El miércoles 24 de junio de 2026, dos potentes terremotos sacudieron Venezuela. Más allá de la destrucción material, la catástrofe desencadenó una profunda crisis humanitaria, neurobiológica y psicológica. Reflexiones del Dr. Víctor Tortorici Rojas en el editorial especial de la Gaceta Médica de Caracas (volumen 134, Nº 3. Julio-septiembre 2026). En líneas siguientes se reproduce el resumen y recomendaciones, junto con el enlace a la publicación original.
Por: Dr. Víctor Tortorici Rojas

El autor está afiliado al Laboratorio de Neurociencia de la Universidad Metropolitana (UNIMET) y al Laboratorio de Neurofisiología, Centro de Biofísica y Bioquímica del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC) en Caracas, Venezuela
El miércoles 24 de junio de 2026, dos potentes terremotos, de magnitud 7,2 y 7,5 en la escala de Richter, sacudieron Venezuela con apenas 39 segundos de diferencia entre sí. Estos eventos, los más devastadores en más de un siglo, provocaron el colapso masivo de viviendas y dejaron miles de víctimas.
Más allá de la destrucción material, la catástrofe desencadenó una profunda crisis humanitaria, neurobiológica y psicológica.
Nos demostró cómo la seguridad de toda una vida puede desvanecerse en fracciones de segundo, sumergiendo a la población venezolana en un escenario extremo de atrapamiento, duelo e incertidumbre.
Este artículo de revisión rápida examina el “sismo invisible” que ocurre en el sistema nervioso de los sobrevivientes.
Su propósito es traducir los complejos mecanismos biológicos del trauma a un lenguaje accesible y útil para la comunidad, ofreciendo, a la vez, una guía estratégica para que los especialistas en salud diseñen intervenciones urgentes.
Ante el quiebre repentino de la realidad, el cerebro activa un estado de alarma que busca perpetuarse. Esto ocurre por la hiperactivación del eje neuroendocrino, que coordina nuestra respuesta al peligro, y el consecuente “secuestro de la amígdala” (la estructura cerebral encargada de activar las defensas y procesar el miedo) que toma el control, bloqueando el pensamiento lógico y provocando ataques de pánico e hipervigilancia.
Paralelamente, los niveles excesivos de cortisol (la hormona del estrés) resultan tóxicos para el centro regulador de la memoria y la orientación, lo que explica por qué los sobrevivientes experimentan recuerdos fragmentados, lagunas mentales y desorientación temporal.
Esta falta de control, agravada por la escasez inicial de recursos de rescate, puede derivar en un estado psicológico de indefensión, en el que las personas asumen pasivamente que nada de lo que hagan cambiará su situación.
El texto también destaca el papel protector de la ayuda internacional y la solidaridad comunitaria, estímulos que activan neurotransmisores asociados al vínculo y a la calma, así como reguladores del ánimo, que actúan como potentes amortiguadores biológicos del estrés. Validar que el sufrimiento actual tiene una causa neuroquímica real es el primer paso para desestigmatizar el trauma y animar a la población a buscar ayuda sin vergüenza ni miedo a ser juzgada.
A pesar del daño, el cerebro posee una increíble neuroplasticidad; es decir, la capacidad biológica de moldearse y sanar. El artículo concluye que el entendimiento de la regulación temprana (biológica, médica y psicológica) de funciones que ayudan al cuerpo a recuperar su equilibrio interno, combinado de manera importante con las consecuencias del fortalecimiento del tejido social, constituye una herramienta crítica y urgente para prevenir el trastorno de estrés postraumático y guiar la reconstrucción emocional del país.
Desde el enfoque de los ODS 3 y 11, esta caracterización neurobiológica y biopsicosocial no solo orienta el tratamiento óptimo a nivel local, sino que también se consolida como un modelo de salud global aplicable a posibles catástrofes en cualquier latitud.
El sismo invisible y la fragilidad del tiempo
La cotidianidad humana se cimenta en una ilusión de permanencia. Pasamos años, a menudo vidas enteras, edificando hogares, lazos familiares y rutinas estables, bajo el supuesto implícito de que el suelo que pisamos es firme.
Sin embargo, los fenómenos geológicos tienen la capacidad de recordarnos la extrema fragilidad de nuestros constructos. El reciente terremoto en Venezuela irrumpió en una fecha y hora ordinarias, transformando por completo la realidad biopsicosocial de un país entero en una ventana de tiempo ínfima.
Bastaron apenas unas fracciones de segundo para que el esfuerzo de generaciones enteras se desvaneciera entre escombros y para que la incertidumbre por los familiares y conciudadanos sepultados en vida se convirtiera en el nuevo estado mental colectivo.
El impacto de esta situación hace que el tejido nervioso trascienda la respuesta de alerta ante el peligro inminente. El trauma derivado de la catástrofe no solo fractura la percepción de seguridad en el espacio físico, sino que también activa en el sistema nervioso central las vías del sufrimiento más profundo: el dolor de la pérdida, la incertidumbre por los desaparecidos y el desarraigo al ver el esfuerzo de una vida convertido en escombros.
La neurociencia moderna ha revelado que este dolor existencial y afectivo comparte los mismos sustratos biológicos y circuitos neuronales que el dolor causado por daño corporal directo.
