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Este texto se acerca a este gran maestro desde una perspectiva que privilegia la observación antes que la afirmación. No pretende cerrar un recorrido, sino sugerir una forma de leerlo: como una red hecha de vínculos, desplazamientos y preguntas abiertas. Más que una biografía, propone una lectura: un modo de pensar una existencia en movimiento.

Lo que sigue no busca explicar del todo, sino acompañar una mirada. Una escritura que no organiza un itinerario como secuencia ordenada, sino como constelación de episodios que solo adquieren sentido en su relación mutua. No hay línea recta, sino correspondencias.

Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.

Hay quienes observan el paisaje a modo de una imagen distante, casi decorativa, algo que se contempla sin intervenir demasiado. Otros, en cambio, lo entienden como una trama en movimiento, un espacio donde cada decisión deja huella y las marcas transforman lo que vendrá después. Stanley Heckadon Moreno pertenece claramente a este segundo grupo: quienes han dedicado su vida a escuchar lo que el entorno tiene que decir antes de intentar explicarlo.

Nació el 9 de octubre de 1943 en Puerto Armuelles, Panamá, una región donde la naturaleza no se presenta como paisaje lejano, sino como presencia constante. La infancia, atravesada por la experiencia rural, el contacto directo con la tierra y las dinámicas del campo, le ofreció una vivencia temprana que más adelante encontraría formas distintas de expresarse: a través de la investigación, la escritura y la gestión pública. No como relato fundacional, sino como educación sensorial del mundo, donde aprender equivalía a observar cómo el medio responde a la intervención humana.

Su formación académica lo llevó fuera del país. Estudió antropología en la Universidad de los Andes y continuó su camino en la Universidad de Essex, donde profundizó en sociología. Aquellos años no solo ampliaron su perspectiva, sino que le permitieron mirar su lugar de origen desde cierta distancia, como si el alejamiento ofreciera un modo distinto de comprensión.

La distancia no funcionó como ruptura, sino como instrumento de lectura: un recurso para volver inteligible lo simultáneo.

Al regresar a Panamá, su labor comenzó a desplegarse en múltiples direcciones: investigación social, gestión pública y cooperación internacional. Sin embargo, más que un recorrido lineal, lo suyo parece una serie de aproximaciones a un mismo núcleo: la relación entre comunidades humanas y ecosistemas. Un entramado en tensión permanente, donde cada intervención modifica el equilibrio de lo existente.

Uno de los momentos más significativos de su derrotero se encuentra en su participación en la protección de áreas naturales clave en Panamá. Zonas tales como el Parque Nacional Soberanía o el Parque Nacional Chagres no son únicamente reservas delimitadas en un mapa. Son, en cierto modo, decisiones prolongadas en el tiempo: intentos de preservar un equilibrio que nunca se estabiliza del todo. No se trata de un estado fijo, sino de una tensión sostenida entre preservación, presión económica y persistencia de lo vivo. En ese punto aparece una de las fricciones centrales de su trabajo: la conservación como negociación permanente, no como cierre técnico.

Su trabajo no se limitó al ámbito estrictamente ambiental. También contribuyó a la formulación de políticas relacionadas con los espacios de vida de los pueblos indígenas, reconociendo que el medio no puede entenderse sin las comunidades que lo han asentado históricamente en él.

En ese punto, su enfoque se vuelve particularmente interesante: no se trata de separar naturaleza y sociedad, sino de observar de qué manera ambas dimensiones se entrelazan. El sistema construido aparece entonces no en tanto superficie, sino como tejido de memorias, usos y desplazamientos que no pueden ser reducidos a una sola lógica.

Desde 1983, su vínculo con el Instituto Smithsoniano de Investigaciones Tropicales abrió otra etapa. Allí, la investigación adquirió un ritmo distinto, más pausado, y atento a procesos que no se perciben de inmediato.

Durante años, especialmente desde el Laboratorio Marino de Galeta, su labor combinó ciencia y divulgación, estudio y enseñanza. Ese tránsito constante entre producción de conocimiento y su circulación pública convirtió la divulgación en una forma de responsabilidad intelectual, no en un gesto secundario.

En paralelo, su escritura ofrece otra dimensión de su pensamiento. En sus textos, la historia natural de Panamá y Centroamérica aparece narrada con una cercanía poco habitual en el discurso científico. Naturalistas, exploradores y figuras del ayer emergen no como personajes distantes, sino como presencias que todavía dialogan con el presente. El pasado no es archivo, sino interlocutor: una materia que sigue actuando en la manera en que se interpreta el entorno contemporáneo.

Esa forma de narrar revela algo esencial:  el conocimiento para Heckadon Moreno no es solo acumulación de datos, sino también una manera de establecer vínculos a través de épocas, disciplinas y formas distintas de entender la realidad.

Pensar, en ese sentido, no consiste en ordenar lo real, sino en sostener su complejidad sin reducirla. Sostenerla implica también aceptar sus niveles de fricción, aquello que no encaja del todo en una explicación única.

A lo largo de los años, su trabajo ha recibido reconocimiento en diversos escenarios. Sin embargo, su figura no parece construida desde la estridencia. Más bien transmite la impresión de alguien que ha preferido sostener iniciativas a largo plazo, intervenir cuando es necesario y dejar que los resultados hablen por sí mismos.

Quizá por eso su legado no se percibe como algo cerrado. Se encuentra en parques que siguen existiendo, en marcos legales vigentes y en debates aún en curso de resolución. Está, también, en una manera particular de concebir el mundo habitado: no como recurso inmediato, sino en tanto responsabilidad compartida.

Siempre resulta grato conversar con el doctor Stanley. Su palabra fluye con la calma de quien ha aprendido a mirar el devenir sin apresurarlo. Hay sabiduría en lo que dice, y la expresa con una sencillez que no simplifica, sino que abre lo complejo a distintas formas de comprensión. En esas conversaciones suele insistir en una idea recurrente: el campo de relaciones no es un objeto terminado, sino una dinámica en negociación constante.

El doctor Stanley y Mario García Hudson

Sus artículos en Épocas pueden leerse como piezas que articulan memoria y observación. En ellos aparecen rostros, escenas y distancias que no se fijan del todo, pero que permiten aproximarse a distintas capas de la experiencia histórica y humana.

En un contexto donde las decisiones sobre el ambiente suelen presentarse como urgentes y definitivas, su obra sugiere otra posibilidad: entender que el equilibrio nunca es permanente y que toda intervención forma parte de una conversación más amplia, iniciada mucho antes y destinada a continuar.

Tal vez ahí radique lo más interesante de su trayectoria. No en una respuesta final, sino en la persistencia de una pregunta: cómo habitar un territorio sin agotarlo del todo. Una pregunta que, como el propio paisaje, permanece abierta.

Por: Mario García Hudson