El trovador que convirtió el calipso en memoria panameña

octubre 21, 2026
Fotos cortesía Mario García Hudson

Un homenaje a quien convirtió las vivencias, los personajes y las anécdotas de los barrios en relatos que dieron testimonio de la vida cotidiana de una comunidad y dejaron una huella perdurable

Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.

Hay ciudades que guardan su historia en edificios, fotografías y documentos. Colón, sin embargo, también la conservó en canciones. Durante buena parte del siglo XX, entre clubes, bares, salones y reuniones familiares, el calipso fue una de las formas en que esta ciudad caribeña contó lo que veía, celebraba y aquello que despertaba sus risas. En ese universo musical surgió una figura que terminaría convirtiéndose en símbolo: Lord Cobra.

Detrás de ese nombre estaba Wilfred Methusiel Berry Gonin, nacido el 17 de octubre de 1926 en Bocas del Toro, y fallecido el 28 de abril de 2000 en Cativá, Colón. Fue compositor, trovador y calypsonian, pero esas palabras apenas alcanzan para describir una trayectoria en la que el arte fue mucho más que simple entretenimiento: se convirtió en un medio para preservar la memoria colectiva de una población y proyectarla hacia Panamá, el Caribe y otros lugares del mundo.

Su infancia y juventud transcurrieron en un ambiente profundamente marcado por la presencia afroantillana. El género había llegado al istmo con las migraciones provenientes del Caribe y encontró especial arraigo en Bocas del Toro y Colón. Con el tiempo, aquella expresión cultural dejó de ser solo una herencia traída de otras islas y comenzó a adquirir una personalidad propia, nutrida por las experiencias de quienes hicieron de Panamá su hogar.

Fue precisamente en ese entorno donde el joven Wilfred encontró una manera de expresarse. A los 16 años empezó a improvisar y componer junto con sus amigos. Aquella actividad, que pudo haber quedado como una simple afición juvenil, terminó convirtiéndose en una vocación que lo acompañaría a lo largo de su existencia.

No llegó a los grandes escenarios con la intención de convertirse en una leyenda. Su camino artístico se fue forjando, como tantas trayectorias auténticas, entre la escucha, la observación y la improvisación. Encontraba inspiración en las personas que conocía, las situaciones del barrio, las costumbres, las conversaciones y esas pequeñas escenas que para cualquiera podían pasar inadvertidas, pero que para un calypsonian podían transformarse en una composición.

Esa capacidad de observar la vida cotidiana fue una de sus grandes virtudes. No necesitaba recurrir a grandes acontecimientos para encontrar inspiración; le bastaba con prestar atención a lo que ocurría a su alrededor. El humor, la picardía y el doble sentido característicos de la tradición antillana le permitieron convertir episodios comunes en relatos capaces de divertir a una audiencia y, al mismo tiempo, dejar constancia de una época.

En el Colón de mediados del siglo XX, esa expresión artística encontró un terreno especialmente fértil. Los calypsonians eran solicitados para actuar en centros nocturnos, bares, clubes privados y otros espacios donde el entretenimiento era también una oportunidad para el encuentro social. La ciudad tenía su propio ritmo, y quienes lo interpretaban conocían bien a sus personajes, sus códigos y sus anécdotas.

El ukelele y el banjo, junto con el bajo de balde, las voces, el inglés de raíz antillana y los ritmos caribeños, daban vida a una sonoridad que ya no era simplemente extranjera, sino que reflejaba la identidad de una población que había echado raíces en el istmo.

En ese ambiente, el sobrenombre de Lord Cobra terminó adquiriendo identidad propia. Los nombres precedidos por «Lord» eran habituales entre los calypsonians y tenían un componente lúdico: permitían apropiarse, con humor, de títulos nobiliarios propios de otro mundo. En Panamá, esa tradición dio origen a nombres que formaron parte de la historia del género.

