porque se consideran de mal gusto.

Tener un hijo muerto en la guerra era la mejor proeza; ahora no.

Creo que se va a producir un progreso, no creo en el moralismo. Es más, he dicho que quien no tiene nada que decir, moraliza, es muy socorrido decir ideas generales si no tienes nada que decir”.

Ante la pregunta que cierra este diálogo y busca certezas sobre el valor de la fraternidad, comenta que le gusta llamar a la fraternidad, cosmopolitismo.

Lo cierto, concede, es que debido al miedo a morir, “se ha despertado en la sociedad el sentimiento de pertenecer todos a la misma especie: solo existe una raza, la raza humana, solo existe un principio, que es la dignidad y en esa raza y en esa dignidad todos nos hermanamos”.

Violeta Villar Liste
redaccion@lawebdelasalud.com

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