Hay vidas que merecen ser narradas no solo por lo que hicieron, sino por todo aquello que despertaron en quienes fueron testigos de su paso. Algunas existencias quedan enlazadas a una etapa, a una forma de sentir y a una manera particular de celebrar la existencia.
La trayectoria de Raúl Ortiz, nacido el 20 de octubre de 1933, pertenece a esa dimensión de la memoria colectiva donde las notas sonoras se convierten en testimonio de una vivencia compartida. Su recorrido habla de disciplina, sensibilidad y entrega; de una persona que encontró en la expresión creativa una forma de dialogar con su pueblo y dejar una señal perdurable
Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.
Hay artistas cuya verdadera dimensión no se mide solamente por los escenarios que ocuparon, sino por lo que permanece en quienes los escucharon después de su partida. Su legado pertenece a ese territorio donde el arte sonoro deja de ser entretenimiento para transformarse en pertenencia, encuentro y herencia.
Corrían los años cincuenta y Panamá encontraba en sus salones, sus fiestas y sus noches de baile una nueva manera de vivir la vida. En ese tiempo, un joven egresado del colegio Artes y Oficios, guiado por una profunda pasión por la música, emprendió la creación de una orquesta destinada a unir compases, voces y emociones bajo una misma personalidad sonora.
No era únicamente el deseo de formar un conjunto artístico; detrás de aquella iniciativa existía la intuición de que una melodía podía acercarse a distintas edades, reunir comunidades y convertirse en el reflejo de una sociedad que buscaba expresarse con alegría y movimiento.

Así nació una agrupación que, con el paso de los años, encontraría un lugar privilegiado en el corazón de varias generaciones. La Súper de Raúl Ortiz no fue solamente una formación orquestal; fue un punto de encuentro para la juventud de aquellos años que encontraba en los bailes escolares, los saraos y aquellas noches de fiesta una forma de disfrutar y encontrarse, mientras la cadencia parecía detener el paso de las horas.
Su sonido recorrió salones emblemáticos y espacios donde una ciudad entera aprendió a bailar consigo misma. Desde La China, La Francesa y Savoy “en Colón”, hasta el Jardín San Francisco, el Casino Viña del Mar, el Hotel Washington y el Club Tropical, sus músicos llevaron una mezcla vibrante de guarachas, danzones, boleros y tamboreras panameñas.
Cada presentación era también una forma de contar la historia cotidiana de un país: parejas que se encontraban, familias reunidas y jóvenes que descubrían en aquellos ritmos un lenguaje común más allá de las diferencias.

Pero su huella no quedó encerrada en las ciudades. Viajó por pueblos donde las fiestas patronales eran una manera de reunirse, compartir y conservar la alegría. Santa Librada, Chepo, Chimán, Taboga, Otoque, Bejuco, David y Chame fueron parte de ese recorrido donde acompañó bailes, encuentros y momentos que permanecieron en el recuerdo de la gente.
A inicios de los años sesenta llegó uno de los capítulos más importantes de su trayectoria: su participación como elenco de planta en el famoso show de Blanquita Amaro. Aquella presencia confirmó que la propuesta del maestro había alcanzado una madurez capaz de dialogar con grandes escenarios y audiencias masivas.
Su labor también se enlaza con algunas de las voces más reconocidas del continente. Junto a la orquesta compartieron escenario figuras como Daniel Santos, Alberto Beltrán, Carlos Argentino, Nelson Pinedo, Ñico Membiela, Vitín Avilés, Frankie Figueroa y Celia Cruz, entre muchos otros intérpretes que encontraron en sus músicos un respaldo de calidad.
La presencia de estos grandes nombres revela la dimensión de un proyecto musical que supo respaldar a destacados intérpretes en distintos escenarios y ocupar un lugar significativo dentro del entramado cultural latinoamericano de entonces.
El director también tuvo un papel importante en la proyección del talento nacional. Detrás de su trabajo estuvieron artistas de enorme presencia como Marta Estela Paredes, Solinka, Juan Coronel, Roberto “Bobby” Small, Bolita Gómez, Camilo Rodríguez, Azuquita, Meñique, Beto Ovalle, Carlos Vásquez, Quique Arosemena, Beto Dubois, Beby Yanis, Claudio Ávila y Bambarito Moreno, nombres que dejaron una impronta imborrable.

Su vocación no terminó en los escenarios. Con la intención de conservar aquello que el olvido suele llevarse, dejó registrado un repertorio de 16 piezas que hoy integran el patrimonio sonoro panameño. Temas como Ases del volante, Sopa de jabón, Mi china dice, La era del botón, Últimas noticias y El Chinche permanecen como pequeñas cápsulas de una realidad donde la expresión sonora tenía la capacidad de reunir a desconocidos alrededor de una misma emoción.
Ese registro adquiere un valor especial porque guarda no solo grabaciones, sino también la atmósfera de una colectividadque encontraba en las notas una forma de acompañar sus celebraciones, sus nostalgias y sus esperanzas.
Los reconocimientos recibidos —entre ellos el Búho de Oro, el Mercurio, el Nocturno y Tele Ondas— representaron el reconocimiento público a una trayectoria dedicada a enriquecer el patrimonio artístico de Panamá.
El nombre de Raúl Ortiz permanece presente entre quienes vivieron aquellos carnavales, aquellos toldos y aquellos años entre los cincuenta y setenta, cuando sus interpretaciones podían convertirse en la banda sonora de toda una comunidad.
Cada época tiene sonidos que funcionan como puertas hacia el pasado. Basta una antigua composición para que regresen rostros, lugares y momentos que parecían dormidos, demostrando que la música conserva aquello que los años se niegan a borrar.
Algunos músicos no solo ejecutan instrumentos: dejan marcas perdurables. Y mientras una melodía antigua despierte una sonrisa, una pareja vuelva a bailar o alguien reconstruya en su mente una noche lejana acompañada por una canción familiar, la obra del maestro seguirá encontrando nuevos espacios donde resonar.
Por: Mario García Hudson

