(Parte III) La consciencia humana: una perspectiva neurobiológica (Demencias y negligencia)

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Dr. Miguel A. Cedeño T.

Ronald Reagan fue el 33er gobernador de California durante dos períodos seguidos desde 1967 a 1975, y el 40° presidente de los Estados Unidos, igualmente por dos períodos consecutivos, desde 1981 a 1989.

De origen humilde y principios conservadores, su enorme carisma lo convirtió primeramente en actor de cine, profesión que le sirvió de peldaño para incursionar, y luego ascender, en el mundo de la política donde obtuvo los logros antes señalados.

Años después de su muerte, acaecida en el 2004, su hijo menor, Ron, escribió una obra en la cual señala haber notado un comportamiento extraño en su padre durante la campaña electoral de 1984, cuando su rival era el demócrata Walter Mondale.

Luego añadiría: “Se me hundía el alma al verle luchar para dar respuestas, perdido en sus notas, sin saber qué decir, parecía cansado y desconcertado“… “La pregunta, entonces, de si mi padre sufrió las primeras etapas del Alzheimer cuando aún era presidente se responde prácticamente sola“, sentencia en el libro.

Aun cuando sus médicos de la época sostienen que el expresidente no manifestó indicios de enfermedad de Alzheimer hasta un año antes del diagnóstico, en 1993, hay indicios de que no fue así.

En 1990, meses después de dejar la presidencia, en una declaración ante el comité que investigaba el escándalo Irán-Contra, Reagan fue incapaz de recordar el nombre del jefe de la Junta de Estado Mayor, general John Vessey.

En noviembre de 1994, cuando ya era evidente su enfermedad, informó de su padecimiento en una carta manuscrita dirigida a toda la nación.

Años más tarde, al pasar frente a una foto en la que estaba él mismo, posando junto a su esposa Nancy en plena luna de miel presidencial, le preguntó a la enfermera que lo acompañaba: “¿Quién es ese hombre que está junto a Nancy en el sofá. Creo que le conozco. Es un tipo muy famoso”.

El asunto se torna más dramático si tomamos en cuenta que el hombre que manejaba el famoso maletín atómico, mediante el cual se autoriza un ataque nuclear, había iniciado su declive cognitivo.

La enfermedad de Alzheimer es un trastorno neurocognitivo grave o demencia de origen neurodegenerativo, a la vez que grave, bastante frecuente.

Se manifiesta por un deterioro cognitivo y trastornos conductuales, y se caracteriza en su forma típica, por una pérdida de la memoria inmediata y de otras capacidades mentales (tales como las capacidades cognitivas superiores), a medida que mueren las células nerviosas (neuronas) y se atrofian diferentes zonas del cerebro.

Esta pérdida neuronal resulta en una atrofia de las regiones afectadas, incluyendo una degeneración en el lóbulo temporal y parietal y partes de la corteza frontal y la circunvolución cingulada.

Obviamente, el daño estructural afecta las áreas de corteza primaria y corteza secundaria (asociación), pero también algunas áreas subcorticales asociadas a las emociones.

A medida que avanza la enfermedad, van apareciendo síntomas muy deteriorantes como las afasias (incapacidad de producir o comprender el lenguaje), las agnosias (incapacidad para reconocer objetos, personas, sonidos, olores o tamaños), las amnesias (pérdida parcial o completa de la memoria) y las apraxias (pérdida de la capacidad de llevar a cabo movimientos de propósito, aprendidos y familiares).

Los trastornos neurocognitivos graves o demencias, pueden tener diferentes causas además de la neurodegeneración de origen desconocido que se produce en el Alzheimer.

Así, pueden originarse por un accidente cerebro vascular o la baja perfusión de oxígeno cerebral en forma sostenida, por un traumatismo craneoencefálico severo, por una infección bacteriana, viral o priónica que ataque al cerebro como en algunos casos de SIDA o la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob.

Pueden ser secundarias a otras enfermedades que afecten al sistema nervioso central como la enfermedad de Parkinson o la esclerosis múltiple.

