Javier Alvarado, la poesía de la memoria

Violeta Villar Liste

Cuando Lucila Medrano murió, se apagaron las palabras. A Javier Alvarado, su nieto, quien mantenía una relación especial y profunda con la abuela que poblaba las tardes con las historias de sus ancestros y de su pueblo, solo le quedaban dos caminos: rendirse al silencio u honrar su memoria con las palabras que ella le enseñó a amar.

Este honrar desde la palabra a su abuela fallecida, ha sido también una manera de reescribir su historia y conseguir en la poesía otra manera de nombrarse.

“Esa muerte fue el inicio. La literatura comenzó a ocupar el espacio que dejó su vacío”, relata.

Desde el día que decidió ser poeta no se ha detenido en su quehacer. Si la vida es una sucesión de etapas, la existencia poética de Javier Alvarado es un continuo de libros y premios que festejan su labor.

El más reciente es el Premio Literario Naji Naaman, en la categoría Creatividad, otorgado por la Fundación Naji Naaman por la Cultura Libre del Líbano.

En la edición de este año han participado 3,217 autores procedentes de ochenta países, con Panamá en la poesía de Javier Alvarado.

Nació en Santiago de Veraguas el 28 de agosto de 1982. Estudió en el colegio Panama School y se graduó de Licenciado en Lengua y Literatura Españolas por la Universidad de Panamá en el año 2005.

Aun cuando nació en Santiago de Veraguas, se trasladó desde muy niño a Ocú “y considero a Ocú mi pueblo de infancia. Aquí tuve la suerte de criarme con mis abuelas, con la tradición vernácula, escuchar décimas desde pequeño y el acordeón de mi tío Yin Carrizo. Todo eso fue propiciando mi sensibilidad con la naturaleza y con nuestra identidad.

Luego tuve la suerte de contar con maestras y profesoras que me incentivaron a la escuela”, cuenta en la lejanía que acerca la conversación telefónica.

Ahora está en Ocú. La pandemia se lo llevó de regreso al pueblo de su infancia, cuya tranquilidad es aliciente para las largas horas de escritura.

Describe que luego de la muerte de su abuela y del despertar poético, decide conversar con distintos autores panameños para conocer de cerca la tradición literaria nacional.

Visité poetas, narradores, dramaturgos y de todos siempre tuve un gesto amable. Me regalaron libros y me daban consejos”.

Su primer libro se llama Tiempos de vida y muerte, texto poético en el cual aborda el impacto de la muerte. Decide enviarlo al Premio Nacional de Poesía Joven de Panamá Gustavo Batista Cedeño y obtiene el primer lugar.

“De modo anterior había obtenido premios intercolegiales, pero ya con este premio sentí el compromiso hacia la literatura”.

De Tiempos de vida y muerte

I

Ha sido fría e impalpable esta estepa de sueños

en un mundo sin lunas y sin pensamientos sumergidos;

donde sólo la voz del aire es capaz de arrullar al viento,

donde sólo el hombre es capaz de encontrar

el designio de su cuerpo.

Ha sido fría y congelante esta meditación del tiempo

en una vida prematura sin arrullos y sin madre

buscando un rito perceptible

al compás de la aurora en el cuerpo,

donde sólo se palpa un mundo, un cigarro,

un caballo derrotado de madera,

llevando mis ansias que se columpian

como palabras de fuego,

donde sólo una madeja del destino

ha de arrebatarme este aliento de vida

donde sólo una garra de la vida

ha de arrancarme este estupor de muerte

que me nace de las entrañas como un aliento vivo

recuperando mis ansias y mis ganas de alcanzarte

en una pradera equinoccial de cales y de huesos;

entonando tu voz al compás de un aguacero muerto,

derramando tristezas junto a un alma abandonada,

donde el tic-tac del viejo reloj convida a habitar la vida,

donde el toc-toc del zapato invita a habitar la tierra,

en la fría inmovilidad de la era y el espacio,

mirando una calavera que hace pensar

en la orfandad del mundo

donde esta vida es tan miserable

como un dolor de niño, como un dolor de madre,

con una rosa en la boca y con la muerte entre las manos.

