El racismo desde la Neurociencia

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Autor: Dr. Miguel A. Cedeño T

“Los atormentados almendros salvajes del Jardín Botánico de Kirtenbosch son los restos de una cerca plantada en 1660 por Jan van Rieebeck, el jefe de los primeros pobladores holandeses que llegaron al Cabo de Buena Esperanza. Con ella pretendía mantener apartados a los pastores hotentotes que habitaban el extremo sur del continente africano. Las órdenes que había recibido Van Rieebeck eran explícitas: ni él ni el grupo de hombres que le acompañaba debía mantener contacto alguno con los indígenas salvo para conseguir vegetales y carne fresca”.

Alfonso Rojo, La Odisea de la tribu blanca.

La evolución de nuestro cerebro nos ha hecho diferentes al resto de los organismos vivos del planeta.

Su gradual evolución fue desembocando en una compleja red de vasos sanguíneos, neuronas y vías neurales agrupadas en cuatro lóbulos, que unidos, tienen la forma de una nuez producto de sus surcos y circunvoluciones externas.

De esta complejidad también ha emanado un complejo producto: la conducta humana, estudiada predominantemente bajo el concepto de mente humana.

Tan complejo es nuestro cerebro, y por ende la mente humana, que el mismo ha originado conductas tan dispares que a veces resulta difícil de comprender.

Y es que de este órgano maravilloso proviene la escritura, el arte, la filosofía, pero también las guerras, el colonialismo, la esclavitud y el racismo.

Los recientes acontecimientos surgidos a raíz del asesinato del ciudadano afroestadounidense, George Floyd, mismos que conmovieron al mundo, ha puesto el tema del racismo nuevamente en primera plana, por lo que deseo analizar y explicar algunos aspectos de esta problemática desde el punto de vista de la Neurociencia, más específicamente, exponer qué pasa en el cerebro de una persona racista.

No obstante, el fenómeno del racismo se da en personas de diferentes razas, y la discriminación humana también suele surgir hacia una cultura, ideología y religión diferentes a la propia.

Si escudriñamos los confines históricos del ser humano en el planeta, pareciera que el racismo lo ha acompañado desde épocas muy tempranas.

Sin embargo, el pasaje evocado al principio del escrito, y que se enmarca en el siglo XVII, alude a los primeros colonizadores blancos (holandeses, luego llamados bóeres) de la actual Sudáfrica.

Dicho pasaje parece el inicio de un sistema de racismo férreo y que luego se constituyó en una doctrina de Estado, el desdeñado Apartheid, que segregaba a los pueblos originarios de piel cobriza, y luego a los negros, de los blancos invasores, sistema que persistió hasta bien avanzado el siglo XX.

Así, el Apartheid pasó a la historia como símbolo del Estado racista.

Una síntesis de 18 investigaciones basadas en técnicas de neuroimagen, realizada por especialistas de la Universidad de Nueva York, en Estados Unidos, ha revelado que el cerebro humano utiliza los mismos circuitos neuronales, tanto para juzgar a una persona por motivos étnicos como para procesar emociones o tomar decisiones (Nature Neuroscience. 2012).

El estudio destaca el importante papel de la amígdala, junto con otras regiones del cerebro, en la expresión inconsciente del prejuicio racial, así como en su posterior control social.

Jennifer Kubota, primera autora de la compilación, también destaca el papel de la corteza prefrontal dorsolateral (modula la actividad de la amígdala), la corteza de la cíngula anterior (incide en la regulación de funciones cognitivas racionales como la empatía y las emociones), y la circunvolución fusiforme (influye en el reconocimiento de caras).

Según el doctor Larry Sherman (2018), profesor de Neurociencia en la Universidad de Ciencias y Salud de Oregon, Estados Unidos, el mecanismo racista, apelando a la resonancia magnética funcional, se da así: “Dentro de los milisegundos de ver una cara, las personas pueden captar las señales visuales de raza, género y edad aproximada.

Cuando a los varones blancos estadounidenses se les mostraron destellos de caras caucásicas desconocidas como parte de un estudio de la Universidad de Stanford, la primera área del cerebro que se activó fue el giro fusiforme.

Por otro lado, cuando se les mostraban rostros de personas de color, la respuesta del giro fusiforme se retrasó y la primera área del cerebro en responder fue la amígdala, responsable de la respuesta de lucha o huida; la cara no era una cara, sino una amenaza”.    

Por otra parte, la profesora Jennifer Richeson, neurocientífica del Dartmouth College, Nueva Hampshire, Estados Unidos, también destaca el papel de la amígdala, ya que una de las funciones de esta estructura es interpretar qué puede ser una amenaza para nosotros, para después, despertar la sensación de rechazo, de incomodidad o de alarma.

Así, ha podido observarse cómo el cerebro de un racista activa al instante la amígdala al ver personas de otras razas u otras etnias.

Sin embargo, Richeson también destaca el rol de la corteza prefrontal al agregar que cuando se activa el “sistema de miedo”, las áreas prefrontales entran en acción para analizar la situación.

Su objetivo es pensar racionalmente, analizar la situación y disuadir o calmar ese sistema automático del miedo y el rechazo.

Este control cognitivo es clave para restar impulso al prejuicio, algo que no se da en el cerebro de un racista.

Por último, Richeson resalta el papel del cuerpo estriado, vinculando a éste con un proceso mediante el cual optamos por la conformidad social.

Es decir, hay personas que adhieren a lo que dice el grupo, a lo que defiende su familia, los amigos o una parte de la población, porque se activa un sistema de recompensa.

Aunque estas ideas evidentemente estén muy parcializadas, el cuerpo estriado ventral genera, ante las mismas, una recompensa liberando los neurotransmisores dopamina y serotonina.

Este mecanismo, instintivo y muy primitivo, permitía al grupo de nuestros primigenios, en el pasado, mantenerse unido y desconfiar de otros individuos ajenos a esa unidad social.

Sin embargo, otra interesante investigación realizada en niños por Eva H. Telzer y tres colegas de la Universidad de California, Estados Unidos, sugiere que los prejuicios de raza neuronales no son innatos, y que la raza es una construcción social, aprendida con el tiempo, ya que este pudiera aparecer a partir de la pubertad. Estudios previos sobre la raza que utilizaban resonancia magnética funcional en adultos, habían encontrado que la amígdala, la parte del cerebro que registra las emociones y sobre todo la detección de amenazas, se iluminó al ver los rostros de otras razas.

Sin embargo, en el estudio con niños, la amígdala no se activaba hasta que los participantes pasaban la edad de 14 años.

Molenberghs (2013) aclara que el racismo es un problema muy complejo, no sólo a nivel social (área donde la Antropología y las Ciencias sociales aportan otros puntos de vista), sino también en el cerebro.

No hay una sola área del cerebro involucrada en el mismo, al contrario, una compleja red de regiones cerebrales implicadas en la categorización social, la autopercepción, la empatía, el dolor y la percepción de la cara está involucrada en el racismo y otras formas de sesgos dentro de un grupo y discriminación fuera del mismo.

Dr. Miguel A. Cedeño T.

El autor es psiquiatra y catedrático de Psiquiatría Clínica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Panamá

2 comentarios en «El racismo desde la Neurociencia»
  1. Muy interesante el artículo, nos deja mucho que pensar sobre la discriminación no exclusiva contra personas de diferente raza sino también contra diferentes culturas, ideologías y religiones. Podemos ver que además del fuerte constructor social, también hay un impacto biológico importante que determinan parcialmente nuestras interacciones en este mundo social en que vivimos.

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