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Miguel Gomes | Foto de Vasco Szinetar

Dictada en la celebración de los treinta años de la Cátedra Ramos Sucre, Universidad de Salamanca (15 y 16 de noviembre de 2023). Publicamos estos fragmentos por cortesía del autor

Miguel Gomes. Doctor en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Stony Brook, Nueva York. Board of Trustees Distinguished Professor de la Universidad de Connecticut y miembro de la Academia de Ciencias y Artes de ese estado. Entre sus libros de crítica e investigación se cuentan Poéticas del ensayo venezolano del siglo XX (1996 y 2007), Los géneros literarios en Hispanoamérica: teoría e historia (1999), La realidad y el valor estético: configuraciones del poder en el ensayo hispanoamericano (2010) y El desengaño de la modernidad (2017). Ha editado o coeditado diversos volúmenes, los tres que constituyen la Obra completa de Eugenio Montejo (2020-2023) son los más recientes.

Hasta las sacudidas políticas de entre milenios, las obras de escritores venezolanos, con salvedades clásicas, apenas circulaban en el extranjero. Dos son las razones principales: la primera, la escasez de la emigración, que hasta el siglo XXI no creó en el exterior redes sólidas de promoción cultural —a diferencia de otras comunidades del Cono Sur o el Caribe, a las que las perturbaciones sociales o económicas obligaron a salir para instalarse en centros influyentes del Primer Mundo—; segundo, los fallidos esfuerzos de las editoriales venezolanas para competir internacionalmente y, de paso, colocar a sus escritores en un mercado global.

Monte Ávila, la empresa que más cerca estuvo de lograrlo durante los setenta y los ochenta, no consiguió dar continuidad a sus programas. Lo cierto es que Venezuela, país democrático desde 1958, que en 1950 tuvo el cuarto producto interno bruto más alto del mundo y no satisfacía por ende expectativas de lo latinoamericano, sumó a su atipicidad el difícil acceso a sus producciones culturales, y ello le aseguró una relativa invisibilidad.

            La situación desde los noventa, cuando se tambalea escandalosamente la democracia, se ha alterado y han aparecido indicios de un interés del mercado internacional del libro por absorber obras venezolanas. Si nos concentramos en el género novela y, por su innegable poder de difusión, en las editoriales españolas, un caso temprano fue el de Boris Izaguirre, quien desde 1998, con Azul petróleo, se insertó en el mercado ibérico con el incentivo de su imagen pública de locutor y guionista televisivo. Alberto Barrera Tszyka, desde México, también ha tenido presencia debido al premio Herralde y al Tusquets recibidos, respectivamente, por La enfermedad (2006) y Patria o muerte (2015).

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En 2019 la concesión del premio de la Bienal Mario Vargas Llosa a The Night (2016) de Rodrigo Blanco Calderón consolidó internacionalmente la carrera de este escritor, para entonces en Francia; luego, asentado en Málaga, ha publicado su segunda novela, Simpatía (2021).

El caso de Karina Sainz Borgo, radicada en Madrid, ha sido tanto o más notable por el despliegue publicitario del lanzamiento de La hija de la española (2019), con traducción simultánea a una veintena de idiomas. Y recientemente ha de mencionarse el otorgamiento del premio Café Gijón a María Elena Morán —que vive en Brasil—, por Volver a cuándo (2022). Me abstengo, por supuesto, de hacer una lista exhaustiva, pero Ana Teresa Torres, Victoria De Stefano, Moisés Naím, Ednodio Quintero, Camilo Pino, Óscar Marcano, Gustavo Valle, José Balza, Magdalena López, Antonio López Ortega son otros novelistas que han circulado en España. No podemos pasar por alto a escritores venezolanos residenciados en ese país desde los años noventa con una condición ya dual —como el ya mencionado Izaguirre— de agentes del campo cultural español y el venezolano, en particular, Juan Carlos Chirinos y Juan Carlos Méndez Guédez.

            En el panorama de los venezolanos que se integran en el mercado peninsular no cuesta vislumbrar casos extremos de sofisticación literaria y otros de crudeza comercial. Podríamos indagar en las negociaciones que en sus poéticas ocurren entre las inquietudes estéticas y las del mercado, y creo que los extraordinarios logros como novelistas de los primeros en ocasiones surgen de su conciencia de tales negociaciones, con violaciones de expectativas realizadas desde dentro del sistema.

Como en otras ocasiones he ido a fondo en varios autores que se acogen a un paradigma cervantino de donoso escrutinio o sátira de modelos genológicos de consumo masivo, aquí comentaré textos que no han circulado internacionalmente de tres autores que viven y publican en Venezuela: Rubi Guerra, Krina Ber y Carolina Lozada.

El propósito es ofrecer una idea de cómo en ellos los pactos comerciales de lectura se someten por igual a cuestionamiento pero desde una periferia casi intocada por las leyes del mercado global. Las premisas de dicho mercado son, para estas creaciones, no un medio inevitable, sino un objeto contemplado a distancia e incorporado no por necesidad de supervivencia, sino por elección.

