Francisco Lorenzo Buckley García: el latido eterno de la salsa panameña (17 de julio de 1966 – 23 de julio de 2025)

julio 29, 2026
Francisco Lorenzo Buckley García

Al cumplirse un año de su partida, evocamos con profunda gratitud a quien fue un hermano menor por el afecto, la amistad y la convivencia que compartimos; aquel con quien siempre fue un privilegio intercambiar la palabra y descubrir, en cada conversación, que la música trascendía su dimensión artística para convertirse en alimento del espíritu, refugio del alma y puente invisible capaz de hermanar corazones.

Su recuerdo permanece vivo, no solo en el eco de sus tambores, sino también en la calidez de su amistad y en la sabiduría serena con la que comprendía el poder fecundo del ritmo y de la vida

Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.

En la entrañable costa de Panamá, donde el mar murmura antiguos relatos y el viento transporta el pulso de los ancestros, nació Francisco Buckley Hijo, el insigne Francisquito, eco viviente de un legado que desafía el paso del tiempo. Su figura resuena como un soneto en el golpe certero de la tumbadora y en el aliento que vibra al compás de la salsa, género que engrandeció con talento y entrega inquebrantable.

Más que un músico, fue un tejedor del sonido que moldeó armonías con la paciencia del artesano y la sensibilidad del poeta, entendiendo que cada nota constituía un hilo sagrado en el inmenso telar de la memoria colectiva.

Desde su infancia, en la comunidad de San Felipe, entre calles donde convivían la luz y la sombra, comprendió que el lenguaje de la música no era simplemente algo para escuchar, sino una manera de vivir, sentir y entregarse por completo, con el alma y el corazón.

Su historia comenzó entre los ecos vibrantes de las grandes orquestas cubanas, inspirado por el tambor de su progenitor, que despertó en él el amor por las vibraciones musicales, impulsándolo con un profundo deseo de crear y pertenecer.

Esa pasión lo llevó desde los escenarios de Panamá hasta tierras lejanas de América y Asia, donde encontró nuevos públicos sin perder jamás el acento de sus raíces.

Bajo la sombra luminosa de su padre, conocido cariñosamente como “Bush”, forjó una expresión propia cimentada en la percusión y en un profundo respeto por los saberes heredados.

De él recibió la cadencia y la disciplina del oficio, pero supo transformar ese legado en una voz singular que, junto a su familia, llevó con orgullo la bandera de la salsa panameña. Cada presentación se convirtió en una celebración de la identidad, del mestizaje cultural y de la fortaleza de un pueblo.

Pero Francisquito no solo brilló sobre los escenarios. Fue también un maestro generoso que compartió sus conocimientos a través de su programa «El Poder de la Timba», donde sembró disciplina, amor por lo sonoro y respeto por las tradiciones en nuevas generaciones de artistas.

Para él, enseñar era prolongar la vida del ritmoy asegurar que la herencia cultural continuara latiendo en otras manos.

Su obra fue puente entre generaciones y refugio para quienes encontraron en la creatividad una razón para soñar. Cada interpretación rindió homenaje a sus profundas raíces afroantillanas y a la inmensa riqueza cultural del pueblo panameño, dejando una huella imborrable en la historia musical del país.

Como la brisa marina que nunca deja de soplar, su influencia permanece viva en el pulso de la salsa, en la energía del bongó y en la conciencia colectiva de quienes siguen encontrando en su trayectoria una fuerza renovadora para crear, celebrar y perseverar.

Fue hijo del maestro, custodio de la tradición y, al mismo tiempo, transformador incansable. Su existencia es un poema sin punto final; una melodía que continúa expandiéndose; una voz que trasciende fronteras geográficas y generaciones.

Así vive Francisquito: eterno en la cadencia de la danza, en las manos de los percusionistas, en la sonrisa de quienes compartieron su arte y en el latido profundo de Panamá.

Amigo entrañable, maestro generoso, percusionista de alma inmensa y hermano de tambores, sembró alegría en los escenarios que iluminó y dejó en sus interpretaciones una marca imborrable de fraternidad y devoción.

Su espíritu continúa resonando en los golpes que despiertan al pueblo, en los compases que definen la unión y en aquellos que comprenden que el vínculo colectivo es también recuerdo, encuentro y esperanza.

Su nombre es inspiración; su vida, creación; y su presencia, unafuerza imperecedera que invita a escuchar, sentir y celebrar la vibrante esencia de la existencia.

Por: Mario García Hudson