Se trata entonces de una experiencia de dolor integral, en la que el sufrimiento del alma y el desgarro del cuerpo se procesan bajo una misma matriz biológica.
Este artículo no se enfoca en el recuento de los daños estructurales ni en las réplicas geológicas, sino en un fenómeno simultáneo y prolongado: el sismo invisible que ocurre en el tejido nervioso de los sobrevivientes.
Al igual que la Tierra, la maquinaria neuroquímica y celular del cerebro humano ha sido sacada de su centro de forma abrupta. La pérdida repentina de los puntos de referencia vitales, sumada a un cóctel ambiental en el que coexisten la escasez de recursos médicos locales y el bálsamo de la ayuda internacional, exige una respuesta de adaptación biológica extrema.
Definir la fisiopatología y los mecanismos de este desequilibrio desde el punto de vista neurocientífico no es solo un ejercicio académico; es una necesidad estratégica y urgente para diseñar rutas críticas de intervención recuperadora y guiar la resiliencia en una comunidad profundamente afectada.

Conclusiones y propuestas estratégicas
Los sismos conjugados del 24 de junio en Venezuela demostraron que la estabilidad de nuestro entorno puede fracturarse de manera irreversible en tan solo segundos.
Sin embargo, la conclusión más relevante que la neurociencia puede aportar a los sobrevivientes y a los profesionales de la salud en este momento crítico es que el cerebro no es un órgano rígido. Si bien un trauma de magnitud catastrófica puede desconfigurar la maquinaria neuroquímica y alterar la histología cerebral en fracciones de segundo, el sistema nervioso posee una propiedad intrínseca e invaluable: la neuroplasticidad.
La neuroplasticidad debe entenderse como la capacidad del tejido nervioso de reorganizar sus conexiones sinápticas, crear nuevas vías de comunicación e incluso generar nuevas neuronas (neurogénesis) en respuesta a nuevos estímulos ambientales.
Esto significa que “el sismo invisible” que mantiene a la población en un estado de pánico, hipervigilancia y fragmentación de la memoria no es una condena permanente. La meta prioritaria de la salud pública y la medicina de emergencia en Venezuela debe procurar la transición del estado de carga alostática (debida al desgaste acumulado por el exceso de cortisol y la inundación de glutamato) hacia la implementación de estrategias específicas que ayuden al organismo a modificar sus parámetros internos para recuperar la estabilidad biológica sin colapsar.
El terremoto en Venezuela nos ha dejado una profunda lección sobre la vulnerabilidad biológica y, a la vez, una de esperanza científica. Al cerrar esta revisión, el mensaje para los profesionales de la salud en la primera línea de defensa y para cada miembro de la comunidad que busca apoyo es inequívoco: entender que nuestras conductas y emociones están ancladas a estructuras cerebrales específicas es el puente definitivo hacia la sanación.
Si asumimos que el trauma causó un desarreglo físico en nuestra maquinaria mental, podemos dejar a un lado la culpa, el tabú y la vergüenza. El diagnóstico es claro: estamos ante un sistema nervioso colectivamente desarreglado por la catástrofe, pero dotado de una plasticidad asombrosa.
Reconocer el problema en su dimensión neurobiológica nos permite, hoy más que nunca, aplicar las herramientas estratégicas necesarias para reparar los circuitos alterados, devolver la estabilidad alostática a nuestros cuerpos y guiar, con pasos firmes, la reconstrucción emocional de nuestra sociedad.
Este trabajo nace en Venezuela, pero se proyecta al mundo. Se espera que esta sistematización coopere de manera útil ante posibles desastres en otras latitudes.
Ante la vulnerabilidad de la naturaleza, la arquitectura de nuestro sistema nervioso nos unifica. El dolor y la resiliencia ocurren a pesar de las fronteras y las diferencias personales, y es allí donde la neurociencia se convierte en un lenguaje universal de reconstrucción y consuelo.
Asimismo, esta revisión rápida subraya la necesidad imperiosa de abordar la salud mental comunitaria desde una perspectiva biopsicosocial genuina. Los profesionales de la salud deben mirar más allá de la manifestación conductual externa del paciente y superar el reduccionismo puramente farmacológico.
Lo que observamos hoy en las consultas y refugios de Venezuela (un ataque de pánico, una parálisis por indefensión o una crisis de dolor crónico) no es un evento espontáneo; es el resultado final de un conjunto de decisiones moleculares, estructurales y sistémicas previas que ya han operado y alterado el sistema nervioso del individuo.
Comprender que la biología, la psicología del trauma y el entorno social se intersectan de manera indisoluble hace que estas líneas teóricas actúen como un coadyuvante clínico fundamental.
Su propósito es dotar al especialista de herramientas para una mejor tipificación de cada caso particular, reconociendo que cada cerebro procesa la catástrofe desde una firma neuroquímica y una historia de vida única.
Sólo a través de esta caracterización precisa y multidimensional se podrá orientar a la población hacia el tratamiento óptimo, combinando la neurobiología con el tejido social para una verdadera recuperación. No se trata de “apagar” los síntomas con fármacos, sino de entender la tipografía única de cada cerebro afectado para ofrecer una medicina personalizada y humana.
Ver enlace al artículo original: El sismo invisible: ¿Cómo responde el sistema nervioso
al trauma agudo tras los recientes terremotos en Venezuela?