Esto, sospecho, es síntoma de una comunidad letrada donde todavía la autonomía se acaricia como ideal supremo, pese a que cierta crítica vea en la nuestra una época posautonómica.

            Estar fuera de los mercados mayores, si bien limita el número de destinatarios, puede constituir una invitación a la innovación. No es de extrañar que la poesía venezolana, un margen dentro del margen, se haya caracterizado en los últimos años por el experimentalismo. Lo prueban las negociaciones de lo literario y lo visual en revistas como El Puente o Sarcófago y en las ediciones de la Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro o de Letra Muerta, que destacan la persistencia de lo poético en los dominios de la fotografía y el diseño.

Y están, por supuesto, los poemarios que nos desafían para que los reconozcamos como tales. Es el caso de la radical intermedialidad de Balada de la revelación (2004) de Blanca Strepponi, Cosmonauta (2020) de Enza García Arreaza o Welserland (2021) de Víctor Manuel Pinto, volúmenes donde la lírica se entrecruza con otros géneros literarios (o no) pero, sobre todo, con la plástica, sea mediante el collage realizado por el autor, sea por el trabajo de diseño que nos ofrece un libro-objeto. No podemos soslayar un hito transmedial como Paisajeno (2011) de Willy McKey, que incluye no solo la poesía, la narrativa y el collage de textos, sino el cómic, mapas, fotografías y una interacción con materiales audiovisuales dispuestos en Internet, a lo cual se sumaba la performance a la que por Twitter invitaba su autor, quien solo vendía en persona los ejemplares del libro, en momentos y lugares anunciados por él, a un precio que fluctuaba con el del barril de petróleo.

            La narrativa venezolana ha sido más sutil, pero no debemos ignorar que las conductas transgresoras la nutren. El patronato editorial del Estado democrático entre los años sesenta y noventa, sin restricciones ideológicas significativas —se acogió todo el espectro político, incluso a autores que después se volvieron funcionarios chavistas—, facilitó ese espíritu de desafío a las pautas comerciales. Conviene citar a uno de los críticos más importantes de la segunda mitad del siglo XX venezolano, con proyección latinoamericana y, por cierto, novelista, Francisco Rivera, quien en 1979, desde la tribuna mexicana de Vuelta, señalaba lo siguiente:

El llamado boom de la novela hispanoamericana […] contribuyó a opacar […] una serie […] de obras que constituyen [nuestra] verdadera vanguardia […] en el género novela. Cien años de soledad, aparecida en 1967[,] novela, por lo demás, de un conservadurismo formal extremo, oscureció al menos dos novelas importantísimas de nuestro continente: De donde son los cantantes de Severo Sarduy y Morirás lejos de José Emilio Pacheco. Y por eso me parece necesario referirme a [la segunda edición de este último texto] que ha vuelto a confirmar en mi mente que no puede haber una gran literatura de la rutina, que ningún género […] puede permitirse el lujo de permanecer inmóvil por mucho tiempo, que la novela tiene que transformarse periódicamente si quiere sobrevivir y que esa transformación siempre se efectúa mediante una reflexión sobre sí misma y una constante puesta en tela de juicio de sus propios recursos.

            La tenaz elocuencia de Rivera nos facilita discernir la lucidez que se tenía con respecto al mercado global ya en la Venezuela de los noventa: «Vivimos en una época», dirá en otra ocasión, en su libro La búsqueda sin fin (1993), «en que solo se aprecia la cantidad, una época desastrosa para el individuo creador que, a las cosas producidas en serie con el objeto de embobar más y más al consumidor, siente la necesidad de oponer artefactos únicos hechos para hacernos reflexionar, para despertar en nosotros la curiosidad y darnos placer estético». Eso, ni más ni menos, es el arte para Rivera y supongo que no se trata de una opinión aislada en el país que más lo conoció, lo leía y aún de vez en cuando lo relee con atención.

            La libertad de estilos e idearios que singularizaba al campo cultural venezolano se alteraría por la toma de los medios editoriales estatales iniciada en 1999, que se intensificará con la consecuente entronización de un discurso oficial único.

El intento de introducir pluralidad de opciones será a partir de ese momento el incentivo para que los narradores rastreen nuevos modos, más personales, de decir. En el siglo XXI el traslado de los escritores de oposición a editoriales privadas —algunas de ellas locales; otras, trasnacionales que aprovecharon el mercado interno sin internacionalizar sus productos— tampoco impuso trabas de criterios o preferencias expresivas, y autores disímiles lograron hacerse de un espacio. Colapsada en la segunda década del milenio esa red editorial alternativa, las escasas editoriales supervivientes, a veces refugiadas en el exterior o subsidiadas por organismos internacionales aún son capaces de albergar apuestas para nada formulistas en sus acercamientos a la narrativa. En lo que queda de estas páginas discutiré algunas de las obras a las que me refiero, porque creo que cumplen con los requisitos de la poética sintetizada por Rivera cuando la Venezuela actual empezaba a gestarse…»

Pasajes selectos de la conferencia “Género, mercado y transgresión en la novela venezolana actual” de Miguel Gomes