Escribir es un oficio. No es un emprendimiento, es un desprendimiento. A más inversores en papel impreso, menos literatura, y aquí no cabe el argumento falaz del derecho a publicar
Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural: Literatura Panameña pcrenes@gmail.com

Artículo por: Pedro Crenes Castro

Si tiene una librería o pretende distribuir libros de autores panameños (supermercados, farmacias u otros espacios de distribución), por favor, cumpla con las liquidaciones correspondientes, haga fácil la vida de las obras literarias nacionales y sus autores, que carecen de distribución de manera natural en este país
Para recuperar la literatura: apuntes para una conspiración necesaria
La literatura siempre ha estado en franco declive: la muerte de la novela, del libro, de la literatura en general, de la poesía, del cuento, de la literatura latinoamericana en particular, de la novela de tesis, de la ciencia ficción o de la literatura noir. Tanta moridera ha ocupado una buena cantidad de árboles en forma de papel, manchado con la tinta amarga de los agoreros más pedantes, y en Panamá no ha sido distinto: aquí también se han decretado ciertas muertes, que pueden, en nuestro caso, ser o no ser, como en todos.
Sin llegar a tanto, creo que tenemos que poner en marcha un plan de regeneración y recuperación de la literatura panameña. Suena tan rimbombante como decretar su muerte, pero mientras hay vida hay esperanza, y ante el rigor mortis de cierta academia y crítica, urge unos bálsamos de lectura, generosidad y cierta osadía por parte de los escritores de este país. En mi caso, y sin ser exhaustivo, quiero apuntar por aquí cinco declaraciones a desarrollar por todos los interesados, partiendo de lo muy particular a lo colectivo.
Primero: Escribir es un oficio. No es un emprendimiento, es un desprendimiento. A más inversores en papel impreso, menos literatura, y aquí no cabe el argumento falaz del derecho a publicar. Puede creer tenerlo, y está bien, pero no olvide lo que dice Vladimir Navokov: «Después del derecho a crear, es el derecho a criticar el don más valioso que la libertad de pensamiento y de expresión puede ofrecer». Luego que nadie se queje de los críticos.
Segundo: Respete el primer deber revolucionario del escritor, según Gabriel García Márquez: escribir buenas historias. Hay que empezar leyendo, y si no va por ese camino, su camino no es el de la escritura. Para los que tienen talleres literarios, urge que se incluya la lectura comprensiva (o «acompañada», para que no suene tan mal) de los clásicos panameños y universales. Tanto escritor por metro cuadrado no es un milagro, es una plaga, sobre todo cuando vemos en los medios y redes sociales lo mal que se escribe. «Panamá sí lee», se dice, pero no le aprovecha.
Tercero: Cuando se busque un «editor» (este será otro debate, el de qué es un editor), exija que le critique el texto, que se lo desbarate, que le dé la vuelta, que se lo rechace, solo así ganarán ambos. El aspirante a escritor entrará por la vereda del espíritu del oficio, y el editor podrá ejercer lo que de verdad su oficio (y editar lo es) requiere. Si la mitad de los manuscritos que he recibido me hubieran hecho caso, los árboles y el ciberespacio serían lugares más hermosos. Y el panorama literario, también.
Cuarto: Practique la generosidad. El medio literario panameño es pilinqui. Hemos visto y sufrido a escritores y periodistas que se citan solo a sí mismos, que cuando viajan solo hablan de ellos. La idea de la «causa literaria panameña» ni se les pasa por la mente. Ante embajadores, editores extranjeros, comisarios de festivales, guardan el más absoluto silencio sobre qué más hay en Panamá en materia literaria. Aunque no lo parezca, es fundamental vender la marca país literaria, primero por que la hay, y porque no hay nada más desagradable que un escritor panameño hablando solo de sí mismo. El que tiene oídos, que oiga.
Quinto: Si tiene una librería o pretende distribuir libros de autores panameños (supermercados, farmacias u otros espacios de distribución), por favor, cumpla con las liquidaciones correspondientes, haga fácil la vida de las obras literarias nacionales y sus autores, que carecen de distribución de manera natural en este país. Es antológico el mal trato de las librerías panameñas a los autores nacionales y sus obras, y muchos no se quejan por no quedar fuera de los pocos circuitos de distribución natural del libro: una librería. Que esta mala relación entre autores y libreros haya desplazado al escritor a la categoría de distribuidor, dice mucho del terrible momento literario que vivimos.
Por ahora es suficiente para ponernos a pensar y a debatir. Sobre todo a pensar, porque los piel fina salen en tromba muy rápido, sin filtrar, sin considerar que quizás necesiten ajustar. Por otro lado están los callaítos, que no otorgan con su silencio, sino algo peor: no se dan por aludidos. Y aquí me gustaría animar a que las universidades, los que tienen editoriales, los que imparten talleres, los que tienen librerías, de las grandes o de las chicas, los que quieren escribir, los que ya escriben y todos los que se tengan por indiscutibles en esto del libro, incluyendo el Ministerio de Cultura, se plantearan alguna de estas propuestas y comenzáramos entre todos a cambiar las cosas.
A ver qué pasa.
Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural Literatura Panameña | pcrenes@gmail.com

Pedro Crenes Castro (Panamá, 1972), es escritor. Columnista y colaborador en varios medios panameños y españoles. Ha ganado dos veces el premio Nacional de Literatura Ricardo Miró de Panamá y dicta talleres literarios. Vive en España desde el año 1990.

