«Resulta imperativo rescatar y potenciar la condición de la Academia Nacional de Medicina como cuerpo consultor obligatorio de los Poderes Públicos», Dr. Aderito De Sousa

octubre 19, 2026
Día de Razetti y de la 34 edición de la Conferencia Dr. Luis Razetti Foto cortesía
A propósito de la sesión solemne con motivo de la celebración del Día de Razetti y la 34 edición de la Conferencia Dr. Luis Razetti,publicamos por cortesía del Dr. Aderito De Sousa F, miembro numerario de la Academia Nacional de Medicina (ANM) de Venezuela, su discurso de orden en el cual subraya que «el abordaje de las estrategias, contingencias epidemiológicas y las políticas sanitarias de alto impacto, no pueden seguir a merced de la improvisación«.

El discurso de orden fue pronunciado ante los académicos miembros de la Junta Directiva de la ANM, representantes académicos, directivos y numerarios de las hermanas Academias nacionales que hacen vida en el Palacio de las Academias, autoridades rectorales y decanales de la Universidad Central de Venezuela, representantes del Colegio Metropolitano de Médicos de Caracas y descendientes del Dr. Luis Razetti, así como colegas, discípulos, familiares y amigos.


«Hay instituciones cuya fortaleza no reside en la solidez de sus paredes de mampostería ni en el rigor de sus cornisas seculares, sino en la inexpugnable vigencia de sus ideas. En esta mañana del 15 de octubre de 2026, la Trigésima cuarta edición de la Conferencia Luis Razetti nos reúne en un escenario distinto al Paraninfo del Palacio de las Academias, cuyos venerables muros hoy sufren las secuelas del sismo del pasado 24 de junio. Sin embargo, la brecha física que el azar tectónico ha abierto en nuestro recinto histórico se ve conmovida y colmada por un gesto de desprendida hospitalidad: la noble solidaridad del Colegio de Médicos del Distrito Metropolitano de Caracas.

Reiteramos nuestro reconocimiento fraterno al Dr. Fernando Bianco Colmenares, presidente de esta casa gremial, quien hoy reafirma que la medicina venezolana se mantiene unida e indivisible ante el llamado de la solidaridad. Este traslado circunstancial no restará solemnidad a nuestro encuentro; por el contrario, lo dota de un sentido aún más profundo y simbólico.

En septiembre de 1893, cuando un joven Dr. Luis Razetti fundaba la Sociedad de Médicos y Cirujanos de Caracas —germen del movimiento de Renovación Médica Nacional—, no contaba con un protocolo ceremonial ni con una tribuna solemne; contaba únicamente con la necesidad doctrinal de transformar la realidad sanitaria de Venezuela y con el compromiso vocacional de sus fundadores.

Celebrar hoy este tradicional encuentro de nuestra corporación académica bajo el techo fraterno del Colegio Metropolitano, es revalidar que la doctrina de Razetti no depende del espacio geográfico que lo cobije, sino de la fidelidad con que sus herederos mantengamos encendida la llama de su legado.

Dr. Aderito De Sousa F,miembro numerario de la Academia Nacional de Medicina (ANM) de Venezuela

Agradezco con honda gratitud a la Junta Directiva de la Academia Nacional de Medicina la inestimable distinción de haberme encomendado la responsabilidad de pronunciar este Discurso de Orden. Más que cumplir con una fecha en nuestro calendario de reuniones, hoy nos reunimos para reflexionar sobre el impacto actual de quien trazó nuestro rumbo institucional: el compromiso ineludible de representar, con la mayor dignidad, el carácter oficial, científico y doctrinario de la medicina nacional.

La convocatoria solemne de la Academia Nacional de Medicina de Venezuela nos ha reunido hoy para dictar la Trigésima cuarta «Conferencia Luis Razetti». Apegado a la rigurosa secuencia historiográfica de nuestra corporación, debo comenzar por precisar las diferencias conceptuales y cronológicas entre dos efemérides cardinales que consagran el culto institucional a la figura de nuestro gran reformador.

Día de Razetti

Cada 10 de marzo, la Academia se viste de gala para conmemorar su natalicio, registrado en Caracas en 1862. Esta fecha, consagrada en 1955 a petición de la Federación Médica Venezolana como el Día del Médico Venezolano, constituye la efeméride fundamental para honrar la vocación médica.

Sin embargo, la cita que hoy nos convoca en este mes de octubre obedece a un mandato doctrinario de naturaleza distinta. Nos congrega el «Día de Razetti», jornada en la que se dicta formalmente la lección de la Conferencia Dr. Luis Razetti, instituida para perpetuar la fecha constitutiva de la Sociedad de Médicos y Cirujanos de Caracas, fundada bajo su aliento profético el 25 de septiembre de 1893.

