La Asociación Española de Pediatría (AEP) considera fundamental visibilizar el impacto de los conflictos armados sobre la infancia y promover una respuesta integral
Por: AEP
Las guerras están transformando la infancia de millones de niños en todo el mundo. Más allá de las víctimas directas de la violencia, los conflictos armados destruyen sistemas sanitarios, interrumpen programas de vacunación, agravan la malnutrición, dificultan el acceso al agua potable y dejan profundas secuelas físicas y emocionales que pueden acompañar a los menores durante toda su vida.
Ante esta realidad, el 72º Congreso de la Asociación Española de Pediatría (AEP) dedicó una sesión específica a analizar el impacto de los conflictos armados sobre la salud infantil y los retos que plantean para los profesionales sanitarios, bajo el título ‘La guerra contra la infancia: ¿qué podemos hacer? Impacto y retos para la Pediatría’.
La sesión contó con la participación de la doctora Maite De Aranzabal, miembro del Comité de Cooperación Internacional de la AEP; Vicente Raimundo, director de Cooperación Internacional y Acción Humanitaria de Save the Children España y Aitor Zabalgogeascoa, coordinador de emergencias de Médicos Sin Fronteras.
Según datos de UNICEF, más de 470 millones de niños viven actualmente en zonas afectadas por conflictos armados, la cifra más alta registrada hasta la fecha. Esto significa que uno de cada cinco menores en el mundo crece expuesto a la violencia, el desplazamiento forzoso, la pérdida de servicios básicos o la incertidumbre permanente sobre su futuro.
La AEP considera fundamental visibilizar el impacto de los conflictos armados sobre la infancia y promover una respuesta integral que incluya no solo atención sanitaria de emergencia, sino también acceso al agua, nutrición adecuada, recuperación de los sistemas de salud, apoyo psicológico especializado y vigilancia epidemiológica continuada.
La guerra, una amenaza para la salud
“Cuando hablamos de salud infantil solemos pensar en enfermedades, vacunas o tratamientos. Sin embargo, la salud de un niño también depende del acceso al agua, a la alimentación, a la educación y a un entorno seguro”, ha recordado la doctora Maite De Aranzabal durante la sesión.
Los conflictos armados exponen a millones de menores a heridas traumáticas, quemaduras, amputaciones, desplazamientos forzosos y violencia. Como ha explicado Vicente Raimundo, “los niños no sufren la guerra igual que los adultos. Su organismo en desarrollo los hace especialmente vulnerables a las armas explosivas, que provocan lesiones más graves, mayor riesgo de traumatismos craneoencefálicos, hemorragias, quemaduras extensas y secuelas permanentes”.
Según los datos presentados durante la sesión, entre 2020 y 2025 más de 67 000 niños resultaron muertos o heridos por armas explosivas en conflictos armados. Solo en Gaza, más de 50 000 menores habían muerto o resultado heridos hasta septiembre de 2025, convirtiéndose en uno de los escenarios más devastadores para la infancia de las últimas décadas.
A las consecuencias físicas se suma el deterioro progresivo de las condiciones de vida. “La destrucción de hospitales, centros de salud, redes de agua y saneamiento dificulta el acceso a la atención médica y favorece la aparición de enfermedades infecciosas como la polio, el cólera, la hepatitis A, la sarna o las diarreas masivas asociadas al consumo de agua contaminada”, ha alertado Aitor Zabalgogeascoa. Además, el colapso de los sistemas sanitarios deja sin tratamiento a niños con patologías crónicas como diabetes, asma, epilepsia o cáncer.
La guerra también alimenta otra crisis: el hambre. Zabalgogeascoa ha recordado, además, que “la inseguridad alimentaria y la desnutrición se han convertido en una de las principales amenazas para la supervivencia infantil en numerosos contextos de conflicto, especialmente durante los primeros años de vida”. La destrucción de cultivos, las dificultades para acceder a alimentos y las restricciones a la ayuda humanitaria comprometen el crecimiento y el desarrollo de millones de niños.
La herida invisible: salud mental y pérdida de la infancia
Junto a las consecuencias físicas, la guerra deja profundas secuelas psicológicas y emocionales. El miedo constante, la pérdida de familiares, el desplazamiento forzoso, la interrupción de la escolarización y la exposición continuada a situaciones traumáticas pueden alterar el desarrollo emocional y neurológico de los niños.
Los expertos advierten de que el estrés tóxico mantenido durante la infancia aumenta el riesgo de trastornos de salud mental, dificultades de aprendizaje y problemas de desarrollo que pueden persistir durante años. En muchos contextos humanitarios, además, los servicios especializados de salud mental pediátrica son prácticamente inexistentes.
«Los niños no solo pierden sus hogares o sus escuelas. En demasiadas ocasiones pierden también las condiciones necesarias para desarrollarse, aprender y construir un proyecto de vida«, ha subrayado la doctora Maite de Aranzabal.
Un compromiso ético de la Pediatría
Durante la sesión, los participantes han insistido en que la protección de la infancia en contextos de conflicto debe formar parte de la agenda de la salud global y de la responsabilidad de los profesionales sanitarios.
“La ética médica nos exige algo más que neutralidad. Defender el derecho de todo niño, sea de donde sea y viva donde viva, a la salud, la seguridad y la dignidad no es una postura política; es un imperativo profesional”, ha destacado De Aranzabal.
“Los niños no pueden convertirse en víctimas colaterales de la indiferencia global”, han concluido los expertos.
Con información de la AEP

