El dilema del colesterol

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Diversas observaciones experimentales y poblacionales sostienen la relación entre los hábitos alimenticios de los humanos y el riesgo de padecer enfermedad cardiovascular.

Por ejemplo, la alimentación de animales en laboratorio con comidas de alto contenido de grasa se asocia a la aparición de lesiones vasculares de aterosclerosis, comparado con grupos controles que no llevan grasas en su alimentación; otro ejemplo es la prevalencia mayor de aterosclerosis en poblaciones que tienen alimentación alta en grasas, comparadas con aquellas que se alimentan predominantemente del pescado.

La población de la ciudad de Framingham, en Estados Unidos, ha sido registrada desde los años 1940 en un estudio que analizó la presencia o ausencia de una cantidad de factores para conocer su relación con el desarrollo posterior de la enfermedad cardiovascular.

Ese estudio tiene casi un siglo en desarrollo y ha sido sometido a análisis periódicos de sus resultados, con lo cual se ha conocido aquellos factores que aumentan el riesgo de desarrollar la enfermedad y que han sido denominados Factores de Riesgo Cardiovascular, a la vez que el análisis de las cifras permitió desarrollar una puntuación que asigna valor numérico a cada factor según su peso en el riesgo.

La puntuación de Framingham puede dar una cuantificación de ese riesgo y catalogar a las personas en categorías de riesgo normal, leve, moderado, alto o muy alto.

Uno de esos factores es la concentración de ciertas substancias grasas en la sangre, tales como el colesterol, la Lipoproteína de Baja Densidad que Transporta al Colesterol (LDL-C por sus siglas en inglés), las de Alta (HDL-C), Muy Baja Densidad (VLDL-C) y de los triglicéridos.

El tema es complejo, no tan simple como solo el colesterol; por ejemplo, el colesterol, como otras sustancias grasas, es insoluble en el agua y para que pueda circular en la sangre debe ser transportado dentro de otra molécula mayor que le permita su oferta a los tejidos; esa molécula transportadora está compuesta, además de colesterol, por otras grasas como fosfolípidos, triglicéridos y una proteína que le permite ser reconocida por los tejidos.





Imagen tomada de J Stewart: Atlas de Fisiopatología, Wolters Kluwer 4ª edición

La unión de proteína con lípidos se conoce como lipoproteína y su efecto tiene relación con el grado de densidad de la molécula: Alta, intermedia, baja y muy baja densidad respectivamente.

En realidad, el beneficio o daño causado por los lípidos dependen fundamentalmente de la densidad de la lipoproteína y de la proteína que contiene.

Es por eso que la lipoproteína marca el verdadero riesgo, la meta terapéutica y el efecto de los medicamentos que se utilicen.

El colesterol es una sustancia necesaria en el organismo humano; se usa para formar las membranas de las células, producir hormonas, bilis y otras funciones, pero es muy pequeña la cantidad necesaria para ello, además el organismo tiene capacidad para sintetizar colesterol.

La concentración de colesterol circulante en un niño al nacer es en promedio 60 miligramos por cada decilitro de sangre, cantidad suficiente en la edad que necesita mayor producción de materia y sustancias corporales. Esa concentración aumenta con la edad y puede alcanzar 150 a 180 mg en la edad adulta, concentraciones que no se asocian con la Enfermedad Cardiovascular de Origen Aterosclerótico.

Esas concentraciones de colesterol necesariamente se acompañan de un incremento proporcional de las concentraciones de las lipoproteínas transportadoras.

El colesterol sanguíneo transportado por su lipoproteína no utilizado es sometido a un proceso metabólico, fundamentalmente en el hígado, que lo retira de la circulación y reutilizará los componentes de la lipoproteína para nuevas síntesis y funciones.

Esa función de aclaramiento del colesterol circulante con el fin de mantener las concentraciones sanguíneas normales es realizada por receptores en la superficie de las células hepáticas, los cuales reconocen a la lipoproteína para internalizarla y metabolizarla.

Es fácil comprender que la concentración normal de colesterol depende fundamentalmente del funcionamiento, la cantidad y la eficiencia de los receptores de la membrana celular, por tanto, un déficit o la ausencia de los receptores reduce o suprime su aclaramiento y causará un aumento de la concentración sanguínea del colesterol y de su lipoproteína transportadora.

La hipercolesterolemia primaria es causada por un defecto de los receptores hepáticos de la LDL-C, condición que es genéticamente determinada; el mecanismo de los medicamentos que reducen colesterol básicamente está dirigido a mejorar la eficacia del funcionamiento de esos receptores.

Las grasas que ingerimos en los alimentos son de muy variada composición, algunas grasas contienen ácidos grasos que son protectores como los ácidos grasos de la serie omega 3, llamados así por la cantidad de átomos de carbono que contienen; otro factor que influye en el potencial daño o beneficio causado por la grasa, es la saturación de sus moléculas, por ejemplo, las grasas saturadas son mas dañinas que las insaturadas, y dentro de las insaturadas es variable el efecto según el grado de insaturación.

De la grasa ingerida apenas se absorbe una quinta parte; el hígado envía una gran cantidad de bilis para digerirla, bilis que contiene colesterol, y esa gran cantidad de colesterol en la luz intestinal es reabsorbida y enviada de nuevo al hígado, de tal manera que la mayoría del colesterol absorbido proviene de la misma bilis.

La absorción del colesterol ingerido y el de la bilis puede ser impedida en buena proporción por medicamentos que logran de esa manera, reducir la concentración en la sangre.

Naturalmente que una ingesta excesiva de colesterol impondrá al organismo un incremento en la capacidad de aclaramiento, incremento que no se podrá producir en las personas que tienen reducción patológica de la función de los receptores hepáticos y padecen hipercolesterolemia. 

Por otra parte, y es muy importante, el colesterol no es la única grasa potencialmente dañina que se ingiere en los alimentos; hay otras que pueden ser más dañinas aún, como los triglicéridos que se forman a partir de las azúcares, las grasas de configuración trans (invertida) contenidas en la carne de ciertos animales mamíferos (cerdo, vaca), y los ácidos grasos saturados de ciertos aceites comestibles; también puede contener grasas protectoras como los ácidos grasos poli-insaturados del pescado y del aceite de oliva.

Por tanto, las comidas con alto contenido de grasas siguen siendo consideradas como un Factor de Riesgo para las enfermedades cardiovasculares.

Las organizaciones científicas y académicas, tanto nacionales como internacionales, insisten en la re-educación alimentaria como un componente fundamental en la prevención de la primera causa de muerte en la población adulta de la mayoría de los países en el hemisferio occidental: las enfermedades cardiovasculares.

Dr. Julio Acosta Martínez

El doctor Julio Acosta Martínez es presidente del Colegio Venezolano de Endotelio y de la Asociación Venezolana de Aterosclerosis. Expresidente de la Sociedad Venezolana de Cardiología y profesor retirado de Cardiología Clínica en la Universidad Central de Venezuela. Médico Cardiólogo de la Policlínica Metropolitana de Caracas.

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