El ruido y las letras

octubre 16, 2026
Ilustraciones: Pedro Crenes Castro

Personalmente me gusta leer en lugares públicos, sobre todo en el Metro o en los trenes, donde el ruido de fondo de los viajeros apretujados y el cruce promiscuo de sus conversaciones, absurdas a veces y otras tan intrigantes y profundas que darían para más de un libro, actúan de mar de fondo,r

Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural: Literatura Panameña pcrenes@gmail.com

Artículo por: Pedro Crenes Castro


Me gusta la posibilidad de dejarme arrastrar por una buena lectura que te va llevando lejos de donde estás hasta el punto de que, más de una vez, me pasé la parada para ir al trabajo y llegué tarde.

El ruido y las letras

Cuentan que cuando Miguel Delibes comenzó a escribir, lo hacía en medio del bullicio de la casa familiar por interés económico, pero con el talento preciso para convertirse, como así fue, en un escritor imprescindible de las letras españolas. Cuando la cosas le empezaron a ir bien, resultó que podía alquilarse un pequeño estudio para aislarse del ruido doméstico para concentrase en afinar aún más su oficio de escritor.

Una vez allí y en la soledad silenciosa de su nueva estancia, cuando comenzaba a elaborar esa joya literaria que es Los Santos inocentes, se dio cuenta de que no podía arrancar, que le faltaba algo: el ruido. El bullicio de los hijos y después el de sus nietos, le traía desde la dimensión literaria los ecos que necesitaba para su escritura.

Eso es lo que les pasa a algunos escritores. Lo mismo Antonio Lobo Antunes, otro grande, que después de dejar su despacho del hospital psiquiátrico donde trabajaba en Lisboa, se iba todas las mañanas hasta allí, estacionaba su coche y se ponía a escribir en plena calle. Pasado el tiempo le dijeron que se quedara en el despacho suyo de antes para escribir, que qué era eso de escribir en la calle. Otra vez el ruido y no ya la furia, sino la literatura.

A los que leemos también nos pasa. Personalmente me gusta leer en lugares públicos, sobre todo en el Metro o en los trenes, donde el ruido de fondo de los viajeros apretujados y el cruce promiscuo de sus conversaciones, absurdas a veces y otras tan intrigantes y profundas que darían para más de un libro, actúan de mar de fondo, como una suerte de arrullo urbano que permite concentrarse.

Me gusta la posibilidad de dejarme arrastrar por una buena lectura que te va llevando lejos de donde estás hasta el punto de que, más de una vez, me pasé la parada para ir al trabajo y llegué tarde. «¡Se te pegaron las sábanas o qué!», me dijo ese martes, no se me olvida, el encargado. Dudé unos instantes entre hacerme pasar por un intelectual que, absorbido por la lectura subyugante de Las esquinas del aire de Juan Manuel de Prada, no le importaba parecer un irresponsable con su trabajo, todo por una buena lectura. Mentí diciendo que sí, que me había acostado tarde, que no dormí bien: confesar que me había pasado la parada por ir leyendo me hubiese convertido en ese momento en carne de burla.

¿Es tan raro depender del ruido para concentrarnos? Escritores y lectores somos tan extraños que seguro entenderán estas sensaciones. Los escritores/lectores, amantes del ruido, disfrutan con su capacidad de hacer el silencio, de apartar el ruido de forma voluntaria y victoriosa para dar paso al abandono de las letras. Los silenciosos, en cambio, tienen que echar media vida fuera de la sala de lectura, del despachito de escritura, para que en la total soledad, en el absoluto silencio, la magia de la lectura y la comparecencia de las letras funcione.

De una u otra forma, lo raro de todo esto es que al final la literatura hace acto de presencia y nos arrastra hasta sus flores como una primavera nueva, nos vuelve a fascinar, nos vuelva a esclavizar por unas horas en la que escribimos o leemos: una fascinación que no debemos dejar de vivir en silencio o en medio de una tormenta de niños felices.


Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural Literatura Panameña | pcrenes@gmail.com

Pedro Crenes Castro (Panamá, 1972), es escritor. Columnista y colaborador en varios medios panameños y españoles. Ha ganado dos veces el premio Nacional de Literatura Ricardo Miró de Panamá y dicta talleres literarios. Vive en España desde el año 1990.