Aquel día no nació una simple agrupación gremial; nació en Venezuela la medicina moderna, articulada sobre el método científico, el asociacionismo académico y el combate frontal contra el empirismo irreflexivo, sirviendo de embrión institucional para el posterior Colegio de Médicos de Venezuela y para esta misma Academia Nacional de Medicina.

Si el 10 de marzo es la celebración de la persona y del ejercicio profesional, este acto representa la fiesta del pensamiento: el foro doctrinario e historiográfico por excelencia donde la corporación se contempla a sí misma a la luz de sus fundamentos éticos y científicos.

Como introducción a mi disertación, recordaré los orígenes de esta tradición que hoy llevamos a cabo un mes después de lo previsto debido a los daños estructurales que la reciente tragedia ocasionó en el Palacio de las Academias.

Es preciso recordar aquel memorable primer discurso del «Día de Razetti», dictado el 24 de septiembre de 1992 por el ilustre Dr. Augusto León Cechini, bajo el título: «Razetti y la ética en medicina».

En aquel encuentro inaugural, celebrado desde el Pulpito de Santo Tomas en el Paraninfo del Palacio de las Academias, por iniciativa de la Junta Directiva presidida por el Dr. Rafael Cordero Moreno, no solo se abrió la brecha de esta tradición doctrinaria, sino que se fijaron las coordenadas axiológicas de nuestra Academia.

En su magistral lección, el Dr. León Cechini estableció de forma indivisible que la vigencia del ideario Razettiano no reside únicamente en sus hazañas anatómicas o quirúrgicas, sino en la solidez imperturbable del Código de Moral Médica de 1918 y 1928.

Señaló con penetrante lucidez que el acto médico, desprovisto de su armazón ética y el imperativo deontológico de la compasión y la verdad científica, se degrada a una simple técnica transaccional. Aquella lección sembró el compromiso supremo para las generaciones venideras que hoy, en esta Trigésima cuarta edición, seguimos custodiando con la misma veneración y rigor, analizando a la luz del presente, los principios que guiaron la obra de Razetti, en los diferentes aspectos que marcaron su legado como gran iniciador del movimiento de transformación de la medicina hacia la modernidad.

Estratega del derecho público aplicado a la salud

Razetti no fue solo el gran promotor de la renovación clínica y del asociativismo doctrinario, científico y académico, sino también un sagaz estratega del derecho público aplicado a la salud. Su perspicacia e inteligencia analítica lo llevaron, junto a la generación fundadora, a procurar un instrumento jurídico de la más alta jerarquía para la Academia Nacional de Medicina.

Su visión y liderazgo resultaron determinantes en la concepción de una Ley Orgánica concebida para regir los destinos de nuestra corporación: un texto normativo que no solo aseguró nuestra robustez institucional, sino que consagró la soberanía doctrinaria, académica y científica de la medicina nacional en el marco constitucional de la República.

Mientras las corporaciones académicas hermanas —tanto la única que nos antecedió en 1883 como las cinco que nos sucedieron ya entrado el siglo XX— fueron estructuradas mediante leyes ordinarias, especiales o decretos ejecutivos.

Por lo tanto, nuestra Academia Nacional de Medicina ostenta una posición de singularidad dogmática absoluta: es la única concebida como una corporación oficial, científica y doctrinaria regida por una Ley Orgánica de la República, promulgada en 1904 y reformada en 1941.

La denominación de Ley Orgánica no fue una mera extravagancia de técnica legislativa; representó la comprensión profunda de que la salud colectiva, la doctrina médica y la bioética constituyen materias articuladoras del orden social y del bienestar superior de la República, elevando, por ende, a esta Corporación a la categoría de órgano consultor de supremo rango del Estado.

Bajo el amparo del principio de Garantía Institucional y la ultra-actividad de la norma, esta condición de Ley Orgánica, reviste a la Academia Nacional de Medicina de una jerarquía normativa intensificada. Este fuero asegura que ni el Poder Público ni las administraciones coyunturales puedan erosionar, modificar o asfixiar su núcleo funcional mediante instrumentos de inferior rango. La trascendencia de dicho blindaje se expresa, de forma tangible, en tres pilares fundamentales:

En primer lugar, la Tribuna de Difusión Oficial contemplada en el Art. 15° de nuestra Ley Orgánica: Consagra la continuidad ininterrumpida de la Gaceta Médica de Caracas, sustrayendo la memoria histórica y la divulgación científica nacional del arbitrio presupuestario o político.

En segundo lugar, la Soberanía Deontológica (Art. 16° del mismo texto): Constituye a esta Corporación en autoridad científica soberana en materia de bioética y ejercicio profesional, otorgándole una potestad reglamentaria totalmente inmune a decretos o resoluciones ministeriales.

Y por último, la Cúspide Doctrinaria Nacional (Art. 24°): Articula a las sociedades y asociaciones científicas del país en una red federativa bajo la tutoría ético-metodológica de la Academia.