II

Me consumo a mí mismo

y a mí mismo me retracto, pensamiento dividido.

Hoy me siento fuerte en este solar solitario,

con una luna cargada de abandonos,

con pestañas crepusculares y ojeras desangradas.

Hoy me siento solo,

solo en el amanecer y en el cacaraqueo de las gallinas,

en el grito de la campana y del trueno al amanecer.

Hoy soy yo mismo, yo mismo y vulnerable;

tratando de cruzar el milenio con la saeta fatigada,

en una llamarada nebular de ritos y de sangre;

donde el alma de poeta se encierra en la soledad

como un lamento,

-conviviendo simplemente en esta orfandad de ser yo mismo.

Carta natal al país de los locos

En 2009 surge la oportunidad de participar como poeta residente en el programa de formación de la Fundación Cove Park, en Escocia, Reino Unido, con lo cual se convierte en el primer primer escritor latinoamericano invitado.

El contraste cultural fue determinante y le permitió crecer con nuevas experiencias.

En este periodo escribe Carta Natal al país de los Locos, un libro que resultará con la Mención de Honor del Premio Literario Casa de las Américas de Cuba (2010).

En esta historia también trabaja episodios familiares, siempre en duelo con la memoria.

El libro será lu publicado en México bajo el sello Limón Partido, por gestión de la editora Jocely Pantoja, quien a su vez lo envía al  Premio Medardo Ángel Silva (año 2014) y  gana el primer lugar, por decisión de un jurado de altísimo nivel: Antonio Gamoneda, de España; Rodolfo Hinostroza de Perú y Julio Pazos de Ecuador.

De Carta natal al país de los locos

Marcaria Espinoza

Y en su vientre nos reunimos en un llanto compacto

Eugenio Montejo

A Mamá

Todos colocados en la misma escena.

En las esquinas los nietos

Y a los lados los hijos de ella (amortajada como una novia).

Yo estoy en el fondo de su pecho

Naciendo de su cuello como un tumor

O como una prismática vena.

Los poetas nacemos de los torrentes más extraños.

Dicen que el olvido presionará el disparador.

De esta nueva Lumix saldremos todos:  la familia que nunca fuimos.

La que se quebró como un espejo y donde se diseminó

Como un río de larvas, la memoria.

Aquí cada uno muestra su mejor sonrisa

Y otros su disimulada alegría, ocultando la más notable decadencia.

Unos tras de otros iremos faltando.

Aquí posamos con su único retrato, el que desconocemos.

¿Quién trazó los caminos de la loca?

¿Quién determinó los partos en el aire

¿Dónde cuajaron los átomos de su maternal locura?

¿A dónde ese abuelo perverso que le arrancó

Los llantos, el hambre y la risa opacada de sus hijos?

Ella revolotea por los cielos de Las Minas

Como una cascocha en reposo,

Como un vapor de cristal en el arco del sonido.

En todas las aguas ella los busca sin hallar

Todas las teorías que fenecen en los ojos.

¿A dónde vivió?  ¿A dónde fue?  ¿A dónde estuvo?

Caminaba con un palo y terciaba

Las figuras moldeadas por el polvo,

Andaba con un traje limpio y con unas trenzas largas

Tejidas por la nervadura de la noche.

El humo nunca entró en sus ojos

Y se le oía cantar desde los lejos.

Abuela: voy moldeándote en cada paso por estas tierras

Con un cordel de furia

Donde no tengo nariz ni ojos ni manos en la opacidad para palparte

Para ser como el arroz que crece como una mano de pilón que sorbe gritos

Una enjundia de los terneros que tiritan

Acurrucos que danzan en el espacio hasta dominar el frio.

