Robert “Bob” Tesh, el legado de uno de los grandes cazadores de virus; su huella en Panamá y en América Latina

septiembre 16, 2026
Dra. Sandra López-Vergès y Dr. Jean Paul Carrera, junto a Robert “Bob” Tesh, quien fue mentor fundamental de ambos científicos panameños
Médico, epidemiólogo y virólogo, su reciente partida motiva la escritura de esta semblanza que recorre sus inmensos aportes a la ciencia global y su dedicación a las nuevas generaciones de científicos que ayudó a formar. Entre otros, al científico panameño Dr. Jean Paul Carrera, autor de este artículo que exalta una vida guiada por el propósito

Por: Dr. Jean Paul Carrera

El autor es Doctor en Epidemiología de enfermedades infecciosas y evolución viral de la Universidad de Oxford (Reino Unido), Egresado de la Facultad de Ciencias Naturales, Exactas y Tecnología de la Universidad de Panamá (UP) en el año 2013, con el título de Licenciatura en Biología con orientación en Microbiología y Parasitología, también obtuvo una Maestría en Ciencias en Investigación Epidemiológica por la Universidad Peruana Cayetano Heredia, Lima, Perú.

Con profunda tristeza recibí la noticia del fallecimiento del Dr. Robert B. “Bob” Tesh. Para la arbovirología mundial es una pérdida enorme. Para quienes tuvimos la oportunidad de conocerlo, aprender de él y trabajar a su lado, la pérdida es también personal. Bob fue médico, epidemiólogo y virólogo, pero esas palabras apenas alcanzan para describir una carrera que se extendió por más de medio siglo y que ayudó a definir la manera en que varias generaciones hemos entendido los arbovirus, los virus zoonóticos y su relación con la naturaleza.

Hablar de Bob es hablar de una época extraordinaria de la virología. Una época en la que los científicos no esperaban que los virus llegaran al laboratorio: salían a buscarlos. Capturaban mosquitos, flebótomos, roedores, aves y otros animales; recorrían bosques, comunidades rurales y lugares remotos; aislaban agentes desconocidos y luego trataban de reconstruir pacientemente sus ciclos de transmisión.

Bob perteneció a esa generación de cazadores de virus. Sin embargo, tuvo algo poco común: logró atravesar la transición completa desde la arbovirología clásica, basada en el campo, el aislamiento viral y la serología, hasta la era de la biología molecular, la secuenciación y la filogenómica, sin perder nunca de vista la pregunta fundamental: dónde está el virus en la naturaleza y cómo se mantiene allí.

Panamá, un país especial en su vida científica

Instituto Conmemorativo Gorgas de Estudios de la Salud

Su formación inicial fue la de un médico. Obtuvo un Bachelor of Science en Zoología en Franklin & Marshall College en 1957 y se graduó de medicina en Jefferson Medical College, en Filadelfia, en 1961.

Después realizó un internado rotatorio en San Francisco General Hospital. Poco tiempo después llegó a Panamá, un país que terminaría ocupando un lugar muy especial en su vida científica.

Entre 1962 y 1963 realizó entrenamiento en pediatría en el histórico Gorgas Hospital de la entonces Zona del Canal. Más tarde continuó su formación en enfermedades infecciosas pediátricas en Tulane University School of Medicine y obtuvo una maestría en Epidemiología en Tulane en 1967. Esa combinación de medicina, pediatría, epidemiología, enfermedades infecciosas y trabajo de campo marcaría para siempre su manera de hacer ciencia.

También pasó una etapa en Recife, Brasil, como médico vinculado al Peace Corps. Ese contacto temprano con América Latina no fue un episodio aislado. Con el tiempo se convirtió en una relación científica de décadas.

Bob regresó innumerables veces a la región, colaboró con instituciones y científicos de distintos países y desarrolló una cercanía muy particular con Brasil y Panamá. Fue profesor visitante en instituciones como el Instituto Evandro Chagas y el Instituto Adolfo Lutz y mantuvo colaboraciones de larga duración alrededor de fiebre amarilla, Oropouche, Zika y muchos otros virus de importancia para la salud pública.

Su regreso a Panamá como científico del National Institute of Allergy and Infectious Diseases de los National Institutes of Health lo llevó a la Middle America Research Unit, MARU, uno de los grandes laboratorios de investigación tropical de su época. MARU funcionaba en la antigua Zona del Canal y reunía a médicos, virólogos, entomólogos, ecólogos y epidemiólogos que trataban de comprender cómo las enfermedades emergían de la naturaleza.

