La novela pierde cuando el escritor trabaja empeñado en precisiones históricas, y el acartonamiento llega con la pretensión de verdad cuando lo que pide la ficción es verosimilitud
Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural: Literatura Panameña pcrenes@gmail.com

Artículo por: Pedro Crenes Castro

A algunos autores les complace que sus novelas pasen por libros de Historia, y en Panamá eso obedece al descuido que ha habido con su enseñanza, sumado a lo que llamo «asombro por impresión», que no es otra cosa que la sorpresa o el respeto abrumador que genera ver impreso un libro y conocer al autor: nadie se atreve a cuestionarlo.
De la novela histórica, otra vez: Texto corregido y ampliado
Si Literatura es el «conjunto de las producciones literarias de una nación, de una época o de un género» —así dice el DRAE—, muy pronto, en la historia de su estudio, se compartimenta en «géneros», para poder observar con detenimiento las distintas formas de abordar el mundo por medio de la escritura. Entre esos géneros está la novela, y dentro de ella, el subgénero llamado «novela histórica», estudiado, cartografiado y hasta construido en algunos casos con intereses que van más allá de lo literario.
La vieja etiqueta o apellido viene de lejos, pero no por vieja hay que aceptarla sin más. Allí está el trabajo de Georg Lukàcs, La forma clásica de la novela histórica (1937), un hito y fundamento crítico discutible (como toda buena crítica literaria) y más cerca en el tiempo, José-Carlos Mainer, en su excelente libro La escritura desatada. El mundo de las novelas (2000 y 2012), retrata con maestría el género y advierte que, «al hablar de esto, lo hacemos de una tendencia del mercado literario y de una demanda del circuito de lectores mid-cult (los que todavía creen en el valor “cultural” de la lectura) lo que, de otro lado, no es cosa liviana ni debe despacharse con un mohín de desdén».
La novela pierde cuando el escritor trabaja empeñado en precisiones históricas, y el acartonamiento llega con la pretensión de verdad cuando lo que pide la ficción es verosimilitud. ¿Quiere decir esto que la novela debe ser imprecisa, anacrónica y hasta absurda en su cronología y detalles? No. Vargas Llosa lo articula en términos de «mentir con conocimiento de causa». Muchos escritores se parapetan detrás del calificativo «histórica» para vender obras que muchas veces no dejan de ser más que hechos históricos narrados con cierta frescura (y sesgo, siempre), perdiendo de vista el nombre, que es lo fundamental: novela.
Obras como La Guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa, El hereje, de Miguel Delibes, ¿son históricas? ¿Lo es La Fiesta del Chivo? ¿O El adversario de Emmanuel Carrère? ¿Y El general en su laberinto de Gabriel García Márquez? Cito algunas cercanas, y cuyos autores exigirían, seguro, quitarles de encima a sus novelas el apellido «históricas», pero no pasa así en Panamá, donde se empeñan algunos en construir, lo más seguro, un nicho de mercado que además apunta a un perspectivismo histórico discutible.
¿Razones para «histórica»? Si son las fuentes de las que se nutre, todos somos escritores de novela histórica. Más aun, siguiendo la ruta unamuniana, todos seriamos autores de novela «intrahistórica», toda vez que narramos una vida instalada en el torrente histórico, solo que la contamos desde dentro. Pero si la razón es que tomamos un hecho de la Historia para que los que lo conocen se acerquen a él, narrado con los mecanismos de la ficción, el autor de dicha obra está atrapado, pues los que conocen de verdad esos hechos como para disfrutar de los detalles «técnicos» siempre serán muy pocos. Así, por ejemplo, La novela de Remón, de Juan Gómez, no pasaría por histórica para un español o un uruguayo, que la juzgaría por su calidad literaria, por el buen oficio de su autor, no por su precisión histórica. Verosimilitud, no verdad.
A algunos autores les complace que sus novelas pasen por libros de Historia, y en Panamá eso obedece al descuido que ha habido con su enseñanza, sumado a lo que llamo «asombro por impresión», que no es otra cosa que la sorpresa o el respeto abrumador que genera ver impreso un libro y conocer al autor: nadie se atreve a cuestionarlo. Además, como ya está contado en «forma de novela» la «Historia» es fácil, y publicamos edición juvenil sin decir nunca que se trata de una interpretación de dichos hechos históricos, narrados en forma de novela, y que toda interpretación es arbitraria por muy documentada que esté.
La nueva novela histórica de la América Latina 1979-1992, de Seymour Menton, deja bien claro los límites del género, repasa sus antecedentes, hace un inventario de las más recientes, descarta algunas, pero, sobre todo, demuestra que no es la perspectiva que del género se tiene en Panamá. Por poner un ejemplo, se cita como novela histórica en este ensayo, entre otras panameñas, Desertores, de Ramón H. Jurado. ¿Pretendería el autor hacer pasar su novela como texto previo a la Historia que debía estudiarse? ¿Se le ocurriría que su ficción fuese una muestra de Historia? Creo que no, y es justo eso lo que se pretende hoy y que debe evitarse a toda costa: el perspectivismo.
Las novelas son novelas. Como mucho, nivolas, al decir de Miguel de Unamuno. Los que se etiquetan más allá de «novela» suelen esconder ciertas carencias del oficio. Los lectores son lectores, pero harán bien en abandonar el autoengaño de «lectura culta» por apellidar su ficción favorita de «histórica», igual que por apellidarse «romántica» no debe ser desdeñada. Si se dedican a comprobar la Historia que leen llegarán a la conclusión de que, como dije hace tiempo, «todas las novelas son mentira, hasta las históricas», y casi me lapidan entonces, pero esa es otra historia, otra novela. Histórica, cómo no.
Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural Literatura Panameña | pcrenes@gmail.com

Pedro Crenes Castro (Panamá, 1972), es escritor. Columnista y colaborador en varios medios panameños y españoles. Ha ganado dos veces el premio Nacional de Literatura Ricardo Miró de Panamá y dicta talleres literarios. Vive en España desde el año 1990.

