Hay una situación de especial gravedad por la rápida propagación del fuego, “la simultaneidad de varios frentes activos, la afección a zonas habitadas y el riesgo para la población, las infraestructuras y el medio natural”
Redacción LWS
El Ministerio del Interior, ante la evolución de los incendios forestales en los términos municipales de Villa del Prado y San Martín de Valdeiglesias, en la Comunidad de Madrid, así como en el de Burgohondo, en la provincia de Ávila (Comunidad Autónoma de Castilla y León), ha declarado el Nivel 3 de emergencia de protección civil, “al apreciarse un interés nacional derivado de la gravedad de la situación y de la necesidad de reforzar los mecanismos de coordinación y respuesta del Estado”.
La disposición está contenida en el Boletín Oficial del Estado, de fecha viernes 24 de julio de 2026, conforme a la orden que “declara la emergencia de interés nacional en el territorio de la Comunidad de Madrid y en la provincia de Ávila como consecuencia de los incendios forestales”.
La Comunidad de Madrid “ha solicitado la declaración de la emergencia de interés nacional para su ámbito territorial. Asimismo, atendiendo a la afectación al territorio de la provincia de Ávila, se considera necesario extender la declaración a dicha provincia”.
Hay una situación de especial gravedad por la rápida propagación del fuego, “la simultaneidad de varios frentes activos, la afección a zonas habitadas y el riesgo para la población, las infraestructuras y el medio natural”.
Además de la concurrencia de estos incendios, destacan “condiciones meteorológicas especialmente adversas y la necesidad de movilizar un importante volumen de recursos de distintas administraciones públicas”, lo cual “ha incrementado significativamente la complejidad de las labores de extinción y protección civil”.
Esta declaratoria de emergencia persigue atender la magnitud de la emergencia, la peligrosidad de los incendios y la necesidad de garantizar la máxima protección de las personas, los bienes y el medio ambiente.
En virtud de la declaratoria de emergencia, corresponde al ministro del Interior la dirección de la emergencia, “que comprenderá la ordenación y coordinación de las actuaciones y la gestión de todos los recursos estatales, autonómicos y locales del ámbito territorial afectado, de conformidad con el artículo 30 de la Ley 17/2015, de 9 de julio”.
La Dirección Operativa de la Emergencia se encomienda a la Unidad Militar de Emergencias.
Histórico de superficies quemadas
De acuerdo con un artículo de la Agencia SINC, “España es el país de la Unión Europea con más superficie quemada en lo que llevamos de año con más de 120 000 hectáreas, según los datos actualizados del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS, por sus siglas en inglés). Le siguen muy de lejos Italia (con 48 000) y Francia (con 46 000)”, indica María G. Dionis, quien firma la información.
“Los datos provisionales del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (Miteco) apuntaban que, hasta el 12 de julio, los incendios habían arrasado algo más de 60 000 hectáreas, que ya representaba el triple que el año pasado por esas mismas fechas.
La superficie quemada se ha disparado en las últimas semanas. Entre el 9 y el 15 de julio se quemaron 23 249 hectáreas y, desde el 16 hasta el 22 de julio hasta se han quemado 43 337, el peor dato de 2026 en el país. Este aumento está principalmente representado por el incendio de La Mierla (Guadalajara) que ha arrasado más de 32 000 hectáreas, aunque se encuentra en fase de estabilización”.
Análisis y medidas preventivas
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Víctor Fernández-García, profesor del Área de Ingeniería Agroforestal en la Universidad de León, dice:
“Lo que estamos viendo estos años responde a la confluencia de problemas a corto plazo y problemas estructurales más a largo plazo. A corto plazo, la meteorología primaveral (lluviosa) y del verano (sequedad) son clave y tienen mucho que ver con el cambio climático. Pero estas condiciones actúan sobre un territorio que lleva décadas transformándose en un polvorín en todo el país (abandono de cultivos y aprovechamientos, acumulación y continuidad de la vegetación, expansión de las zonas residenciales hacia el monte, y plantaciones y matorrales cada vez más cerca de los núcleos de población)”.
El experto señaló que “la vegetación de la zona tiene un papel determinante. En cuanto a su composición, se trata de vegetación bastante propensa al fuego e inflamable (como ocurre en casi todo el país), con bastantes pinares de pino resinero y piñonero, o zonas densas de matorral”.
En relación con la protección de las viviendas, sostuvo que “determinadas urbanizaciones, edificaciones e instalaciones colindantes con terrenos forestales deben disponer de un plan de autoprotección y mantener una franja perimetral libre de vegetación seca y con el arbolado poco denso. También deben gestionarse las parcelas sin edificar, los accesos y las cunetas”.
El problema es que aprobar normas y planes, sostuvo, no garantiza su aplicación, ya que en ocasiones son zonas con pequeñas fincas privadas, con numerosos propietarios y, en ocasiones, abandonadas, lo que dificulta enormemente la gestión.
“No podemos impedir desde un municipio o comunidad autónoma la próxima ola de calor, pero sí gestionar la vegetación, que es lo que alimenta el fuego”, exhortó.
