fbpx

Por Faitha Nahmens Larrazábal

Faitha Nahmens LarrazábalPeriodista venezolana, es comunicadora social, escritora e investigadora. Es autora de Franklin Brito, anatomía de la dignidad y coautora de Ahora van a conocer al diablo

La vocación, ese misterio que se vincula con pasiones y habilidades, o en sueños de ser, encuentra temprano a Mauricio Rondón Rondón que, imberbe aun, no sólo está persuadido de que estudiará medicina sino de que será cardiólogo. ¿Por qué? No lo tiene del todo claro: porque también ama la música —su padre es compositor— y pintar. Solo sabe con certeza que ese músculo humano que late en ritmo oscilante sería el que querría socorrer el resto de su vida.

Que ese órgano que nos acompaña siempre, el que primero se forma en el embrión y el último que cesa en sus funciones cuando toca partir, será objeto de sus cuidos más devotos.

No erró al decidir la profesión.

Esa pieza vital ubicada a la izquierda del pecho donde suelen estacionarse las emociones —y que además de sangre se supone que bombea amor— es su apostolado.

Luego de 41 años de ejercicio, y la víspera de sus 70 (cumple años el 17 de marzo) el cardiólogo más celebrado en Venezuela en estos días suma al rimero de logros y récords una suerte de marca que habla no solo de un don o de constancia sino de tenacidad, dadas las circunstancias: 10,000 marcapasos colocados por sus manos en los corazones atribulados de todo el país que han necesitado de este adminículo para monitorear que vaya bien su latido.

Corazones de adultos y niñitos, estos casos los que, confiesa, consiguen poner el suyo en baja frecuencia. Triste. “He visto de todo pero nunca logro reponerme con facilidad del trance de abrirle el pecho a un pequeño y colocarle un marcapasos, me da… dolor”, dice bajito, en tono de confidencia.

Pero coraje tiene. Para sostenerse y sostener a los que llegan a su consulta, en el tercer piso del Hospital Clínico Universitario esperando a un milagrero o blandiendo un diagnóstico de pronóstico reservado. Toca la puerta una madre y le enseña un récipe.

El doctor Rondón empieza a leer y la señora no aguanta más, se quiebra. Sabe que puede desahogarse con el que tiene los conocimientos: será sincero y eso definirá el qué hacer; o, mejor, tendrá a mano argumentos sólidos para consolarla.

La respuesta es contundente. “No llores, esto no es un diagnóstico acabado, el doctor que te remitió aquí tiene sospechas y quiere salir de dudas antes del tratamiento cardiológico, así que levanta esa cara, tienes que ser fuerte por tu hijo: que se haga los exámenes y luego vuelves”, le dice en un tono que intenta el sermón pero va licuándose en miel.

La señora le ha mostrado una recomendación de biopsia, no tiene dudas acerca de cuál es la enfermedad que se debe descartar, o no. Casi agradecida, secándose las lágrimas, acepta el responso como una forma disimulada de empatía. Lo asumirá como una recomendación de esperanza.

“El venezolano es un luchador, se deprime pero se levanta, cae pero no se queda lamiéndose las heridas, lo veo todo el tiempo: es tenaz, es así como seguimos adelante, como sorteamos la adversidad”.

Corazones tristes no ve a menudo, más bien lastimados y latiendo; partidos pero recompuestos. Con todo y lo que vivimos no lideramos las cifras de infartos. Guapeamos, dice enfático. Coraje es una palabra cuya raíz está emparentada con corazón.

Según el doctor, nuestro coraje no es solo una asociación etimológica. “No, no, tampoco es rojo nuestro saldo en relación a contagios de Covid, si nos comparamos con otros países donde el sistema de salud está mejor equipado y mejor organizado”, según dice, y aunque no lo parezca.

“Como nos quedamos guardados durante la pandemia, eso definió nuestro perfil”. Médico que para operar debe ataviarse con un peto cuyo peso puede oscilar entre 8 y 12 kilogramos, para evitar que las radiaciones que aparecen en el quirófano lo toquen, demuestra en carne propia la valentía de la que habla. “Igual, casi no tengo vellos en los brazos por la inevitable exposición”.