Allí Bob trabajó con científicos extraordinarios como Karl M. Johnson, Pauline H. Peralta y Byron N. Chaniotis, entre otros. También colaboró en trabajos que conectaban a MARU con la tradición del Yale Arbovirus Research Unit y con científicos como Robert E. Shope.

Aquellos años en Panamá fueron científicamente fundamentales. Bob y sus colegas estudiaron de manera intensiva los flebótomos del género Lutzomyia, la ecología de los virus asociados con ellos y el virus de la estomatitis vesicular.

Junto con Chaniotis, Peralta y Johnson contribuyó a demostrar que ciertos virus podían mantenerse no solamente mediante ciclos horizontales entre vectores y vertebrados, sino también pasar de una generación del vector a la siguiente.

Los trabajos sobre transmisión transovárica ayudaron a cambiar la forma de pensar sobre la persistencia de los arbovirus en la naturaleza, especialmente durante períodos en los que no existía una transmisión evidente en vertebrados.

Ese tipo de trabajo resume muy bien la ciencia de Bob. No se trataba únicamente de identificar un agente. Había que entender su ecología. Qué vector lo transmitía. Qué animales podían participar en su ciclo. Cómo sobrevivía entre estaciones. Qué factores permitían que apareciera en seres humanos. Para él un virus no podía comprenderse completamente separado de su ambiente.

Después de MARU, Bob se trasladó a Honolulu, Hawaii, donde trabajó en la Pacific Research Section del Laboratory of Parasitic Diseases del NIAID/NIH y posteriormente en la Pacific Research Unit, vinculada a la Research Corporation of the University of Hawaii. Allí trabajó estrechamente con Leon Rosen, otra figura enorme de la arbovirología.

Continuó desarrollando las preguntas que habían surgido en Panamá y participó en investigaciones sobre transmisión vertical de flavivirus en mosquitos, incluyendo virus de encefalitis japonesa, dengue y otros agentes transmitidos por artrópodos. También realizó trabajos sobre Ross River virus y otros virus del Pacífico, combinando nuevamente epidemiología, serología, aislamiento viral y ecología.

A comienzos de la década de 1980 se incorporó a Yale University, donde permaneció alrededor de quince años. Allí pasó a formar parte de la Yale Arbovirus Research Unit, YARU, heredera de una de las tradiciones más importantes de la arbovirología mundial. Era un ambiente científico construido alrededor de nombres como Wilbur Downs, Jordi Casals, Thomas Aitken y, especialmente, Robert E. Shope.

En Yale, Bob encontró una comunidad que compartía con él la fascinación por descubrir virus, clasificarlos, comprender sus ciclos ecológicos y preservar materiales para que pudieran ser estudiados en el futuro.

Su relación científica con Robert Shope fue particularmente importante. Ambos compartían una curiosidad casi inagotable por la diversidad viral y una convicción que hoy sigue teniendo enorme vigencia: en la naturaleza existe un universo de virus que todavía desconocemos, y entenderlos antes de que se conviertan en epidemias es una inversión científica fundamental.

Durante esos años Bob continuó trabajando en arbovirus, flebovirus, alphavirus, flavivirus y otros virus zoonóticos, al mismo tiempo que la colección de referencia de Yale crecía hasta convertirse en uno de los patrimonios virológicos más importantes del mundo.

En 1995 Bob Tesh y Robert Shope se trasladaron desde Yale a la University of Texas Medical Branch, UTMB, en Galveston. Con ellos viajó también la colección de virus y reactivos que había sido construida durante décadas a partir de la tradición Rockefeller-Yale. En UTMB se integraron al Center for Tropical Diseases, y aquel traslado marcó el inicio de otro capítulo decisivo de su carrera.

Bob fue profesor en los Departments of Pathology y Microbiology & Immunology de UTMB y ocupó, entre otros reconocimientos académicos, la George Dock Distinguished Professorship of Pathology y posteriormente la John S. Dunn Distinguished Chair in Biodefense.

Trabajó dentro de un ecosistema científico excepcional que incluyó a Robert Shope, C. J. Peters, David Walker, Scott Weaver, Alan Barrett, James LeDuc y, con el paso de los años, a investigadores como Nikos Vasilakis, Hilda Guzman, Amelia Travassos da Rosa y muchos otros. Galveston se convirtió en uno de los grandes centros mundiales para estudiar enfermedades virales emergentes.

