El virus Andes es endémico de la Patagonia, una región repartida entre Argentina y Chile. Su portador natural es el ratón colilargo
Por: Isidoro Martínez González, Instituto de Salud Carlos III; Daniel Sepúlveda Crespo, Instituto de Salud Carlos III y Salvador Resino García, Instituto de Salud Carlos III
Imagínese limpiando una casa de campo cerrada durante meses. Barre el polvo, respira profundamente y, sin saberlo, inhala partículas virales microscópicas provenientes de excrementos de ratón (heces, orina, saliva). Semanas después, desarrolla una fiebre elevada y sus pulmones comienzan a llenarse de líquido.
Este es el escenario clásico del síndrome pulmonar por hantavirus (SPH), una enfermedad grave y a menudo letal. La regla de oro en virología durante décadas fue que el ser humano era un “hospedador terminal” (un callejón sin salida) para los hantavirus: el ratón infecta al humano, pero este no puede transmitir el virus a otro humano.
Pero hay una excepción capaz de transmitirse entre personas: el hantavirus Andes, presente en Chile y Argentina, y recientemente responsable del brote detectado en el crucero MV Hondius. Aunque esta transmisión es poco frecuente y requiere un contacto estrecho, su existencia plantea una pregunta clave: ¿qué hace diferente al virus Andes?
La historia de un descubrimiento inquietante
El virus Andes es endémico de la Patagonia, una región repartida entre Argentina y Chile. Su portador natural es el ratón colilargo (Oligoryzomys longicaudatus).
La comunidad científica descubrió la inusual capacidad de este virus en 1996 durante un brote en Epuyén, Argentina. Los epidemiólogos notaron algo preocupante: los médicos que atendían a los pacientes y los familiares que los cuidaban estaban enfermando. No habían estado en contacto con ratones ni limpiando cobertizos. El virus estaba pasando de persona a persona. Esto se confirmó de manera trágica en otro gran brote en la misma localidad entre 2018 y 2019, que dejó decenas de contagiados y una alta tasa de mortalidad (cercana al 30 %).
Investigaciones publicadas en el New England Journal of Medicine demostraron que varios pacientes estaban infectados con virus genéticamente idénticos, lo que solo se explica por transmisión directa entre humanos. Incluso se identificaron “supercontagiadores”: personas que infectaron a varios contactos cercanos, un fenómeno muy inusual en los hantavirus.
Tras años de investigación en laboratorios de alta bioseguridad, por fin estamos empezando a comprender los mecanismos biológicos que hacen al virus Andes tan excepcionalmente peligroso.
Un virus que circula por la sangre… y más allá
La mayoría de los hantavirus apenas alcanzan niveles detectables de virus en la sangre (viremia). En cambio, estudios clínicos recientes han demostrado que el virus Andes provoca una viremia intensa y prolongada durante la fase aguda de la enfermedad.
Esto significa que el virus está presente en grandes cantidades en la sangre del paciente, lo que facilita que llegue a otros fluidos corporales.
Un estudio publicado en The Lancet Infectious Diseases analizó muestras de pacientes infectados y encontró ARN viral y partículas infecciosas en la saliva, las secreciones respiratorias y el fluido gingival. En algunos casos, estas muestras fueron capaces de infectar células en el laboratorio.
Andes, además, tiene la capacidad de infectar células del tracto respiratorio. Esto significa que las nuevas partículas virales que se producen se liberan directamente hacia el interior de los pulmones y la garganta del paciente, listas para viajar en microgotas a través de la tos, los estornudos o la saliva hacia un nuevo huésped.
Retraso de la respuesta inmunitaria inicial
El hantavirus Andes es especialmente eficaz bloqueando la respuesta antiviral temprana, en particular el sistema del interferón tipo I, que normalmente frena la replicación viral.
Este “silencio inmunológico” permite que el virus se replique más tiempo sin ser detectado.
Un tiempo prolongado de incubación
El periodo entre la infección y la aparición de los síntomas (incubación) suele ser de dos a tres semanas, aunque puede superar incluso los 40 días. Esto permite que una persona infectada alcance picos muy altos de carga viral en sus vías respiratorias antes de que comiencen los síntomas respiratorios graves. En esta fase, la persona solo siente un malestar similar a una gripe leve.
Dado que el paciente aún no se siente gravemente enfermo, sigue haciendo su vida normal: besa a su pareja, abraza a sus hijos o, en el contexto cultural sudamericano, comparte el mate. Es en estos momentos de intimidad y contacto estrecho donde el virus Andes aprovecha para transmitirse a nuevos individuos.
¿Debemos preocuparnos?
La respuesta corta es que no, pero con matices.
El virus Andes no se transmite por aerosoles a larga distancia con la facilidad de la gripe o el SARS‑CoV‑2. Para que ocurra el contagio suele ser necesario un contacto estrecho y prolongado, exposición a saliva o secreciones respiratorias, convivencia en espacios cerrados o cuidados directos a un paciente en fase aguda.
Por eso, aunque la transmisión entre personas es real, el riesgo para la población general sigue siendo bajo.
Las medidas de salud pública (aislamiento de casos, rastreo de contactos y protección del personal sanitario) han demostrado ser muy eficaces para cortar las cadenas de transmisión.
La importancia de vigilar los virus emergentes
El virus Andes ofrece una oportunidad única para entender cómo un virus transmitido por roedores puede adaptarse parcialmente a la transmisión humana. Comprender sus mecanismos podría ayudar a anticipar riesgos futuros, mejorar la vigilancia epidemiológica y desarrollar mejores herramientas diagnósticas y terapéuticas.
En un mundo donde los virus zoonóticos emergentes son cada vez más frecuentes, el hantavirus Andes es un recordatorio de que la frontera entre animales y humanos es más permeable de lo que parece.
Isidoro Martínez González, Científico Titular de OPIs, Instituto de Salud Carlos III; Daniel Sepúlveda Crespo, Investigador Miguel Servet, Instituto de Salud Carlos III y Salvador Resino García, Investigador Científico de OPIs, Instituto de Salud Carlos III Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.