“Tratar todas las zonas de riesgo de forma mecánica sería inviable económicamente, por lo que debemos complementar los trabajos de prevención tradicionales con alternativas eficientes como las quemas prescritas. Incluso se debería plantear dejar arder determinados incendios de poco riesgo, como son muchos incendios de invierno o primavera, ya que esas zonas quemadas actuarán como grandes cortafuegos durante unos años”.
Juli G. Pausas, profesor del CSIC en el CIDE (Centro de Investigaciones sobre Desertificación), Valencia, dice:
«Es la crónica de una situación anunciada. Una vez hemos aceptado, como sociedad, cambiar el clima, estos incendios pasan a estar dentro de la normalidad; es decir, es lo que esperábamos.
Desde hace décadas se viene anunciando que, si seguimos aumentando las temperaturas, las consecuencias pueden ser muy negativas, incluyendo el incremento significativo de la actividad (frecuencia, tamaño e intensidad) de los incendios.
Con estas temperaturas y olas de calor que estamos viviendo actualmente, casi cualquier tipo de vegetación puede arder”.
Entre otras soluciones y medidas preventivas, recomienda:
- Generar heterogeneidad en el paisaje (mosaicos), es decir, fragmentar las grandes superficies forestales, alternando con zonas poco inflamables (por ejemplo, zonas agrícolas) y así crear paisajes que generen regímenes de incendios más sostenibles, tanto ecológica como socialmente.
- Potenciar los incendios pequeños, frecuentes y de baja intensidad, ya sea aprovechando incendios naturales fuera del verano o realizando quemas prescritas.
- Estimular, en la medida de lo posible, la actividad rural extensiva. La introducción de herbívoros, ya sean nativos (rewilding) o ganado (rebaños privados o municipales), puede reducir la cantidad de combustible y, por lo tanto, limitar los incendios (y facilitar las quemas prescritas).
- Realizar un manejo agresivo de la vegetación alrededor de viviendas en la interfaz urbano-forestal; en estas zonas, también se debe potenciar la autoprotección y la asunción de responsabilidades y costes por vivir en paisajes inflamables.
- Limitar la interfaz urbano-forestal, es decir, limitar la expansión de urbanizaciones y polígonos industriales en zonas rurales y naturales».
Eduardo Rojas Briales, profesor de la Universitat Politècnica de València y exsubdirector general de la FAO, respondió a la pregunta ¿a qué se debe la intensidad de estos tres incendios?
«La voracidad de los incendios que afectan a Toledo, Madrid y Ávila responde a una acumulación de factores entre los que destacan dos años seguidos muy lluviosos con un súbito parón de lluvias en mayo y la llegada inmediata del verano con altas temperaturas constantes y baja humedad. A ello se suma que se trata de la zona del sistema Central con menor precipitación por la reducción de la altitud de las cotas más altas y, por ello, una vegetación más xerófita y proclive a quemar que en otras áreas del sistema Central.
A todo ello se une un desplazamiento hacia el norte del contraalisio (viento de origen tropical seco y cálido del SW) en los últimos años que se precipita a tierra en zonas elevadas al sur del carrusel de borrascas templadas y que se conoce bien en Tenerife y La Palma, en los incendios de los pinares más elevados. Finalmente, la fuerte presión inmobiliaria de Madrid y la calidad de estos paisajes ha generado muchas construcciones dispersas en parte anteriores a una regulación urbanística moderna y que comportan muchos riesgos y distracción de efectivos».
En relación con las medidas para impedir que las llamas causen daños, propone:
«Implementar los planes indicados y, en el caso de casas aisladas, revisando la vegetación y elementos ligeros de madera o plástico existentes para impedir que el fuego afecte a las viviendas. Igualmente, complementar la infraestructura para asegurar siempre una doble salida/entrada y señalización adecuada».
Víctor Resco de Dios, profesor de Ingeniería forestal y Cambio global de la Universidad de Lleida e investigador de Agrotecnio, se refirió a la necesidad de crear paisajes mosaico, donde se crean discontinuidades en el paisaje: zonas donde la intensidad de las llamas disminuye y los bomberos pueden apagar los incendios.
“Se dice que los pinos y eucaliptos son culpables de los incendios. La realidad es que el 70 % de lo que quema son matorrales y que la superficie de pinares afectada está disminuyendo (los incendios en eucaliptales siempre han sido anecdóticos, pues ocupan una superficie muy pequeña). Por el contrario, los estudios nos indican cómo los espacios protegidos arden cada vez más, precisamente por esa continuidad en la vegetación y en la biomasa (lo que no quiere decir que los espacios protegidos sean malos, sino que hay que gestionar el combustible y el fuego)».
Recomendó «gestionar el combustible, la biomasa, lo que quema en un incendio. Debemos gestionar 1 millón de hectáreas a escala nacional, centrados en unos ejes de confinamiento a escala nacional y regional, puntos estratégicos a escala de macizo y luego, adicionalmente, a escala local con los planes de prevención».
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