(Parte final) La consciencia humana: una perspectiva neurobiológica

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Dr. Miguel A. Cedeño T.

Cuando los biólogos estudian bajo un microscopio a organismos unicelulares observan como éstos se acercan a un alimento y huyen de sustancias peligrosas, lo que indica algún nivel de consciencia con respecto a su entorno.

Subiendo en la escala evolutiva, este nivel de consciencia es más evidente en algunos moluscos como los pulpos, los cuales expulsan una tinta al sentir la presencia peligrosa de algún depredador para así desorientarlo y escapar.

La consciencia del yo no es exclusiva del ser humano. Dick Swaap refiere que algunos chimpancés, orangutanes y quizás los gorilas, son capaces de reconocerse ante un espejo.

Incluso los simios antropomorfos son capaces de limpiarse una mancha de pintura de su rostro mientras se miran en un espejo. Igualmente, los delfines pueden advertir una marca en su cuerpo ante un espejo.

Frans de Waal demostró que un elefante asiático puede reconocerse ante un enorme espejo, inspeccionar su oreja e identificar una señal en su cabeza. Incluso la consciencia del yo no es patrimonio de los mamíferos.

Experimentos demostraron que las urracas pueden reconocerse ante un espejo cuando les colocaron una pegatina debajo del pico que sólo podía verse a través del espejo.

Lógicamente, en estos animales es improbable que pueda hablarse de un grado de consciencia como el nuestro, ya que para lograrlo hay que ir subiendo en la escala evolutiva, pero también resulta claro que la consciencia no es patrimonio de los seres humanos.

La consciencia humana es una compleja función psíquica que nos hace a los humanos unos seres extraordinariamente maravillosos.

Como destaca Todd Heatherton, psicólogo de la Universidad de Darmouth, New Hampshire, Estados Unidos: “Nada nos es más inmediato que nosotros mismos. Cuando bajamos la mirada y nos vemos el cuerpo, sabemos que es el nuestro. Cuando alargamos la mano para asir algo, sabemos que es nuestra mano lo que controlamos. Cuando recordamos, sabemos que los recuerdos son nuestros, no de otros. Cuando nos despertamos, no hemos de preguntarnos quiénes somos. Nuestra propia identidad puede resultarnos obvia, pero también enigmática”.

Partiendo de que en términos de anatomía cerebral, la consciencia humana depende de estructuras primordiales como la corteza cerebral y el tálamo, a las cuales llega la información de nuestros sentidos, así como de las conexiones entre estas dos estructuras, es decir, la sustancia blanca, y que estas conexiones no sólo deben conservarse intactas, sino que deben conectarse correctamente entre sí, y además que se debe tomar en cuenta al tronco encefálico, el cual activa tanto a la corteza cerebral como al tálamo, diversas teorías se han elaborado para tratar de explicar cómo nuestro cerebro elabora la consciencia.

Antonio Damasio, neurocientífico estadounidense de origen portugués y director del Institute for the Neurological Study of Emotion and Creativity de la Universidad del Sur de California, introduce el concepto del Yo neural en su obra El error de Descartes, cuya base, según él, reside en la reactivación continua de dos grupos de representaciones: un grupo tiene que ver con acontecimientos claves en la autobiografía de un individuo y otro con representaciones primordiales del cuerpo del mismo.

En otra de sus obras, Self comes to mind, establece tres (3) estados del yo: el proto yo (tiene que ver con la homeostasis del organismo, el mantenimiento de las funciones físicas, que opera a un nivel inconsciente. Compuesto por el tronco cerebral y el hipotálamo),

el yo nuclear (se encarga de la interacción con el medio, de la consciencia del sí mismo en el aquí y el ahora. Compuesto por el tálamo, la amígdala, la corteza cingular, la ínsula y la corteza prefrontal medial),

y el yo autobiográfico (se encarga de la reflexión sobre nuestro comportamiento. Compuesto por el área de Broca e hipocampo, los cuales son necesarios para una consciencia lingüística, y la corteza prefrontal que actúa como controlador interno y a través de la cual sopesamos los impulsos de actuación en forma racional y analítica).

Otro eminente neurocientífico de origen colombiano, Rodolfo Llinás, profesor de Neurociencias de la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York, Estados Unidos, basado en sus estudios con magnetoencefalografía, sostiene que durante las tareas cognoscitivas se genera una actividad neuronal coherente de 40 Hz (hercios).

Algunos proponen que  esta actividad de 40 Hz refleja las propiedades resonantes del sistema tálamo-cortical, dotado a su vez de un ritmo de 40 Hz.

Para Llinás, el sistema tálamo-cortical es casi una esfera isocrónica cerrada que relaciona sincrónicamente las propiedades del mundo exterior referidas por los sentidos con las motivaciones y memorias generadas internamente.

Este evento, coherente en el tiempo, unifica los componentes fraccionados tanto de la  realidad externa como de la interna en una estructura única, lo que llamamos el sí mismo.

Y añade: “Las neuronas tienen una actividad oscilatoria y eléctrica intrínseca, es decir, connatural a ellas, y generan una especie de frecuencias oscilatorias que yo llamo estado funcional”.

