Neurobiología del embarazo y la maternidad

Pixabay

Dr. Miguel A. Cedeño T.

En la Biblia aparece un pasaje conocido como el de las dos mamás. El mismo describe que un día fueron a ver al Rey Salomón dos mujeres con un bebé. Le dijeron que vivían en la misma casa, que cada una tuvo un hijo, pero que uno de los bebés había muerto; y ahora ambas mujeres querían el bebé que estaba vivo.

Cada madre decía que era su bebé, por lo que le pidieron al Rey Salomón que les dijera quién se podía quedar con él. Salomón quería saber cuál de las mujeres era la madre del bebé y tuvo una idea magnífica.

Pidió una espada y dijo a uno de sus sirvientes que partiera al bebé en dos y le daría una parte a cada mujer. Salomón no pensaba herir a la criatura; sólo quería ver la manera en que reaccionaban las mujeres, pues sabía que la verdadera madre del niño no permitiría que se le hiciera daño. Una de las madres dijo a Salomón que no partiera al bebé en dos.

Ella no quería que le hicieran daño porque lo amaba, y dijo que la otra mujer se lo podía llevar. La otra mujer le dijo a Salomón que lo partiera en dos. Entonces Salomón supo quién debía quedarse con el niño, porque la verdadera madre no quiso que le hicieran daño; y Salomón se lo dio a ella.

Basado en el pasaje bíblico anterior, el Rey Salomón, reconocido por su sabiduría como el Sabio Salomón,no dejó dudas de su conocimiento sobre la intensidad del vínculo madre-hijo, vínculo que el creador del Psicoanálisis, Sigmund Freud, describiría como el más fuerte existente entre los humanos. Ahora ¿por qué y cómo se produce este vínculo desde lo biológico? A continuación comparto algunas consideraciones al respecto.

Es conocido que ya desde el embarazo, las hormonas involucradas en el mismo provocan cambios en las regiones del cerebro que gobiernan el comportamiento materno.

Estos cambios conductuales acompañan a la maternidad en casi todos los mamíferos. Estudios sugieren que las alteraciones inducidas por las hormonas en el cerebro femenino provocan que las madres estén más alertas, más entregadas y más sintonizadas con las necesidades del hijo, a la vez que mejoran su memoria espacial y aprendizaje.

Incluso, se piensa que el desarrollo de la conducta materna constituyó uno de los principales motores de la evolución del cerebro de los mamíferos. Los expertos también piensan que las ventajas cognitivas adquiridas por las mujeres durante la maternidad son de larga duración.

El famoso etólogo estadoudinense, Frank A. Beach, demostró en 1948  que el estrógeno y la progesterona, las hormonas de la reproducción femenina, regulaban la agresividad, la sexualidad y otras respuestas en ratas, hámsteres, gatos y perros, y más adelante los psicólogos Daniel S. Lehrman y Jay S. Rosenblatt, demostraron en la Universidad Rutgers de Newark, Nueva Jersey, Estados Unidos, que en las ratas, la manifestación del comportamiento maternal requería de las mismas hormonas.

Igualmente, el neurocientífico Robert S. Bridges, de la  Escuela de Medicina Veterinaria Cummings de la Universidad de Tufts en Massachusetts, Estados Unidos, observó junto a su equipo, que la producción de estrógeno y progesterona aumentaban en determinados momentos del embarazo y que el comportamiento maternal dependía de la interacción entre las hormonas y de la eventual disminución de su concentración.

Por su parte, Alan R. Gintzler, en ese momento profesor de Bioquímica y Jefe de la Escuela de Medicina de la Universidad de Nueva York, Estados Unidos, describió incrementos en la concentración esta vez de endorfinas en el transcurso de la preñez de una rata, sobre todo justo antes del parto. Además de preparar a la madre para los dolores del  parto, sostuvo que las endorfinas también podrían activar el comportamiento maternal.

Además de los cambios hormonales, otra de las transformaciones durante el embarazo se da en la plasticidad neuronal, es decir, la capacidad del sistema nervioso para cambiar su estructura y funcionamiento como reacción a la diversidad del entorno.

En relación a lo anterior, Lory Keyser-Marcus en la Universidad de Richmond, Virginia, Estados Unidos, demostró que el volumen del cuerpo celular de las neuronas, además de la longitud y el número de dendritas del área preóptica medial del hipotálamo en ratas preñadas aumentaba a medida que progresaba la preñez.

Tras el parto, las neuronas de esta área dirigen la atención y la motivación de la madre hacia su  “camada”, capacitándola para el cuidado, protección y alimentación de las crías mediante toda la gama de comportamientos maternales. (Scientific American. Jan 2006).

Por su parte, Michael y Marylin Numan y col., demostraron que en el cerebro de las ratas hembras, la responsabilidad de gobernar la conducta materna compete al área preóptica medial, y que la lesión o Inyección de morfina en esa área hipotalámica interrumpe el comportamiento característico de la madre. (Behav Cer Res. 2005 Marzo 7;158(1):53-68).  

De la misma forma, Graig H. Kinsley y Kelly G. Lambert, llegaron a la conclusión en un experimento, que es de suponer que otras regiones del cerebro también sufren cambios relacionados con los riesgos de cuidar el nido y la cría, como por ejemplo, buscar alimento para sobrevivir.

Ambos concluyeron que dos cambios cognitivos mejorarían la eficacia de la rata en la ejecución de esta arriesgada tarea, uno sería el aumento de la destreza para buscar alimentos, ya que una mayor capacidad espacial para desplazarse por el entorno reduciría el tiempo que pasa alejada del nido, y el otro correspondería a una disminución del miedo y la ansiedad, lo que le ayudaría a tomar la decisión de abandonar el nido, encontrar comida con mayor prontitud y la armaría de valor para enfrentarse a un ambiente hostil. (Scientific American. Jan 2006).