Si te  he de imaginar entre las sombras

Portando la mortaja del alba en manicomio

Trazando una fábula por ese Matías Hernández en donde te oigo llorar

Como una niña atiborrada de muñecas

Donde hay asfixia y musgo, o campanas sordas atragantadas por el limo

Por una jofaina seca que se revienta en la pubertad del foso

Son estaciones inversas las que encuentro

En tu fervor de remolino.

Te da mucho miedo el enfermero negro.

No soy un conejo para estar comiendo tantas hojas.

Yo no he de estar aquí, he de estar en una casita de barro

Con la comida caliente y la infancia de mis hijos,

Pobres pero radiantes y mordiendo los tubérculos de la tierra.

Mírenme aquí  paciente psiquiátrica

Con expediente desaparecido.

¿Quién puede descifrar o imaginar el dolor

Que se postra en el cerebro de los locos?

Aquí estuvo y se sentaba a llorarlos en los resfriados

Y febricitancias del día.

Nunca imaginó la barba de sus hijos ni las primeras menstruaciones de mi madre.

La queremos imaginar cómo era

Alta y bella como la esfinge

O como una diosa del Olimpo o una flor del Espíritu Santo con pollera.

Se fue deslizando en un quejido agrario.

Al Ciprián fue a dar y no sabemos

El secreto de su tumba.

Posemos todos.  Ella está aquí. 

Tiene el vientre abultado, muy abultado.

Hemos regresado a ella.

Hemos vuelto a su vientre

Con un llanto compacto.

Desde el año 2001 hasta el 2005 estudió en la Universidad de Panamá Lengua y Lengua y Literatura Españolas y se gradúa con una tesis del poeta chileno Pablo de Rokha (1894-1968), proyecto para la cual contó con el respaldo del embajador de Chile en Panamá en esa época, Jaime Rocha Manrique y la asesoría de la Dra. Doris Coparropa de Galván, “una persona muy importante en mi vida; una guía, como una madre”.

Otros galardones se han sucedido como reconocimiento a su trabajo poético:

  • Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán (2011) en poesía con el libro Balada sin ovejas para un pastor de huesos.
  • Premio Internacional de Poesía Rubén Darío de Nicaragua por su libro El mar que me habita.
  • Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén (2012) por su libro Viaje Solar de un tren hacia la noche de Matachín.
  • En el 2015 obtuvo el premio Ricardo Miró de poesía, máximo galardón de las letras panameñas.
  • En 2017, el Premio Hispanoamericano de poesía de San Salvador.
  • Premio Juegos Florales de Quetzaltenango, 2018. 
  • En 2019 obtiene la Mención de Honor del Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo. 

En 2020 obtiene junto a Lucía Estrada y el traductor Russel Karrick the Gabo Prize in Literature in Translations & Multilingual Texts, galardón organizado por la revista, Nueva York Poetry Review. En este caso se premió la traducción del texto Panamá, ya sea en el Pacífico o en el Atlántico y otros poemas.

De poeta a poeta

Hay regalos que son una revelación. En este caso tienen nombre de poeta y de poesía: el libro de poemas Quebrada de la Virgen, del escritor venezolano Armando Rojas Guardia (1949-2020), obsequio de la poeta, también venezolana, María Antonieta Flores, a Javier Alvarado.

“Conocer esa vena religiosa en la poesía de Rojas Guardia, gracias al regalo de María Antonieta Flores, me abrió una veta para escribir poesía mística y religiosa”.

Este momento de su escritura supone un trabajo que vertebra lo poético con una búsqueda espiritual, “y la certeza de un poder superior en Dios”.

Si su abuela materna lo llenó de palabras y de memorias, su abuela paterna, Reyes Almanza de Alvarado, le inculcó el amor hacia la lectura de la Biblia y el rezo del rosario.