Para él, varios grupos de neuronas, incluso distantes unas de otras, oscilan o danzan simultáneamente, creando una especie de resonancia, que es lo que llamamos “yo” o “autoconciencia”, la cual representa una de las tantas oscilaciones neuronales o estados funcionales del cerebro.

Los pensamientos, las emociones y otras funciones psíquicas representan, igualmente, otros estados funcionales.

Vilayanur S. Ramachandran, un influyente neurocientífico estadounidense de origen indio, destaca en su obra The tell-tale brain que los seres humanos tenemos una forma plural de consciencia y que la consciencia del sí mismo consta de muchos aspectos entre los cuales él destaca siete (7), a saber:

unidad (sentirse como  un individuo),

continuidad (sentido de identidad a través del tiempo),

encarnación (sentir el cuerpo como propio),

privacidad (dueño de su propia vida mental),

incorporación social (la vida sólo tiene sentido por la relación con otras personas),

libre albedrío (puede tomar una decisión u otra) y

 autoconciencia (punto de vista de su propia persona).

Relacionando cada uno de estos aspectos con diferentes estructuras cerebrales alteradas, Ramachandran ha podido aclarar muchos síndromes  neuropsiquiátricos antes considerados extraños por la Neurología y la Psiquiatría.

Así, por ejemplo, explica la anosognosia (negación de la propia patología neuropsiquiátrica) como una alteración del aspecto unidad por un daño frontoparietal derecho que impide que el hemisferio izquierdo entre en un “buclé” abierto disparando la negación a límites absurdos.

La amnesia retroanterógrada (no recuerdos de eventos remotos ni recientes al deterioro cerebral) como una alteración del aspecto continuidad por daños en los lóbulos frontales, temporales y el hipocampo.

La Apotemnofilia o Xenomelia (fuerte deseo de amputarse una extremidad sana) como una alteración del aspecto encarnación por una entrada sensorial normal pero sin señales de la extremidad a la salida de la imagen corporal que debe mantener el lóbulo parietal superior.

La Folie a deux o Trastorno psicótico compartido (síntomas psiquiátricos, generalmente psicóticos, que aparecen en una persona sana que tiene una relación interpersonal cercana con otra persona que tiene una enfermedad mental establecida) como una alteración del aspecto privacidad por alteración del sistema de neuronas en espejo que causa una pérdida de la individualidad del propio cuerpo y la reciprocidad con los demás.

La enfermedad de Capgras (paciente cree que un familiar o persona cercana a él ha sido reemplazada por un impostor que es físicamente igual a la misma) como una alteración del aspecto incorporación social por alteración de vías que divergen del giro fusiforme alterando las emociones pero manteniendo la identificación.

La apraxia (pérdida de la capacidad para realizar movimientos con propósitos aprendidos y familiares a pesar de tener la capacidad física y deseos de realizarlos) como una alteración del aspecto libre albedrío por un daño del giro supramarginal que impide que la persona pueda traducir su pensamiento en acción.  

El síndrome de Cotard (la persona cree estar muerta, tanto figurada como literalmente, por lo que cree estar sufriendo la putrefacción de sus órganos o simplemente no existir) como una alteración del aspecto autoconciencia por disfunción de las vías de autorepresentación, incluyendo porciones inferiores del lóbulo parietal  que infieren intenciones y de las vías relacionadas con las emociones   que junto a la ínsula se encargan de la empatía emocional.

Siguiendo esta misma metodología descriptiva Ramachandran ha logrado explicar otros “raros” desórdenes neuropsiquiátricos como los trastornos bipolares, los trastornos disociativos, la somatoparafrenia, la transexualidad, el síndrome de Münchausen, el síndrome de Couvade, el autismo, la prosopagnosia, el síndrome de Frégoli, el mutismo akinético, el síndrome de mano ajena, los ataques de pánico, los “delirios de fusión con Dios” y otros.

Por último, como una mirada al futuro sobre la consciencia del yo, Michael S. Gazzaniga, otro emblemático neurocientífico famoso por sus tomos de The Cognitive Neurosciences, plantea un posible dilema ético sobre el conocimiento de la consciencia del yo cuando señala:

“La descodificación del yo puede plantear un problema ético de nuevo cuño. Este desciframiento consistirá en la elucidación de los circuitos de la identidad: la memoria autorreferente, la autodescripción, la personalidad, la conciencia de sí mismo.

El día en que un escáner cerebral determine si el Alzheimer o alguna otra demencia ha destruido el yo de una persona, bastará con tomar imágenes que demostrarán que ciertos circuitos no funcionan ya”.

William Seeley, otro destacado investigador en la materia, señala que “del conocimiento de las regiones que intervienen en la representación de uno mismo se pasará al de las células que las componen, y de ahí al de las moléculas constituyentes”, lo que indica que el conocimiento cabal de nuestra consciencia aún se encontraría en etapas tempranas.               

                                                                                                                                                                                                         

Dr. Miguel A. Cedeño T.

El autor de este texto es el doctor Miguel A. Cedeño T., psiquiatra y catedrático de Psiquiatría Clínica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Panamá. 

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