Música para sanar en cuerpo y alma

Violeta Villar Liste

Cuando tenía 15 años, Camila Pfeiffer recibió un regalo muy apreciado: Un libro sobre musicoterapia y, entre tantas páginas, leyó el caso de una mujer, quien había logrado salir del coma al escuchar la música que la conectaba con su pasado.

Pfeiffer nació en Argentina y con su familia vivió en Brasil y Alemania. Esta historia le resultó reveladora y determinó su interés por querer trabajar con los poderes de la música.

Musicoterapeuta recibida en la Universidad Artez Enschede (Holanda) y por la Universidad del Salvador (Argentina), fellow en Musicoterapia Neurológica por la Universidad de Colorado, es fundadora y responsable del sector de Musicoterapia de Adultos del Centro de Neuro-Rehabilitación de la Fundación para la Lucha contra las Enfermedades Neurológicas de la Infancia (Fleni) de Buenos Aires.

También es miembro de la Federación Mundial de Musicoterapia y del Comité Directivo de la Asociación Argentina de Musicoterapia (ASAM).

Su trabajo con la música ha tenido un impacto de alto alcance, porque además de ayudar en Alemania a comunidades de refugiados, también ha trabajado en su país con niños, adolescentes y jóvenes madres en situación de riesgo, demostrando que “la música nos puede ayudar a encontrar nuevos caminos”.

Ama la música y sus posibilidades “de sacar algo bueno de las personas”.

La neurorehabilitación con música se orienta a utilizar sus herramientas para ayudar en el tratamiento del dolor, la ansiedad, el estrés, la demencia y la depresión, entre otros.


“Reconocemos sonidos desde el vientre y las investigaciones han demostrado que no existe un cerebro musical, es decir, una parte específica que procese la música”.

Esta realidad al principio resultó decepcionante para los neurocientíficos pero resulta revelador saber que la música conecta e integra el trabajo de ambos hemisferios cerebrales.

Lo que sí existen son diferencias entre el cerebro de un músico y quien no practica este tipo de disciplina. Los cambios se evidencian en el cuerpo calloso y en el mayor desarrollo de la corteza auditiva.

Tocar un instrumento ofrece beneficios a los niños pero también mejora la calidad de vida en la vejez.

La especialista descarta que la edad impida aprender algo nuevo. Por el contrario, es una excelente manera de prevenir el Alzheimer.

La música promueve la integración, la asociación, la conectividad y es un gran estimulante cerebral. A mayor entrenamiento musical, mayor eficiencia del sistema nervioso.

Escuchar música mejora el estado de ánimo, optimiza la atención, estimula la memoria, propicia la relajación y el descanso, activa el organismo, aporta al bienestar general y disminuye el dolor físico.

Por otra lado, mejora la capacidad de atención, facilita la integración de cuerpo y mente y permite expresar emociones.

Para Pfeiffer aprender a tocar un instrumento musical constituye una de las actividades de mayor demanda cognitiva para la mente y además es placentera.

Cuando cantamos trabajamos con el hemisferio derecho y si hablamos lo hacemos con el izquierdo.

Al cantar con palabras unimos ambos y estos ejercicios han permitido resultados sorprendentes con quienes sufren de afasia (dificultades de comunicación).

Caso de pacientes afectados con Parkinson, quienes no pueden caminar pero sí bailar tango o no hablan bien y, sin embargo, logran interpretar canciones enteras, demuestran que sí es posible recuperar el lenguaje con la música.

Aclara, contra toda moda de época, que no existe una “farmacia musical” ni “dosis” para el alma. Cada ser humano tiene sus propias necesidades y estas recetas de una canción para cada enfermedad no funcionan.

Ventana latinoamericana

Patricia Zárate

Patricia Zárate, musicoterapeuta y saxofonista chilena, fundadora junto con su esposo, el reconocido músico panameño Danilo Pérez, del Panama Jazz Festival, cursaba sus estudios en el Berklee College of Music (en Boston, Massachusetts), la universidad de música más importante del mundo, cuando escuchó que estaba por iniciar la carrera de Musicoterapia.

Transcurría el año 1996. Su madre, quien vive en Chile y es neuróloga, apenas recibir la llamada de su hija, la animó a cursar estos estudios en Berklee, con la ventaja añadida de poder continuar con el instrumento.

Fue amor a primera vista y el inicio de una labor intensa. Además de tocar, de formar a musicoterapeutas y curar, fundó en 2012 con la mexicana Cynthia Pimentel Kostelas (del Instituto Mexicano de Musicoterapia Humanista), la Latin American Music Therapy Network, organización que tiene como meta “fortalecer la teoría, práctica e investigación de la musicoterapia en Latinoamérica”. En esencia funciona como una red para vincular a musicoterapeutas latinos residenciados en Estados Unidos, Latinoamérica.

