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El envejecimiento poblacional es uno de los cambios más importantes del siglo XXI, vivimos más años que nunca, pero no necesariamente entendemos mejor lo que implica envejecer

Por: Lorena Cudris-Torres

La autora es decana del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de la Costa. Vice Chair de la OWSD de la UNESCO, capítulo Colombia. Miembro Internacional de la American Psychological Association. Investigadora Senior de MinCiencias. Premio Nacional de Psicología a la Investigación Científica en Psicología 2024. Orden del Congreso de Colombia en el Grado de Caballero 2024. Doctora en Ciencias de la Educación, Magíster en Psicología, Psicóloga.

Una mujer de 68 años llega a consulta médica, explica que se siente cansada, que ha perdido energía y su estado de ánimo ha cambiado. La respuesta que recibe es breve: “Es normal a su edad”.

Un joven de 23 años propone una idea en su trabajo, no es considerada. “Le falta experiencia”, dicen.

Ninguno de los dos casos genera alarma, no hay denuncia, no hay titulares, sin embargo, ambos comparten un mismo fenómeno: la discriminación por edad, ese fenómeno tiene nombre: edadismo.

Y aunque atraviesa la vida cotidiana de millones de personas, sigue siendo una de las formas más normalizadas y menos discutidas de desigualdad en el mundo contemporáneo.

El problema no es solo que exista, es que no se mide

El envejecimiento poblacional es uno de los cambios más importantes del siglo XXI, vivimos más años que nunca, pero no necesariamente entendemos mejor lo que implica envejecer.

La Organización Mundial de la Salud ha advertido que el edadismo opera a través de estereotipos, prejuicios y prácticas discriminatorias que afectan la salud, el bienestar y la calidad de vida. No es un fenómeno menor: se asocia con mayor aislamiento social, peor salud mental y menor esperanza de vida.

Sin embargo, hay un problema estructural que limita su abordaje: la falta de datos.

En muchos países, especialmente en América Latina, el edadismo no ha sido medido de forma sistemática. Existen aproximaciones locales, estudios puntuales, diagnósticos parciales. Pero no contamos con una comprensión integral del fenómeno, y sin medición, no hay diagnóstico, sin diagnóstico, no hay política pública efectiva.

Una desigualdad que amplifica otras desigualdades

El edadismo no afecta a todos por igual, se cruza con otras condiciones sociales y económicas, amplificando desigualdades ya existentes.

Las personas con menores ingresos, menor nivel educativo o mayores condiciones de dependencia suelen ser más vulnerables. Las mujeres enfrentan una doble carga, donde la edad se suma a otras brechas de género. Y, en sentido contrario, los jóvenes también experimentan formas de deslegitimación basadas en su edad.

No es solo una cuestión generacional, es una expresión estructural de inequidad y como tal, requiere ser comprendida con mayor profundidad.

De la intuición a la evidencia: medir el edadismo

Frente a este vacío, surge una pregunta clave: ¿cómo transformar un problema que no ha sido suficientemente medido?

En Colombia, un paso relevante en esta dirección es la Encuesta Nacional de Edadismo, una iniciativa académica que busca medir este fenómeno de manera rigurosa y multidimensional.

La encuesta ha sido desarrollada por un equipo interdisciplinario integrado por Juan-Manuel Anaya, Lorena Cudris-Torres, Iván D. Lozada Martínez y Andrés Gómez-Acosta, en articulación con la Academia Nacional de Medicina, la Universidad de la Costa, la Universidad de Pamplona y el programa de Longevidad Saludable.

Su propósito es ambicioso: capturar el edadismo en sus dimensiones cognitivas, afectivas y conductuales, así como en sus diferentes formas de expresión: institucional, interpersonal y autoinfligida.

Pero más allá de lo metodológico, lo relevante es lo que permitirá: identificar quiénes experimentan el edadismo, en qué contextos, con qué intensidad y con qué efectos. Es, en esencia, la posibilidad de convertir una problemática difusa en evidencia concreta.

Por qué los datos cambian las decisiones

Medir no es un ejercicio técnico aislado, es una condición para gobernar mejor, sin datos, las políticas públicas sobre envejecimiento tienden a ser fragmentadas, asistenciales y reactivas. Se responde a síntomas, no a causas. Se diseñan programas sin comprender del todo las dinámicas que los hacen necesarios.

Con datos, en cambio, es posible construir políticas más precisas, identificar grupos prioritarios, evaluar intervenciones y ajustar estrategias. La diferencia no es menor, es la distancia entre actuar por intuición o hacerlo con evidencia.

El desafío de envejecer con dignidad

El envejecimiento no debería ser entendido como un problema, sino como un logro social. Pero ese logro pierde sentido si no está acompañado de condiciones de equidad, reconocimiento y bienestar.

El edadismo, al invisibilizar y limitar a las personas según su edad, compromete directamente esa posibilidad, por eso, enfrentarlo no es solo una tarea técnica o académica, es una responsabilidad ética y política, implica transformar narrativas, revisar instituciones y, sobre todo, generar conocimiento.

Lo que no se mide, no se transforma

Durante mucho tiempo, el edadismo ha permanecido en los márgenes del debate público, no porque no exista, sino porque no ha sido suficientemente visibilizado. Hoy, en un contexto de envejecimiento acelerado, esa omisión ya no es sostenible.

Avanzar hacia su medición rigurosa es un primer paso, no el único, pero sí uno indispensable, porque en sociedades que envejecen, la verdadera pregunta no es cuántos años vivimos, sino cómo los vivimos y para responderla, hay algo que no puede seguir faltando: evidencia.

Por: Lorena Cudris-Torres