Incluso pueden ser de corte genético como en la enfermedad de Huntington (ligada al cromosoma 4).

Cada una de ellas tiene manifestaciones particulares, pero en todas se van afectando de manera progresiva las funciones cognitivas de la persona hasta producir un gran deterioro de su personalidad y finalmente la muerte.

Al analizar el caso del entonces presidente Reagan y la sintomatología de las diversas formas de demencia, podríamos ver que conservaba el primer sector de consciencia, la vigilia, pero finalmente quedaron muy afectados sus otros dos sectores de consciencia, es decir, su lucidez o claridad de conciencia y su conciencia del yo (orientación).

A medida que avanzó su enfermedad, Reagan aparecía sin lucidez y desorientado con respecto al medio y a su persona, al punto de no reconocerse en una foto junto a su esposa.

Una persona también puede perder la consciencia por alteraciones en su hemisferio derecho cerebral.

Si una persona tiene una interrupción brusca del flujo sanguíneo del hemisferio derecho (relacionado con funciones cognitivas espaciales), puede perder la consciencia tanto de sí mismo como del entorno.

Un paciente con esta condición, que quede hemipléjico del lado izquierdo, no es consciente que está paralizado de ese lado y es incapaz de captar todo lo que hay de ese lado, tanto en su entorno como de su propio cuerpo.

Si uno se acerca al paciente por el lado izquierdo, éste no se dará cuenta de nuestra presencia, a pesar de que gire la cabeza y nos mire.

Igualmente, el paciente sólo leerá las páginas del lado derecho de un libro, dibujará el lado derecho de las cosas y comerá los alimentos del lado derecho de un plato de comida.

No reconocerá ni su brazo ni su pierna izquierda, no se vestirá ni se bañará de ese lado y sólo se peinará el lado derecho de su cabeza.

Esta condición se denomina el síndrome de negligencia espacial cerebral o heminegligencia, muy relacionado al síndrome de heminegligencia sensorial, que es la incapacidad de responder a un estímulo que pueda estar presente en el lado opuesto a la lesión cerebral.

La negligencia espacial suele ir asociado a la anosognosia, que es la incapacidad para reconocer o percibir que se tiene una afección.

Esta última afección va acompañada además por una disminución de la actividad del giro angular (situado en la parte posterior del lóbulo parietal), que es donde se integra la información sensorial del cuerpo y del entorno, por eso es esencial para la consciencia de uno mismo.

La misma también tiende a deteriorarse en los casos avanzados de Alzheimer.

Además de todas las afecciones de la lucidez y la orientación señaladas en esta parte del artículo, existen otras alteraciones de la consciencia del yo corporal:

  • La dismorfia o dismorfofobia corporal (no aceptación o franco rechazo de algunas particularidades del cuerpo que se autoperciben distorsionadas o exageradas).
  • La asomatognosia (el YO vivencia la inexistencia o desaparición del propio cuerpo).
  • El miembro fantasma (sensación de persistencia de un miembro amputado y por tanto separado objetivamente del cuerpo).
  • La heautoscopia (vivencia persistente de verse así mismo desde fuera del propio cuerpo, como si fuera efectivamente visto por otro).                       

Para que exista autoconsciencia es necesaria una combinación de percepciones sensoriales en una corteza cerebral intacta.

Así, para tener la sensación de que una parte de nuestro cuerpo nos pertenece, también la corteza premotora es muy importante, ya que allí se integra la información que viene de los sentidos (ojos, oídos, gusto, tacto), del órgano del equilibrio, de los músculos, los tendones y las articulaciones (propiocepción).

En la siguiente parte de este artículo continuaré profundizando sobre los mecanismos y alteraciones del segundo y tercer sector de consciencia, quiere decir, la lucidez y la consciencia del yo u orientación.

Dr. Miguel A. Cedeño

El autor de este texto es el doctor Miguel A. Cedeño T., psiquiatra y catedrático de Psiquiatría Clínica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Panamá

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