“Esas experiencias desde niño crearon un sustrato que luego se reveló al conocer la poesía de Armando Rojas Guardia y permitirme dar ese salto hacia lo místico y lo religioso”.

Este momento de su poesía lo compara con un llamado, una especie de sacerdocio de la poesía que lo lleva a escribir poemas como El Pastor resplandeciente y Acuérdate de mí cuando estés en el Paraíso.

“Me considero un ser mortal; un poeta, tocado por la palabra, la religión, el misticismo”.

Con este trabajo poético, obtiene también en este 2021, el Premio Rey David de Poesía Bíblica Iberoamericana en Salamanca, España.

De

El Pastor resplandeciente

Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí, el sembrador salió a sembrar.

Mateo 13  3

PÓRTICO

Este signo, tan creador y humano

es en mi boca, luz recién nacida;

es fuego y rama, fruta consabida

y baja desde el cielo hasta mi mano.

Escribir la semilla y su desgrano;

vertical tu parábola vertida,

este salmo de gracia concedida

va llenando el talego:  grano a grano.

Gozo y llamo la luz en desmesura.

Tu palabra de Dios en mí resuena

y tu ímpetu me vuelve gran locuelo.

Me invades con tu paz y tu frescura;

el fulgor de tu cielo a mí me llena

y mis versos te dejo en arroyuelo.

Por la mañana, cuando volvía a la ciudad, Jesús sintió hambre.  Vio una higuera junto al camino y se acercó a ella, pero no encontró más que hojas. Entonces le dijo a la higuera: —¡Nunca más vuelvas a dar fruto! Y al instante la higuera se secó.

Mateo 21  18-19

LIII

Cuantas veces el hambre en los trigales,

también en el condumio de la higuera

y la fe que se expande como hoguera

ha de dar siempre fruto en los maizales.

En mi oración de rumbos matinales

también de tarde y noche en primavera,

de invierno y de verano en la postrera

dulcedumbre de ritmos otoñales.

Con todo por la fe y decir al monte,

 tú, levántate y lánzate al mar calmo

sé testigo del día y la bonanza.

Y sea tuya el ave en horizonte

y sea tuyo el verso con el salmo

poesía de Dios, que es nuestra alianza.

Su galardón más reciente es el prestigioso premio Naji Naaman en Líbano (2021), poemas que pertenecen a su libro Viaje a una roca de gritos (Premio Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango 2018), presentados en una doble selección de español e inglés, con traducciones al inglés realizadas por la escritora y traductora Danae Brugiati.

Esta palabra poética que es una memoria que deconstruye lo consigue ahora volviendo sobre la historia de su bisabuelo libanés, Jorge Juan Medrano.

Reflexiona que la migración de su bisabuelo a tierras panameñas ocurrirá en un contexto similar al que se viven en los tiempos actuales: migraciones forzadas por guerras y calamidades. “Es una realidad circular”, observa.

De

Viaje a una roca de gritos

Traducciones al inglés por Danae Brugiati Bousounis

(Premio Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango, Guatemala 2018)

(Premio Naji Naaman 2021, Líbano)

RECUERDO FLORAL

Mi madre no pudo cortar los olivos en Tarábulus.

Mi madre no pudo cortar más las rosas de Beirut.

Mi padre no pudo escanciar los perfumes en la noche del Líbano.

Ambos se quedaron besando las maderas preciosas cuando partimos con rumbo inefable.

Nunca invocamos al carnero para el festín.  

Mi madre cantaba para arrullarnos

En medio del polvo del desierto. 

Su boca fue un oasis para nuestras maravillas.

Padre se iba al pozo a bendecir el agua para destellar la sed.

¿A dónde se fueron esos hábitos y esas costumbres libres sobre la tierra?

¿Dónde las cosechas que sembramos y dónde la verticalidad de la semilla?

Nuestros manos se desparramaban al viento transidas de locuacidad y mirra.