La promulgación de esta Ley Orgánica en 1904 y su reforma en 1941 representaron la delegación formal de autoridad suprema del Estado, que dotó de validez oficial a las resoluciones de nuestra corporación.

Dicho estatus jurídico erigió una verdadera barrera técnica que protege y privilegia a la doctrina médica y la planificación sanitaria frente a la discrecionalidad del poder político, estableciendo que las políticas de salud del Estado deben subordinarse estrictamente al rigor científico y al conocimiento académico estructurado.

Sustentada en este marco jurídico-institucional, la preservación de esta reserva legal asegura que la rectoría científica, la bioética y la deontología médica se mantengan sujetas al rigor de la evidencia durante la formulación de políticas públicas en materia de salud y los procesos de reconstrucción sanitaria del país.

Rescatar la condición de la ANM

Acto de la ANM con participación de sus máximas autoridades

De cara a los grandes desafíos que se vislumbran en nuestro Sistema Nacional de Salud —tanto en el ámbito público como en el privado—, resulta imperativo rescatar y potenciar la condición de la Academia Nacional de Medicina, como cuerpo consultor obligatorio de los Poderes Públicos.

El abordaje de las estrategias, contingencias epidemiológicas y las políticas sanitarias de alto impacto, no pueden seguir a merced de la improvisación. El deber ser de todo proyecto normativo o política pública en materia de salubridad, debería contar con el dictamen técnico y vinculante de la Academia Nacional de Medicina.

Paralelamente, la salvaguarda de este fuero doctrinario constituye un escudo de protección ciudadana, frente a los desvaríos del ejercicio ilegal y las distorsiones comerciales. Ante la desregulación de la medicina pre-pagada, los excesos publicitarios y las presiones sobre el criterio profesional, la Academia está llamada a ejercer una vigilancia técnica y ética transparente, reafirmando su misión histórica como el garante moral e imparcial del Sistema de Salud nacional.

El Doctor Razetti no fue un espectador pasivo de las tempestades de su tiempo. Frente a la precariedad de los recursos, opuso la firmeza del método; frente al desorden de la anarquía doctrinaria, erigió instituciones y frente al desaliento o la resignación, antepuso una fe inquebrantable en la capacidad redentora de la ciencia y en la dignidad insustituible de la profesión médica.

Hoy, cuando el destino nos ha reunido para conmemorar una reedición de la «Conferencia Luis Razetti», al abrigo de la generosa solidaridad del Colegio de Médicos del Distrito Metropolitano de Caracas, mientras nuestro venerable Palacio de las Academias aguarda la restauración de sus estancias, este recinto se convierte en la prueba más irrefutable de que la continuidad de nuestra tradición académica, no depende de la indemnidad de sus paredes de mampostería ni de sus cornisas seculares, sino de la solidez moral e intelectual de quienes formamos la comunidad médica venezolana.

En este Trigésimo Cuarto Encuentro, la lección que debemos renovar y proyectar ante la memoria del fundador es cristalina: la Academia Nacional de Medicina y el gremio médico no debemos ser meros observadores de nuestra historia desde la distancia. Hemos sido, y debemos seguir siendo, los garantes de la reserva moral, científica y humanista de la República.

Mientras exista un médico venezolano ejerciendo con rigor al pie de la cama del enfermo, mientras una cátedra universitaria sostenga la búsqueda de la verdad científica, y mientras nuestras corporaciones mantengan en alto el valor supremo de la bioética y la solidaridad fraterna, el espíritu de la Renovación Médica de 1893 seguirá plenamente vigente.

Rindamos, pues, el verdadero tributo que el Doctor Luis Razetti esperaría de sus sucesores: no el elogio estéril ni el aplauso de compromiso, sino la determinación renovada de defender la excelencia académica, la dignidad del ejercicio profesional y el derecho inalienable de nuestro pueblo a una salud guiada por la ciencia y la compasión.

Honorables autoridades académicas y gremiales. 

Distinguidos invitados especiales, colegas, discípulos, familiares y amigos.

Como bien se le atribuye al gran pensador romano Marco Tulio Cicerón, en los albores de la filosofía política: «Las leyes y las naciones no se sostienen por la firmeza de sus columnas, sino por la virtud, el honor y la rectitud de quienes las custodian».

Nos toca contemplar nuestro presente y constatar, que si bien las paredes de mampostería y los muros de piedra pueden ceder ante el embate del tiempo o de la naturaleza, la doctrina científica y la dignidad ética de la medicina venezolana son y deben seguir siempre, inquebrantables.

Que esa virtud y el legado imperecedero del gran transformador de la Medicina nacional, continúen siendo el faro doctrinario y el amparo científico de la nación de nuestra Academia Nacional de Medicina, frente a las generaciones actuales y futuras.

Que la razón, la ciencia y la moral sigan iluminando el rumbo de nuestra corporación y el porvenir de Venezuela.