Pero si de verdad pudiéramos saber, si hubiese algún mecanismo para adelantarnos a un futuro posible ¿qué mecanismo sería ese?
Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural: Literatura Panameña pcrenes@gmail.com

Artículo por: Pedro Crenes Castro

Últimamente han vuelto las distopías clásicas. Todo el mundo vuelve a hablar (leer es otra cosa) de 1984, de George Orwell, y aquí estamos viviendo, dentro de un Gran Hermano, no tan drástico como en la novela, pero qué duda cabe de que estamos en un «futuro» que es un «presente» que se le parece mucho.
El profetismo literario
Si pudiéramos preguntar por el futuro, por una sola cosa, ¿qué preguntaríamos? Algunos se han atrevido a ser profetas, predicando fines del mundo, fechando retornos divinos. Otros han pronosticado grandes catástrofes naturales de dimensiones globales pero, por ahora, aquí seguimos. Pero si de verdad pudiéramos saber, si hubiese algún mecanismo para adelantarnos a un futuro posible ¿qué mecanismo sería ese?
La literatura, necesidad e invento humano —en esencia una mirada—, se inventa el género distópico como advertencia sobre el futuro: ante la utopía de Moro, la distopía de Stuart Mill, siendo todas ellas terroríficas.
Casi podríamos clasificar este género como un subgénero del terror, llamémoslo social, civil, ciudadano: da miedo todo. Si mucha de la literatura fantástica de Julio Verne, por ejemplo —que se clasifica erróneamente como infantil y juvenil—, auguraba grandes avances tecnológicos, pintando de cierta esperanza el futuro, las distopías hacen todo lo contrario. El género negro, policial, trata de explicar el terrible presente, mientras el distópico ensaya el terrible y probable futuro.
Últimamente han vuelto las distopías clásicas. Todo el mundo vuelve a hablar (leer es otra cosa) de 1984, de George Orwell, y aquí estamos viviendo, dentro de un Gran Hermano, no tan drástico como en la novela, pero qué duda cabe de que estamos en un «futuro» que es un «presente» que se le parece mucho.
Ha vuelto también Fahrenheit 451, esa pesadilla de Ray Bradbury, en la que ya no tenemos libros, y que en la ficción se resuelve con la memorización de las grandes obras literarias, lo que da más miedo si llega a pasar: ¿quién memoriza nada hoy con el auge de la pereza mental? O Soy leyenda, de Richard Matheson, que ensaya un mundo post pandémico en el que todos se han convertido en vampiros y solamente queda una persona que no lo es, enseñándonos que, si no atajamos el virus (léase ideologías también), lo natural, lo humano, será leyenda.
Más cerca en el tiempo, dos distopías escritas por mujeres. El cuento de la criada, de Margaret Atwood, que la serie basada en la novela ha vuelto a poner en el candelero. En un futuro, ¿próximo? o lejano, los Estados Unidos dejan de ser lo que son y se instala una teocracia, y en medio de un paroxismo tergiversador de la Biblia, se impone un orden social abusivo y perverso, hipócrita hasta el tuétano. Y las mujeres salen perdiendo.
La otra distopía, que se conoce menos, se llama Yo nunca supe de los hombres, de Jacqueline Harpman, en donde después de una catástrofe los hombres que custodiaban a un grupo de mujeres desaparece, lo que genera una búsqueda de como sobrevivir, y que va explicando poco a poco la historia de aquel mundo. La más joven de las protagonistas nunca ha visto a un hombre. Con un final sorpresivo, la novela traza la nostalgia, el amor y la amistad, los años de cautiverio.
La literatura tiene una capacidad vicaria que la convierte en un perfecto laboratorio de las emociones y los pensamientos. Podemos leer una historia como la de Fahrenheit 451 o Rebelión en la granja, y al cerrar el libro, salir indemnes, pero siempre se queda en nosotros la reflexión, un punto de extrañeza, ese miedo de lo que somos capaces de hacer. Recomiendo leer estos clásicos y otros para que podamos empezar a reflexionar sobre el mundo que se nos viene encima, que ya tenemos aquí con colores distintos, pero muy parecido a nuestras pesadillas.
La literatura hecha de luces de colores, de buenismo y algodón de azúcar, envilece la reflexión y el criterio, y está copando cada vez más la mesa de novedades de algunas librerías. El terror vampírico del que se escribe en Panamá, o el romanticismo sonrojante, ofrecen entretenimiento, pura desconexión de la mala. Hay que volver a entusiasmar, a asustar hasta la reflexión, hay que escribir contra el pasado anticipando el futuro. El género distópico no es para perezosos, ni escritores ni lectores. Pero eso ya lo contó el profeta Bradbury.
Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural Literatura Panameña | pcrenes@gmail.com

Pedro Crenes Castro (Panamá, 1972), es escritor. Columnista y colaborador en varios medios panameños y españoles. Ha ganado dos veces el premio Nacional de Literatura Ricardo Miró de Panamá y dicta talleres literarios. Vive en España desde el año 1990.