Durante 27 años Bob fue director y curador del World Reference Center for Emerging Viruses and Arboviruses, WRCEVA.

Ese centro fue mucho más que una colección de congeladores. Conservó miles de aislamientos de arbovirus y otros virus zoonóticos, junto con antígenos, anticuerpos y reactivos de referencia que fueron utilizados por investigadores de todo el mundo. También recibió virus desconocidos para su identificación y caracterización. Bob entendía profundamente el valor de preservar un aislamiento. Un virus guardado durante décadas podía volver a responder preguntas completamente nuevas cuando aparecían tecnologías que no existían en el momento en que había sido descubierto.

Esa visión hizo posible que materiales recogidos muchos años antes pudieran ser reanalizados mediante secuenciación, microscopía avanzada y nuevas herramientas moleculares.

Su ciencia siguió evolucionando con el campo.

Participó en investigaciones sobre West Nile, fiebre amarilla, dengue, Mayaro, Zika y numerosos virus zoonóticos y emergentes. Contribuyó al desarrollo de modelos experimentales de enfermedad, a la caracterización de nuevos virus y, ya en la era genómica, al estudio de nuevos rhabdovirus, phlebovirus y virus específicos de insectos. Su curiosidad nunca quedó atrapada en la época en la que se había formado.

Las preguntas persistentes de un hombre sabio

Uno de los aspectos que más admiro de su trayectoria es precisamente esa capacidad de mantenerse científicamente vigente sin abandonar la esencia de su formación.

La tecnología cambió, pero las preguntas de Bob seguían comenzando en el campo. ¿Qué virus existe aquí? ¿En qué vector? ¿En qué animal? ¿Cómo se transmite? ¿Cómo persiste entre epidemias? ¿Puede infectar a seres humanos? ¿Ha estado circulando durante décadas sin que lo hayamos reconocido? Esa manera de pensar ayudó a construir buena parte de la ecología moderna de los arbovirus.

Bob recibió numerosos reconocimientos a lo largo de su carrera. Fue elegido Fellow de la American Association for the Advancement of Science, recibió el Richard M. Taylor Award del American Committee on Arthropod-Borne Viruses por sus contribuciones a la arbovirología y, en 2016, recibió en Panamá el William C. Gorgas Merit Award. Para alguien cuya relación con la medicina tropical había comenzado tantos años antes en el Gorgas Hospital y en MARU, aquel reconocimiento tenía un significado especial.

Sin embargo, sería imposible resumir a Bob únicamente a través de sus publicaciones, sus virus, sus premios o sus cargos. Una parte fundamental de su legado fueron las personas que formó y acompañó.

A lo largo de su carrera trabajó con y contribuyó a formar a un número enorme de virólogos, epidemiólogos, entomólogos, médicos, técnicos y científicos alrededor del mundo. Su influencia fue especialmente profunda en América Latina. Bob compartía virus, reactivos, conocimiento y oportunidades. Contestaba preguntas. Recibía estudiantes y jóvenes investigadores. Facilitaba colaboraciones. Y, algo que para mí siempre fue particularmente importante, no hacía sentir pequeño a quien apenas estaba comenzando.

En Panamá esa huella se puede seguir a través de varias generaciones. Entre las personas que aprendieron de él, trabajaron con él o desarrollaron colaboraciones científicas cercanas estuvieron Betsy Dutary, Sandra López-Vergès y yo mismo, Jean Paul Carrera, además de muchos otros investigadores. Con científicos panameños continuó estudiando arbovirus durante décadas, incluyendo trabajos sobre encefalitis equinas, Punta Toro virus, virus específicos de mosquitos y otros agentes emergentes. Aun después de haber dejado físicamente Panamá, siguió conectado con preguntas científicas que habían comenzado a fascinarlo aquí muchos años antes.

Mi historia con Bob comenzó cuando yo era un científico muy joven en Galveston. En 2010 estaba aprendiendo teoría y métodos de virología y, como ocurre con tantos jóvenes investigadores, tenía probablemente más sueños que certezas. Tuve la enorme fortuna de encontrar grandes maestros. Bob fue uno de ellos.

En aquellos años descubrí que dentro de la colección de UTMB permanecían preservadas cepas virales únicas que habían sido aisladas décadas atrás en Panamá. Cuando las vi pensé inmediatamente que aquellas cepas debían regresar. Para una colección de miles de virus podían ser unos tubos más. Para mí eran parte de la historia científica de mi país.

