Pastora: un tango que hace caminar la memoria

octubre 14, 2026
Alfredo De Angelis

“El aire se curva entre los cerros y con cada brisa surge un canto invisible.
El murmullo de la sierra se mezcla con ecos que parecen antiguos,
como si la tierra misma guardara secretos que solo la música puede revelar
«.


Por: Mario García Hudson

El autor es investigador, encargado del Centro Audiovisual de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero R.

Rastro sonoro y paisaje emocional

Algunos tangos no se escuchan solamente: se habitan, se convierten en refugios para la intimidad del alma. Pastora pertenece a esa estirpe. La obra de Alfredo De Angelis, director de orquesta y pianista nacido en Buenos Aires, convierte los gestos sencillos en expresiones poéticas y los recorridos cotidianos en imágenes de afecto y añoranza. De Angelis, conocido por su estilo elegante y contenido, construía espacios donde la voz se encontraba con la orquesta en un diálogo íntimo, respetando la expresividad de cada intérprete.

La letra, obra de José Rótulo, destacado letrista del tango argentino, combina sencillez y precisión poética. Rótulo tenía el talento de convertir escenas rurales, aparentemente simples, en metáforas cargadas de nostalgia y emoción, elevando la vida cotidiana a una dimensión casi mítica. La interpretación de Carlos Dante y Julio Martel no dramatiza: fluye con naturalidad, dejando que la emoción se deslice sin excesos. Cada respiración y cada inflexión permiten que la ternura y la melancolía convivan con naturalidad.

El inicio: quebrada, majada y “tara”

Viene serpenteando la quebrada / la pastora, su majada / y su tara, ra, ra, rá…

El verso inicial evoca el movimiento y el vínculo de la protagonista con la tierra. La majada simboliza cuidado y arraigo. El «tara» funciona como puente musical: eco, respiración y continuidad. Su repetición introduce la cadencia que recorrerá toda la obra, transformando la música en una suerte de ritual sonoro en el que perdura la esencia de lo vivido. De Angelis, con su orquesta, acompaña el ritmo de la escena mediante los recursos instrumentales, sin restarle protagonismo a la voz.

Alfredo De Angelis

Color, agua y persistencia del recuerdo

Rubia del color de los trigales / y rumor de manantiales / su tara, ra, ra, rá…

La letra entrelaza sentidos: la vista se funde con el oído, la naturaleza con lo humano. Cada «tara» de Rótulo funciona como latido, un eco que une paisaje y emoción. La interpretación musical acompaña el ritmo del andar y hace que cada repetición se perciba como un aliento que mantiene viva la presencia de la protagonista, incluso cuando su historia comienza a quedar envuelta en la ausencia.

José Rótulo

Canto y alegría como signo de vida

Canta como cantan los que sueñan en la vida, / ríe como ríen los que tienen alegrías. / Nadie le conoce alguna queja, / sólo va con sus ovejas / y su tara, ra, ra, rá…

La letra refleja vitalidad y armonía. La pastora es símbolo de una alegría serena, espontánea y cotidiana. Su risa y su canto no necesitan ser admirados: son expresión de plenitud. De Angelis permite que la música respire y que las voces de Dante y Martel se integren en el conjunto orquestal sin imponerse sobre él. El «tara» refuerza la sensación de permanencia, recordando que la alegría también encuentra su expresión en el ritmo y la cadencia.

Pérdida, misterio y evocación

Quién fue que robó tu voz, / que ya no se escucha más, / solita se ve pastar / aquella nube de ovejitas montaraz.

La voz desaparecida introduce ausencia y misterio. La nube de ovejas simboliza el curso de la vida frente al vacío. Lo montés refleja libertad y vulnerabilidadal mismo tiempo. La letra observa lo perdido con respeto: la emoción no se impone, se contempla, y se transforma en poesía.

Cuentan que ya nunca más, / se la verá por el lugar. / Se ha caído al pedregal / de donde ya no volverá / porque una estrella la llevó / donde se va sin regresar.

La ausencia se ritualiza. La caída al pedregal simboliza la incertidumbre, inevitabilidad y destino. La estrella que la conduce evoca trascendencia y silencio eterno. Cada palabra crea atmósfera solemne: la figura de la pastora se convierte en mito, y su esencia permanece suspendida entre cielo y tierra.

El cierre y el poder del “tara”

Se fue sin volver jamás / y ha dejado como un rezo / su tara, ra, ra, rá… / Su tara, ra, ra, rá…

La repetición final funciona como mantra, eco musical y poesía sonora. No es solo sonido: es respiración, continuidad y hondura afectiva. La cadencia musical adquiere el carácter de una despedida, mientras las voces de los intérpretes contribuyen a transformar la añoranza individual en una emoción compartida. La melodía cierra el ciclo de vida, pérdida y evocación con delicadeza, invitando al oyente a reconocerse en ese paisaje de recuerdos.

La voz y la orquesta: ritual colectivo

Carlos Dante

La interpretación de Dante y Martel entrelaza timbres con naturalidad, creando un diálogo íntimo con cada oyente.

La orquesta de De Angelis no solo sostiene la voz: también contribuye a ampliar su expresividad y a enriquecer el clima emocional de la obra.

Los distintos planos instrumentales y las voces construyen un espacio sonoro en el que la experiencia individual adquiere una dimensión colectiva.

Cada silencio resguarda la intimidad y cada acorde acompaña la emoción sin necesidad de subrayarla. La cadencia acompaña el andar de la protagonista, transformando el canto en un recorrido sensorial por el paisaje rural y por las vivencias que este evoca.

Contexto histórico y cultural

Pastora se inscribe en una época en la que el tango convivía con otras expresiones musicales difundidas por la radio, mientras los paisajes y las tradiciones rurales continuaban alimentando el imaginario de la canción popular. Alfredo De Angelis desarrolló un estilo en el que la voz y el acompañamiento orquestal podían establecer un diálogo expresivo, mientras que José Rótulo destacó por su capacidad para convertir escenas sencillas en imágenes cargadas de significado.

Emoción y territorio íntimo

Escuchar Pastora es habitar un refugio donde anhelo, afecto y ternura se entrelazan. La obra no dirige ni consuela: permite que la sensibilidad y los sentimientos converjan. La ausencia se respeta; la huella que perdura se vuelve ritual colectivo. Cada acorde y frase cantada estrechan la conexión entre oyente y paisaje, entre la experiencia personal y emoción compartida.

Conclusión: la memoria que camina con nosotros

Pastora no es solo un tango: es territorio emocional donde la herencia emocional, el afecto y la ternura permanecen intactos. La sierra, los trigales, la majada y los ecos del “tara” forman un espacio donde el pasado se expresa con suavidad y la emoción se mantiene.

Cada interpretación transforma la expresión musical en ceremonia: el oyente recorre los paisajes de lo vivido, escucha con atención y comprende que lo perdido late aún en su interior. La melodía continúa, como viento que atraviesa montañas, permitiendo caminar junto a las huellas de lo vivido, con emoción compartida y ternura que nunca se desvanece.

Pastora enseña que la pérdida puede ser hermosa, que las resonancias y los afectos resguardan la fragilidad de la existencia, y que incluso lo ausente sigue presente cuando se escucha con el corazón abierto

Por: Mario García Hudson