Nuestros ojos trataron de llevarse la greda de los platos

y la palmera donde solíamos jugar fue alcanzada por el rayo. 

¿Dónde quedó la flor

Y los dátiles con miel para la espiga del tiempo?

Mis padres no emigraron.  Esta nueva generación heredó

La migración de la ceniza.   Quedan esos pies para el rastro,

Este velo para el éxodo.  Invoco un número triste de tres hermanos

Tratando de llegar al mar después de largas caminatas por la arena de los montículos de color rosa.

Rememoramos aquel viaje de la salida de Egipto.  En nuestra aldea quedó nuestra casa

Destruida por el fuego.  ¿A dónde se fueron nuestros padres?

¿Qué será de la rosa sucedánea exterminada ante la belicosidad?

Esa columna de humo negro marcó el funeral de nuestra vida en El Líbano.

¿Por qué los camellos no nos devuelven a Tarábulus?

Un gran funeral de muros y paredes. 

Un gran funeral de animales domésticos

Y de caminos cubiertos de hollín. 

A todos nos aprisionaron en ese cielo que nunca volveríamos a ver.

Las imágenes traspasan una y otra vez nuestros ojos.  

Yo, Jorge Juan, siempre adelante.

Melquisedec protegía a mi hermana Leilah del polvo de las despedidas.

La tierra fue lágrima y el mar

¿Dónde está el mar? 

El mar se extiende como un lamento sordo.

Después del mar, más allá, está la roca de gritos.

FLORAL MEMORY

My mother could not cut down the olive trees in Tripoli.

My mother could not any longer cut Beirut roses.

My father could not pour out the perfumes on the Lebanese night.

They both stayed kissing the precious woods when we set off on our ineffable way.

We never invoke the ram for the feast.

My mother, in the middle of the desert dust,

sang lulling us.

Her mouth was an oasis for our wonders.

Father would go to the water well, blessing the water to sparkle the thirst.

Where on earth did those free habits and customs go?

Where the crops we sow, and where the verticality of the seed?

Our hands scattered to the wind full of wordiness and myrrh.

Our eyes tried to take with them the clay off the plates

and the palm tree where we used to play was struck by lightning.

Where went the flower.

And, the dates with the honey for the ear of time?

My parents did not emigrate. This new generation inherited

migration from the ash. They left those feet for the trail,

This veil, for the departure. I invoke a sad number of three brothers

After long walks over the pink sand of the dunes, trying to reach the sea,

We remember that trip out of Egypt. We left home in our village.

The fire had destroyed it. Where did our parents go?

What will become of the ersatz rose exterminated in the face of hostility?

That column of black smoke marked the funeral of our life in Lebanon.

Why don’t the camels take us back to Tripoli?

It was a grand funeral of walls and fences.

A grand funeral of domestic animals

αnd, of sooty roads.

We were all imprisoned in that sky that we would never see again.

The images pierce our eyes again and again.

I, Jorge, Juan, always forward.

Melchizedek protected my sister Leilah from the dust of goodbyes.

The land was a tear and the sea.

Where is the sea?

The sea stretches out like a dull lament.

After the sea, beyond, is the rock of screams.

Javier Alvarado trabaja en varios proyectos a la vez. Escribe poesía mientras da forma a un nuevo libro, además de promover la poesía panameña y centroamericana, en particular con el rescate de poetas fallecidos, con trabajos para la revista Altazor de la Fundación Vicente Huidobro en Chile, y Nueva York Poetry Review, que se edita en Nueva York.

Su anhelo no es más que la prolongación de su hacer desde la palabra: “Lo importante es que la obra sea reconocida y leída en el tiempo”, dice, reflexivo, desde Ocú, en la casa de la infancia, en el recuerdo de la abuela Lucila Medrano, quien murió para vivir por siempre, gracias a esta memoria poética que Javier Alvarado reescribe en su nombre para que el vacío no nos colme.