Su repertorio fue creciendo y con él su popularidad. “Banana”, “Big Nose Harold”, “Chatterbox Sparrow”, “Combination” y “Baptism” figuran entre las composiciones asociadas a su trayectoria. Unas tenían un marcado carácter humorístico; otras recogían prácticas, personajes o situaciones reconocibles para quienes las escuchaban.

“Baptism” resulta especialmente reveladora de esta capacidad de observación. La composición toma como referencia una ceremonia religiosa y la transforma en una escena llena de movimiento, humor y ritmo. Esa era una de las claves del género: hallar en la vida cotidiana historias dignas de ser contadas.

Pero quizá ninguna pieza representa mejor el alcance popular de su carrera que “Banana”, una obra que trascendió el ámbito local y llevó su música a públicos fuera de Panamá. En sus presentaciones, según testimonios de la época, esta canción era una de las que más animaban a bailar a la audiencia.

La proyección de su música tampoco se limitó a Colón. Viajó a Estados Unidos, Jamaica, Trinidad y Tobago y Costa Rica, entre otros destinos. La dimensión internacional de aquellos recorridos resulta significativa: una expresión nacida en comunidades afroantillanas del istmo podía cruzar fronteras sin desprenderse de sus raíces.

Ese recorrido internacional no debilitó su vínculo con la ciudad. Por el contrario, buena parte de su fuerza artística parecía provenir precisamente de aquel mundo que conocía de cerca. Sus composiciones reflejaban una realidad cercana y reconocible, y quizá por eso podían ser entendidas y disfrutadas incluso lejos de su lugar de origen.

Hay una diferencia importante entre hablar de una comunidad y hablar desde ella. Su obra se inscribía en esta segunda perspectiva. El idioma, el ritmo, el humor y los relatos provenían de una experiencia vivida. No contemplaba la cultura afroantillana desde afuera, sino que expresaba una realidad de la que él mismo formaba parte.

Por eso, su importancia no depende únicamente de cuántas piezas grabó o de cuántos escenarios visitó. Su verdadera dimensión se aprecia al reconocer que formó parte de una generación que contribuyó a preservar una herencia cultural en medio de las transformaciones sociales, económicas y musicales del país.

Antes de morir, había escrito “Panamá, mi tierra natal”, una composición dedicada a su país. La compartió con sus familiares meses antes de la reversión del Canal, cuando el país se preparaba para asumir plenamente la administración de la vía interoceánica.

Hay algo profundamente significativo en ese último gesto. Después de haber llevado sus interpretaciones a otros países, su mirada volvía a posarse en su patria. El hombre que había convertido anécdotas de barrio en versos dejaba también un testimonio sencillo de sus raíces: esta era su tierra.

Un siglo después de su nacimiento, la pregunta ya no es solamente quién fue aquel hombre que cantaba calipsos. Lo verdaderamente importante es descubrir qué queda de su historia cuando su canto se apaga.

Colón sigue ahí, con sus recuerdos y sus transformaciones. Siguen vivos los relatos de una población afroantillana que encontró en la música una manera de afirmar su presencia. También perduran las viejas grabaciones, los nombres de sus canciones y los testimonios de quienes aún recuerdan aquellas noches de baile.

Pero su huella va más allá de los recuerdos. Perdura una manera de mirar la vida: encontrar una historia donde otros solo ven una anécdota, descubrir humor en lo cotidiano y convertir las experiencias de una población en relatos capaces de trascender sus propias fronteras.

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Tal vez por eso su legado no necesita quedar encerrado en una vitrina ni reducido a una fecha conmemorativa. Basta con que vuelva a sonar un calipso.

Porque entonces cobran vida de nuevo las calles, los personajes, las voces y una ciudad que alguna vez encontró en el género musical una forma de contarse.

Y cuando esa música resuena otra vez, Lord Cobra deja de ser solamente un nombre de la cultura panameña. Recupera su condición de voz viva.

Por: Mario García Hudson