Hay que hacer, no arredrarse, dice el médico que no solo opera o examina o instala marcapasos: es también uno que los busca aunque para ello haya que mover cielo y tierra.

“Uno tiene una especialidad, pero en realidad ahora mismo debe hacer de todo: si estás comprometido no solo estarás tratando de curar a tus pacientes sino de arrimarle el hombro al propio hospital”. O sea, no solo ha colocado 10,000 marcapasos en 41 años de ejercicio sino que en el discurrir de esos 14.760 días ha desafiado, sobre todo ahora, crisis y carencias.

Los pide, los busca, los encuentra. Hace gerencia. Hace de arqueólogo. Se entrevista con un recomendado de una institución privada, la que quede, sin problemas. O está atento a los donantes. Y sin duda recurre a Misión Pueblo Soberano o al Ministerio de Salud.

Cita entonces a su colega hace pocos años fallecido Roberto Curiel Carías, cardiólogo del Centro Médico Docente La Trinidad: “Él decía que solo 20 por ciento de la gente se preocupa y además se ocupa. Que 30 por ciento solo parece mostrar preocupación, y que el 50 por ciento restante se encoge de hombros: ni lo uno ni lo otro”.

Fe tiene, y no porque incluso reconozca que todo médico, en algún momento, juegue a dios.

Tiene incluso claro cuál ese momento: “Cuando para colocar el marcapasos desconectas por unos segundos el corazón del paciente y el electro traza una línea horizontal: a ese instante de no vida lo llamamos el momento del diablo, luego reconectas y el pulso, felizmente, regresa”.

El marcapasos es un adminículo cada vez más pequeño, si antes pesaba 22 gramos ahora pesa 6 y es del tamaño de la tapa de un bolígrafo. Los conoce al dedillo. Las marcas, las conveniencias de unos y otros, los avances. Ha ido a congresos en medio mundo con el auspicio de distintas empresas fabricantes, en cuyos simposios ha aprendido mucho más que instalarlos, también por su empeño y relaciones consigue muestras.

Luego de estudiar 6 años de medicina, luego de dos años más formándose como internista, luego de otros dos preparándose en terapia intensiva, cursa los dos años de cardiología. Eureka: en total los 12 años que ha devorado literatura científica y haciendo prácticas, suma que en realidad es un siempre.

Hay que actualizarse todo el tiempo; añádanse a sus afanes los cursos en Italia, Alemania y Suecia.

Se trata este doctor de un hombre inquieto que podría definirse como una unidad médica él solo. Una red en sí mismo. Y alguien a quien no solo los pacientes le siguen los pasos (y constituyen la sempiterna cola que aguarda en los pasillos por sus atenciones).

Padre de 5 hijos, todos son egresados en medicina o farmacia o formados como fisioterapeutas. Puede inferirse que a veces el misterio de una vocación se depeja: si la del poeta la encendió una madre que le leyó desde la cuna cuentos a su hijo o la de chef la exacerbó una abuela golosa que cocinó dulzuras junto a la nieta mientras le permitía que jugara al bosque con los árboles de brócoli, con los Rondón queda claro que esta es un llamado de la sangre. Herencia.

Lo que sí es cosa suya y muy particular es su talante: confiesa que no se ve en lo absoluto como monedida de oro o terrón de azúcar. Pero quizá los suyos, bien por ellos, tengan el carácter templado y sin melindres del progenitor, que no le hace ascos a asumir lo importante, polarizaciones aparte, y esta siempre es la vida.

El doctor Rondón tiene no solo curriculum: también cuentas claras a favor y la sana costumbre de cuidar de sí: no fuma ni bebe.

Por añadidura cree en el país. Y está convencido de que lo que le hace falta son puntos de sutura. En medio de los aplausos que se ha granjeado en las redes, y en medio del caos, asiente: sí, lo suyo es resolver. Es lo que hace: sanar, salvar, y haciéndolo se siente libre, jamás descorazonado. Seguro, dice, que en eso ayuda el sol. El de este trópico que nos impele a seguir a todas luces. Donde hay de sobra vitamina D.

Actualización: Por un involuntario error, el texto original decía 40,000 marcapasos. La cifra fue actualizada: se trata de 10,000. Ofrecemos disculpas a los consecuentes lectores.