La autora mexicana es sagaz, y desde el título de su obra nos plantea un híbrido, una suerte de despiste parecida a la que experimentamos al buscar nuestra puerta de embarque en el aeropuerto o la ruta del bus
Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural: Literatura Panameña pcrenes@gmail.com

Artículo por: Pedro Crenes Castro

Dugongo (Penguin Random House/Yegua de Troya, 2026), leído o pronunciado, remite a una palabra africana, pero no, no es eso, y cuando sabes qué es un dugongo y miras una foto, parece que es un manatí, pero tampoco lo es: arranca el viaje, con sus equívocos que lo van constriñendo.
Ale Oseguera y «las rutas para el extravío»
El viaje es un motivo clásico y engañoso. Clásico como herramienta narrativa y engañoso porque nunca nos podemos fiar de lo que depara, lo que lo convierte de inmediato, como ya sabemos, en una metáfora perfecta de la vida: el viaje es la vida y vivir es viajar hacia un destino que determinamos, pero al que nunca llegamos indemnes: hay siempre algo en el camino que condiciona nuestra mirada del destino al que llegamos.
Ale Oseguera (Guadalajara, México, 1982), es sagaz, y desde el título nos plantea un híbrido, una suerte de despiste parecida a la que experimentamos al buscar nuestra puerta de embarque en el aeropuerto o la ruta del bus, esas primeras incertidumbres que no faltan al emprender un viaje.
Dugongo (Penguin Random House/Yegua de Troya, 2026), leído o pronunciado, remite a una palabra africana, pero no, no es eso, y cuando sabes qué es un dugongo y miras una foto, parece que es un manatí, pero tampoco lo es: arranca el viaje, con sus equívocos que lo van constriñendo.
Además, esta novela parece (hablando de despistes) un cuaderno de bitácora, otra forma clásica de consignar el «clásico» viaje, y que remite a otro «clásico» cuaderno, en el que se apunta un diario, que puede ser de viaje, y ahora tenemos el bloguerismo viajero, «clásico» también, o las cuentas de Instagram, que no son otra cosa que un cuaderno de viaje con fotos que flota en el ciber espacio, y es allí donde Oseguera, sagaz de nuevo, quiebra las formas «clásicas», y con los trozos construye una «bitácora collage» proponiéndonos una ruta de viaje apasionante, que nos hace rebotar en la psicología de unos personajes a los que podemos amar y despreciar a partes iguales porque, ¿no es la mala vibra o el desprecio un viaje emocional con sus idas y venidas?
«Hay dos maneras de gestionar el hecho de estar perdido», dice un personaje, «o lo resuelves o lo habitas» (Ale Oseguera es generosa con sus personajes secundarios, y les da frases de esas redondas y memorables), y es aquí donde está la clave de esta novela, crónica, bitácora, diario, registro, Instagram de tinta: los viajes no son inocentes, ninguno, ni el más corto para ir a comprar champiñones al mercado, son siempre una posibilidad de resolución o de habitación, y esta novela nos mantiene en esa disyuntiva emocional, interviniendo nuestro propio viaje con la peripecia de la protagonista.
Lula, mexicana que vive en Barcelona, está lidiando con su pasado de enferma de depresión, con una familia que siempre estuvo rota y espera que decida sobre la herencia paterna, con el presente de su relación con Arnau, con su pasado y sus posibilidades que no fueron con Quiel, que llama a su vida de nuevo, y todo ello, siendo afectado por el viaje que emprende por el Sudeste Asiático, poniéndonos de manifiesto cómo el viaje siempre es afectado por la vida que late debajo del viajero, su dermis emocional y sentimental.
El lector entra y sale de teorías antropológicas (que son heridas y dudas con aparato académico), reacciones más o menos ideológicas sobre la familia, las grandes injusticias del colonialismo y cómo lo viven los otros, la «remigración», la religión, la política, que enciende acaloradas disputas muy tensas, el amor, la pareja, las posibilidades de emprender otro viaje dentro del propio viaje: un paisaje híbrido como el dugongo que da nombre a la novela y nos adelanta su forma.
Pero están las emociones, están los anhelos del alma, la búsqueda que es siempre una forma de viaje, los asomos a la psicología de la madre, el padre y el hermano de Lula (construidos de forma brillante por Oseguera), y asistimos al desarrollo del viaje que nos deja entrever cómo el conflicto familiar de Lula se resuelve (o no), e intuimos su respiración viajando a su final de modo dramático, donde vemos extinguirse la discusión familiar mientras se transporta un infierno por el paraíso.
Una brillantez poética esta novela, hay mucha poesía por el ritmo de la prosa y por los poemas insertos que podemos leer. Las imágenes suenan, brillan, cantan con una armonía bullente que anticipa los grandes zarpazos de emoción reflexiva. Para muestra, Nocturno de las tierras altas (awas significa en malayo o indonesio «cuidado», y al pronunciarlo suena como «aguas», que en México, se utiliza para decir también «cuidado»).
solo en desbandada
curvatura de las tierras altas
verde cumbre nido
de la humeante boca de la noche
awas, el camino ruega precaución
hay señal de vida en el abismo
amarillosas larvas gordas pulsando como incendios
ventanas gotas de ámbar correteando hacia el cielo
fuegos fatuos danzando en botellas de cristal
los merantis son arrancados de raíz por las jirafas de acero
awas, el parpadeo es una insinuación
rumbo a la fosca noche del desvelo
viaja en el vientre eléctrico de un insecto
trémulo el sueño de mi piel sombra
voz rota que arrastras del tiritar el frío
voz rota agazapada en el anhelo
¿dónde calentarás el agua para el té?
un hombre hambriento apaga el paso de las jirafas
en un manto de neblina se enraíza el corazón de las tierras altas.
awas, la sombra ruega descanso
temerosa carne no se deja acariciar
No dejen de viajar con Dugongo, y la prosa de Ale Oseguera, sumérjanse en el viaje de regreso, pero no se fíen: el final solo es el comienzo, porque viajar es un presente continuo mientras haya vida.
Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural Literatura Panameña | pcrenes@gmail.com

Pedro Crenes Castro (Panamá, 1972), es escritor. Columnista y colaborador en varios medios panameños y españoles. Ha ganado dos veces el premio Nacional de Literatura Ricardo Miró de Panamá y dicta talleres literarios. Vive en España desde el año 1990.

