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José Ángel Ocanto (JAO)

He aprendido que lo más trágico de la muerte no se reduce a ella misma. La faceta más cruel de la historia cotidiana no es esa oscura visita que habrá de llegar, según ha sido representada, con su guadaña inexorable a cuestas.

La muy humana tragedia consiste en que, al menos en las herencias y supersticiones de nuestra cultura, sabiéndonos mortales, aun conscientes de que somos seres condenados a la imperfección y al despojo, nos resistimos con inútil e inmadura pasión a la idea de que en algún momento hemos de marchar.

Es un temor que se presiente y de continuo es dado por sabido, pero que con igual certeza desmentimos hasta en el instante signado por lo postrero, por lo definitivo.

Solemos repetir que la muerte es lo más seguro que tenemos, pero esa peregrina afirmación es, sobretodo, íntima negación.

Con esos enrevesados sentimientos me he debatido desde que fui enterado acerca de la partida de un amigo. Con él esta palabra: amigo, asume su dimensión más exacta, dulce y venerable. Porque Francisco Medina (“el gran Chico”, lo llamaba yo, caroreñamente), mi vecino durante muchos años en La Rosaleda, siguió unido a mí por entrañable e irrompible afecto más allá de la distancia que una posterior mudanza pudiera imponer.

Francisco Medina nació en el Hato de Baragua, estado Lara, Venezuela. Realizó sus estudios de primaria en Maracaibo, capital del estado Zulia. En la ciudad de Barquisimeto (estado Lara) donde murió, continuó el bachillerato en el Liceo Mario Briceño Iragorry.

En la Universidad Lisandro Alvarado (UCLA) obtuvo el título de médico cirujano (1974). Luego de sus dos años de médico rural vuelve al Hospital Central Antonio María Pineda para realizar el postgrado en Ginecología y Obstetricia.

Desde el año 1981 fue profesor de pregrado y postgrado en su alma mater, la UCLA. Obtuvo innumerables reconocimientos durante su ejercicio profesional.

Fue jefe del servicio de estudios especiales en el departamento de Ginecología y Obstetricia del Hospital Central y después de jubilado asume la dirección médica del Banco de Sangre. Era médico y socio de la Clínica Acosta Ortiz.

En el ámbito familiar estuvo casado con la licenciada Xiomara Querales de Medina, con quien procreó cinco hijos, de los cuales tres siguieron sus pasos: son médicos.

Francisco era médico, profesión asociada a la vida y al dolor (no sé qué va primero). Eso, de por sí, hace del médico un auxiliar de Dios, quien en su bondad sin término nos dio el aliento y junto con el milagro de ese soplo, la redención de la cruz.

Pues, Francisco, que era obstetra, asistió el parto que trajo al mundo a mi hija Sara. Fue el primero en ver el rostro de mi última creación terrena (cuan vanidoso suena, mas no pude evitarlo), y el que le arrancó el original llanto que, contradicción de por medio, nos hizo tan felices.

Aunque ahora mismo no pueda contener las lágrimas al desgranar estas líneas, lo confieso, es mi decisión recordar a este amigo, y a todos mis amigos, y a todos los seres queridos que partan primero, con alegría. Porque es una bendición haber formado parte de sus vidas.

Y así, con alegría, pido ser despedido y recordado yo, cuando Dios lo decida.

José Ángel Ocanto

El autor de esta semblanza es periodista de dilatada trayectoria en Venezuela. Fue jefe de Redacción del diario EL IMPULSO de Barquisimeto, estado Lara, Venezuela. Autor de textos literarios, periodísticos y crónicas políticas de resonancia nacional, es también conferencista y referencia del periodismo larense.