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El Gobierno Nacional –a través de los ministerios de Educación y Cultura– reconoció la trayectoria en las letras del insigne autor panameño Ernesto ‘Neco’ Endara y lo condecoró con la Medalla Rogelio Sinán Foto cortesía Meduca

Prólogo

En el tejido cambiante de los recuerdos aparece una presencia que no se limita a relatar, sino que resguarda. Su lenguaje se instala como un espacio de persistencia en medio de lo que se dispersa, sosteniendo aquello que el tiempo amenaza con volver borroso.

Más que un simple ejercicio de escritura, su labor se afirma como una atención sostenida a lo vivido, una manera de mantener abierto el vínculo entre lo que fue y lo que aún insiste en perdurar. En ese gesto, la literatura se vuelve un modo de cuidado.

Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.

La condecoración como resonancia de una obra duradera

En el reconocimiento que nombra trayectorias y al mismo tiempo las condensa en un instante simbólico, su huella reaparece como una figura que no se agota en el homenaje, sino que lo desborda y lo reubica.

La Condecoración Rogelio Sinán, al mérito de toda una vida, no parece en su caso un punto de llegada, sino la confirmación de una continuidad creativa que se ha sostenido durante décadas: la de una voz que ha insistido en evocar el territorio incluso cuando este se fragmenta en versiones dispersas de sí mismo. La idea de patria no aparece como unidad fija, sino como una construcción que se reescribe en sus propios restos discursivos, entre lo que se pierde y lo que insiste en volver a ser dicho.

Hay distinciones que celebran una obra; esta, en Endara, reconoce también una forma de habitar la memoria como práctica vital. En su prosa no hay simple acumulación de historias: hay un gesto de resguardo, una vigilia en la que lo vivido se resiste a caer del todo en el olvido.

Sus textos no funcionan como instrucciones ni como sistemas cerrados, sino como señales que orientan hacia emociones persistentes. Dirigen la mirada a rincones donde la experiencia colectiva se pliega y regresa. Como en ese universo donde la infancia emerge en ciclos de evocación que recuerdan a Pantalones cortos y Pantalones largos, no como títulos aislados, sino como paisajes de nostalgia que dialogan entre sí.

En una ciudad donde el reconocimiento suele llegar tarde o de manera incompleta, la noticia del galardón se percibe menos como cierre que como una resonancia extendida. Ernesto Endara, “Neco”, aparece aquí no únicamente como autor, sino como una silueta que ha sabido tejer episodios donde lo cotidiano adquiere un espesor compartido.

Su creación se mueve entre la observación de lo mínimo y la recuperación de aquello que insiste en perdurar en la conversación colectiva. Como en esas tertulias donde el lenguaje no solo resuena, sino que reactiva una comunidad vivida en común, hecha de sombras que sobreviven en la remembranza más que en los archivos.

Multifacético, ‘Neco’ Endara fue descrito por Javier Alvarado, presidente del Consejo Nacional de Escritoras y Escritores de Panamá, durante la entrega de la distinción en la Ciudad de las Artes como un «escritor total» y «el biógrafo literario de la ciudad de Panamá», pues además de ser marino en aguas de África, Europa y América, fue docente en la Escuela Náutica, bombero y gestor de calderas, decidió dedicarse a la literatura y nos legó novelas, colecciones de cuentos, poemarios, obras periodísticas y dramáticas de gran realce y valor intelectual y estético. La imposición de la Medalla Rogelio Sinán y la entrega de la Resolución Ejecutiva estuvieron a cargo de la ministra de Cultura, María Eugenia Herrera (Fuente: Meduca)

La casa de lo que permanece

En ese universo, el discurso parece nacer de un lugar en el que todo conserva rastro: una casa que se erige como archivo vivo, en la que los libros no solo se leen, sino que parecen seguir respirando, mientras los signos quedan suspendidos en espera de lectura.

Allí, algunas narraciones no se agotan en la ficción: se convierten en lugares de regreso donde lo narrado insiste en reaparecer. Como ocurre en piezas como Cerrado por duelo o Un lucero sobre el ancla, donde el silencio no es vacío, sino una forma de manifestación que busca ser nombrada.

Escribir no se reduce a relatar: implica afirmar que algo merece seguir siendo visible. En sus historias, las voces que han sido desplazadas regresan como ecos que no terminan de apagarse, y los personajes se configuran menos como invenciones que como vestigios recuperados por la expresión. Incluso cuando el relato parece concluir, queda una vibración que prolonga lo dicho hacia lo que todavía no ha encontrado forma de desaparecer.

Esa continuidad se desplaza igualmente hacia lo histórico, donde la memoria compartida se configura a partir de presencias que insisten en regresar para ser escuchadas de nuevo. En ese umbral, teatro y narración se cruzan, y la escritura adquiere una fuerza de reverberación particular. En El fusilado, Victoriano Lorenzo se manifiesta no como hecho del pasado, sino como una figura viva del relato, devolviendo vigencia a lo que la historia oficial había intentado borrar.

El mundo de Endara, además, no es únicamente textual: está habitado por una atmósfera concreta, casi material. Hay una forma de humedad, de penumbra y de niebla que no solo acompaña, sino que parece ayudar a recordar. El entorno participa de la reminiscencia, como una capa que sostiene lo evocado. En ese ambiente íntimo, lo cotidiano se vuelve un archivo sensible, donde cada objeto parece guardar una historia latente. El espacio doméstico prolonga así la prosa.

El reconocimiento del Premio Rogelio Sinán, entonces, no actúa como clausura biográfica, sino como una inscripción dentro de una persistencia mayor: la de una literatura que se interroga constantemente por el campo que la produce y la atraviesa. No un país fijo, sino uno que se recompone en sus textos, en sus ecos fragmentados y en sus voces que retornan desde distintas épocas.

La Ley 14 del 7 de febrero de 2001 respalda la entrega de la Medalla Rogelio Sinán al declarar el 25 de abril de cada año como el Día del Escritor y la Escritora Panameña. Esta fecha conmemora el natalicio del escritor Bernardo Domínguez Alba, conocido literariamente como Rogelio Sinán, nacido en la isla de Taboga.

Porque hay expresiones que no buscan agotarse en una forma definitiva, sino mantenerse en movimiento. La de Endara pertenece a esa condición: la de un verbo que no solo describe la escena, sino que la sostiene en su duración. Incluso ahora, cuando la condecoración parece fijar su imagen en un reconocimiento institucional, su producción continúa funcionando como lo ha hecho siempre: como una manera de evocar que lo vivido no termina mientras pueda ser dicho, como en ese latido constante de Tic… Tac, donde el pulso no se detiene, sino que se escucha, insistente, como la respiración de la voz.

Así, el premio no detiene nada. Apenas ilumina, por un momento, una trayectoria que ha sabido mantenerse fiel a una intuición constante: que la literatura, en este horizonte de cruces, reapariciones y huellas superpuestas, no es solo testimonio, sino también una forma de permanencia hecha de dicción, recapitulación y respiración compartida.

Por: Mario García Hudson