Los mismos autores en otro estudio observaron que las ratas progenitoras eran más propensas a investigar el territorio y menos propensas a permanecer quietas.

Detectaron además una disminución de la actividad neuronal en la región CA3 del hipocampo y la amígdala basolateral, dos zonas que regulan el estrés y las emociones. La reducción del miedo y del estrés además del aumento de las habilidades espaciales, asegura que la progenitora se decida a abandonar el nido para conseguir comida y regresar lo antes posible al hogar. (Physiology & Behavior 80 (2003) 163).

En esta misma línea, Natalie Karp, Angela Orthmeyer y Naomi W. Hester, también estudiantes de la Universidad de Richmond, Virginia, Estados Unidos, demostraron en otro experimento, que las madres preñadas son más rápidas que las no preñadas en la depredación.

En un recinto de 1.5 metros donde se escondía un grillo, las ratas sin preñar tardaron unos 270 segundos en descubrir la presa y las lactantes sólo 50 segundos. También en  investigaciones con animales, Kazuhito Tomizawa y su equipo en Japón, comprobaron que inyecciones de oxitocina en el cerebro de ratas no preñadas mejoraron su memoria a largo plazo, probablemente mediante el incremento de la actividad enzimática que refuerza las conexiones neurales en el hipocampo (estructura asociada a la memoria), en cambio la inyección de inhibidores de la oxitocina en el cerebro de ratas progenitoras perjudicaba su rendimiento en actividades relacionadas con la memoria. (nature neuroscience • volume 6 no 4 • april 2003).

Por último, a nivel molecular, Colin D. Ingram y su equipo de la Universidad de Bristol, en el Reino Unido, concluyeron en sus experimentos que los cambios adaptativos en ratas preñadas se dan por la marcada reducción de la respuesta hipotálamo-pituitaria-suprarrenal al estrés físico o psicológico, cambios que se inician durante el embarazo y se prolongan durante toda la lactancia.

Según ellos, lo anterior se debe a la atenuación de la activación del núcleo paraventricular del hipotálamo, que a su vez es consistente con una disminución de la expresión de ARN mensajero de nur77 (un factor de transcripción intracelular del receptor nuclear NR4A), la cual es inducida por estrés. (Brain Research. Vol 1358, 28 octubre 2010, Pags. 102-109).

Igualmente, se han hecho diversas investigaciones sobre este tema en mujeres. Al respecto, debemos partir que durante el embarazo los ovarios y la placenta producen grandes cantidades de estrógeno y progesterona, las hormonas reproductivas femeninas.

Además, el hipotálamo y la hipófisis producen oxitocina (que provocan las contracciones del parto) y prolactina (que estimula las glándulas mamarias), y endorfinas (que pueden aliviar los dolores del parto), y por las investigaciones en animales señaladas anteriormente, sabemos que estas sustancias afectan el cerebro femenino de diversas formas.

En esta gama de investigaciones, Semir Zeki y Andreas Bartels, observaron que las regiones cerebrales que regulan la recompensa se activan cuando la madre se limita a contemplar a su hijo. (NeuroImage 21 (2004) 1155 – 1166).  

En tanto James Swain y Lane Strathearn examinaron con resonancia magnética el cerebro de la madre mientras oía el llanto del infante y los patrones de actividad guardaban semejanza con el de las ratas, es decir, la región del área preóptica medial del hipotálamo y las cortezas prefrontal y orbitofrontal aparecían activadas. (J Child Psychol Psychiatry. 2007; 48(0): 262–287).

De igual forma, R. M. Pearson, S. L. Lightman y J. Evans, junto a su equipo, compararon a 101 mujeres durante las primeras etapas de gestación con un grupo similar, pero en etapas más tardías.

Encontraron que las mujeres en etapas más avanzadas puntuaban más alto a la hora de decodificar expresiones de amenaza como miedo, rabia o disgusto. Ellos creen que esta habilidad es una respuesta evolutiva que prepara a las mujeres para proteger y responder a las demandas de su cría.

La rapidez para leer señales de miedo (una amenaza visible), disgusto (amenaza ambiental) y rabia  (amenaza física directa), les permite reaccionar con anticipación a los peligros, e igualmente, las hace tremendamente hábiles para entender y  reaccionar ante el lenguaje no verbal de un bebé. (Hormones and Behavior. Vol. 56, Número 5, Nov. 2009, Pags 557-563).

Por su parte Alison S. Fleming y su equipo en la Universidad de Toronto, Canadá, demostraron que las madres humanas reconocen olores y sonidos de sus pequeños probablemente por un aumento de sus capacidades sensoriales.

Las parturientas con mayores niveles de cortisol muestran mayor atracción y motivación hacia los olores de sus bebés y mayor destreza para reconocer su llanto.

A través del aumento de cortisol, el estrés de la maternidad puede estimular la atención, la vigilancia y la sensibilidad, reforzando los vínculos maternofiliales. (Hormones and Behavior 47 (2005) 112 – 122).

Los experimentos anteriores, tanto en animales, como en humanos, indican que la experiencia reproductora fomenta cambios cerebrales en los mamíferos que hace variar el comportamiento y la destreza, sobre todo en las hembras.

Así, la conducta maternal parece haber evolucionado para aumentar las posibilidades de éxito de las hembras, y no queda duda, que son muchos los beneficios cognitivos que la maternidad aporta a medida que el cerebro materno va superando el reto reproductor.

Dr. Miguel A. Cedeño T.

El autor de este texto es el doctor Miguel A. Cedeño T., psiquiatra y catedrático de Psiquiatría Clínica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Panamá.