El Dr. Robert “Bob” Tesh junto al Dr. Jean Paul Carrera en Galveston

Le planteé a Bob la posibilidad de repatriarlas a Panamá. Me escuchó y me ayudó. No solamente estuvo de acuerdo con la idea; me acompañó en los procedimientos necesarios para que aquellas cepas pudieran regresar y, cuando finalmente todo estuvo listo, asumió personalmente el costo de su envío.

Existe una fotografía de aquel momento. Estamos los dos en Galveston, sosteniendo una de aquellas cajas antes de que regresara a Panamá. Durante años la vi simplemente como una fotografía de una etapa de mi formación. Hoy la veo de otra manera.

En aquella caja no viajaban solamente virus. Regresaba una parte de la memoria científica de Panamá. Y había también algo más difícil de fotografiar: un científico que ya había recorrido prácticamente toda una vida dentro de la arbovirología confiando en un joven que apenas comenzaba la suya.

Eso también era Bob Tesh.

Con el tiempo tuve la oportunidad de pasar de aprender de él a trabajar con él como colega y publicar ciencia juntos. Para mí siempre fue algo especial. Muchos años después de aquella fotografía seguíamos conectados por preguntas sobre los virus de Panamá, su ecología, su evolución y su capacidad de emerger. Esa continuidad científica es una de las cosas que más valoro al recordar nuestra relación.

Hay además una frase de Bob que nunca olvidé: “Los virus no están en los congeladores. Están en el campo.”

Con los años entendí que aquella frase era mucho más que una recomendación metodológica. Era una filosofía de ciencia. Los congeladores preservan los virus y son indispensables para poder estudiarlos. Pero para comprender realmente por qué existen, cómo se mantienen y por qué en determinados momentos llegan hasta nosotros, hay que regresar al territorio. Hay que mirar los mosquitos, los animales, las personas, el bosque, las viviendas, el clima, la historia y las transformaciones ecológicas que ocurren alrededor de ellos.

Esa idea sigue teniendo una vigencia extraordinaria. En un mundo preocupado por nuevas epidemias, zoonosis, deforestación, cambio climático y transformación acelerada de los ecosistemas, muchas de las preguntas que Bob formulaba hace cincuenta años son exactamente las preguntas que seguimos necesitando responder hoy.

Quizás por eso su legado resulta tan difícil de reducir a una sola contribución. Está en los virus que ayudó a descubrir y caracterizar. Está en los ciclos ecológicos que ayudó a explicar. Está en los métodos que desarrolló. Está en las colecciones que preservó. Está en los materiales que compartió. Está en las preguntas que dejó abiertas. Y está, sobre todo, en las generaciones de científicos que ayudó a formar alrededor del mundo.

En América Latina esa historia tiene una profundidad particular. Bob entendió que la ciencia de los virus emergentes no podía hacerse solamente desde los grandes centros académicos. Había que trabajar con los investigadores de los lugares donde esos virus circulaban, fortalecer capacidades locales, compartir materiales y conocimiento y construir relaciones científicas de largo plazo. Muchos científicos latinoamericanos pueden contar una historia propia de alguna puerta que Bob ayudó a abrir.

En Panamá, esa historia continúa. Aquellas cepas que algún día sostuvimos juntos regresaron al país donde habían sido originalmente aisladas. Nuevas generaciones están estudiando arbovirus. Nuevas preguntas están surgiendo. Nuevos virus aparecerán. Y otros jóvenes científicos saldrán al campo tratando de entenderlos.

Cuando pienso en eso vuelvo inevitablemente a aquella frase: los virus no están en los congeladores. Están en el campo.

Hoy estoy triste por la pérdida de Bob. Pero también siento una enorme gratitud por haber coincidido con él, por haber aprendido de su forma de hacer ciencia y por haber recibido su apoyo cuando yo apenas empezaba mi propio camino. Contar estas historias es también una manera de mantener vivo su legado y, ojalá, de recordarle a algún científico joven que detrás de las grandes carreras científicas siempre hubo un momento en el que alguien abrió una puerta, compartió una idea o decidió creer en ellos.

Gracias por todo, Dr. Tesh. Gracias por la ciencia, por Panamá, por América Latina, por las oportunidades, por compartir el conocimiento y por abrir puertas a tantas generaciones de investigadores.

El verdadero legado de un científico no termina en sus publicaciones. Continúa en las preguntas que otros aprendieron a hacer gracias a él.

Descansa en paz, Bob. Tu legado vive en nosotros.

Por: Dr. Jean Paul Carrera