Una vez consolidado el Panama Jazz Festival, que en 2020 realizó su edición 17, organiza el Simposio Latinoamericano de Musicoterapia como una manera de impulsar la musicoterapia en la región Centroamericana a un nivel de excelencia.

Dos grandes escuelas dominan la enseñanza y la práctica de la musicoterapia, sin obviar las nuevas metodologías: la Científica y la Psicoanalítica.

Ambas se desarrollaron entre los años 1950 y 1960, la primera con mayor incidencia en Estados Unidos y la segunda impulsada de manera protagónica por Argentina, Chile y Brasil. En Europa conviven las dos tendencias, con mayor predominio de la Científica.

De manera inicial la música fue una herramienta para curar el dolor de los soldados heridos durante los trágicos episodios de la II Guerra Mundial y tratar las consecuencias neurológicas de la postguerra.

Zárate explica que la escuela estadounidense está basada en el método y la evidencia científica. La Escuela Psicoanalítica, influenciada por las teorías freudianas.

La musicoterapia se apoya en la capacidad innata del ser humano de hacer y sentir la música. “A lo mejor no percibes el ritmo pero sí la armonía. La música tiene muchos elementos y puedes iniciar con aquel más desarrollado por la persona”.

Clientes y no pacientes, es el término más usado por estos terapeutas quienes no quieren ver a la persona como enfermos. Es una vinculación con voces en el mismo plano. Este “cliente” tampoco es un fin mercantilista: es el ser humano a quien se sirve para ayudarlo en su proceso de rehabilitación; es el auténtico centro de la música.

Ritmos que sanan

Colin Andrew Lee, pianista y musicoterapeuta canadiense, especialista en el trato con pacientes con cáncer o HIV/Sida, gusta “poner el ego a un lado” y conectarse con la música para llegar a quienes la necesitan. “Amo la musicoterapia porque amo la música. El hecho de poder sanar a las personas es un valor agregado”.

Considera que la musicoterapia parte de entender las necesidades de cada persona: desde una incapacidad física hasta un problema emocional.

“Muchas personas no saben que son musicalmente hábiles y esta realidad les puede cambiar su vida porque en general todos somos seres musicales”. Sin embargo, saber tocar un instrumento o cantar no es condición para el éxito de la terapia.

Para Lee, la música es una herramienta que obliga a la máxima concentración de parte del terapeuta.

La palabra “escucha” es vinculante en este proceso: “El paciente necesita ser escuchado y el terapeuta hacerle sentir que es importante”.

Se considera un pianista “entrenado en el ámbito clásico”, quien usa elementos del jazz sin ser pianista de este género “y mi corazón me dice que siempre necesito aprender”.


En el año 1996 creó su propio enfoque y lo llamó musicoterapia estética. “La belleza de la música en la musicoterapia es muy importante, lo cual no quiere decir que en la terapia todo debe ser hermoso.

Hay cierta belleza en la música fea” y esta perspectiva la ha abordado en los últimos 20 años, al escribir libros sobre el tema y con el diseño de ejercicios específicos para tratar a los pacientes.

Entre otros elementos a considerar advierte que si el paciente está tocando la música del terapeuta, es necesario ayudarlo a revertir esta tendencia porque deben tocar su propia música, aquella que lo conecta con su necesidad de ser escuchado y sanar.

“El trabajo del musicoterapeuta es reflejarlo; ofrecer la posibilidad de liberación”,

Colin Andrew Lee

Se inclina por componer música conforme a cada caso. En algunas situaciones al paciente le costará dar el primer paso, pero se le debe entrenar de manera inicial con formas musicales sencillas, acompañarlo y guiarlo.

El proceso terapéutico es delicado y puede tomar mucho tiempo porque la relación se construye en función de la confianza y con el apoyo de un equipo multidisciplinario.

En la sanación, la primera nota tiene tanto que decir como la última.

Violeta Villar Liste. La autora es Comunicadora Social, egresada de la Universidad de los Andes (ULA), magíster en Literatura Latinoamericana por la ULA, con suficiencia investigadora del Doctorado en Comunicación de la Universidad de Santiago de Compostela (USC). Egresada del Diplomado en Periodismo Digital del Tecnológico de Monterrrey. Con más de 25 años de ejercicio periodístico. Es autora y coautora de libros periodísticos.

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