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¿Encontrará la ciencia una vacuna definitiva contra la malaria?

julio 10, 2026

Aunque aún queda camino por recorrer, los avances recientes han abierto una puerta a la esperanza de una futura vacuna eficaz frente a esta devastadora enfermedad

Por: José Antonio Garrido Cárdenas, Universidad de Almería; Concepción Mesa Valle, Universidad de Almería y José Cebrián Carmona, Universidad de Almería

En 1897, cuando el médico británico Ronald Ross investigaba una enfermedad que cada año acababa con la vida de miles de personas, observó algo que cambiaría para siempre nuestra comprensión de la malaria: el parásito responsable de la enfermedad se encontraba en el intestino de un mosquito y podía pasar de éste al ser humano. Aquel descubrimiento, que le valdría el Premio Nobel décadas más tarde, abrió una nueva etapa en una batalla que todavía continúa.

Más de un siglo después, la pregunta es sorprendentemente actual: ¿conseguiremos algún día una vacuna capaz de acabar con la malaria? La respuesta no es sencilla. Porque no nos enfrentamos a una enfermedad causada por un simple microorganismo, sino por un enemigo extraordinariamente complejo: un parásito del género Plasmodium con un ciclo de vida sofisticado, múltiples formas dentro del organismo humano y una capacidad notable para adaptarse y escapar de nuestras defensas.

La malaria figura, sin duda, como una de las enfermedades que más sufrimiento ha causado a lo largo de la historia de la humanidad. Y hoy continúa siendo un enorme problema de salud pública en ciertas zonas tropicales y subtropicales del planeta. En 2024 se estimaron cientos de millones de casos y más de medio millón de muertes, especialmente entre niños menores de cinco años del África subsahariana. A pesar de los avances logrados mediante tratamientos, prevención y control del mosquito transmisor, la enfermedad sigue recordándonos que algunas batallas científicas requieren décadas o siglos de esfuerzo.

El doble desafío de la vacuna

Durante años, desarrollar una inmunización eficaz contra la malaria parecía casi una misión imposible. Mientras que las vacunas tradicionales suelen entrenar al sistema inmunitario para reconocer un enemigo relativamente estable, en la malaria el desafío es doble.

Por un lado, el parásito cambia de forma a lo largo de su ciclo de vida. Y, por otro, la enfermedad puede ser causada por varias especies de Plasmodium (entre las que destacan Plasmodium falciparum y Plasmodium vivax), cada una con sus particularidades biológicas.

Aunque aún queda camino por recorrer, los avances recientes han abierto una puerta a la esperanza de una futura vacuna eficaz frente a esta devastadora enfermedad. La primera gran noticia llegó con RTS,S/AS01, cuando en 2019 se puso en marcha un programa piloto en Ghana, Kenia y Malawi, que culminó en la vacunación de más de 800 000 niños.

Esta vacuna está dirigida principalmente contra la fase hepática de P. falciparum; es decir, actúa contra el parásito en la etapa inicial de la infección, cuando éste “se esconde” en el hígado para multiplicarse antes de invadir los glóbulos rojos, momento en que se desencadenarán los síntomas propios de la enfermedad.

Posteriormente, la vacuna R21/Matrix-M (también de la fase hepática) amplió las expectativas y fue recomendada por la Organización Mundial de la Salud para su uso en niños en aquellas zonas donde la malaria supone un riesgo importante.

Buscando nuevos puntos débiles

En cualquier caso, ni RTS,S/AS01 ni R21/Matrix-M ponen el punto final a esta historia. Cada etapa biológica del parásito de la malaria ofrece una oportunidad distinta para intentar bloquear la enfermedad. Por eso, además de las vacunas dirigidas contra la fase hepática, existe una intensa investigación en vacunas de fase eritrocítica, diseñadas para impedir que el parásito invada y se multiplique dentro de los glóbulos rojos. Es una estrategia que está siendo desarrollada tanto en P. falciparum como en P. vivax.

Algunas proteínas implicadas en la invasión del glóbulo rojo se han convertido en dianas prometedoras. Entre ellas se encuentran CYRPA y RIPR, moléculas clave del parásito que le permiten la entrada en la célula humana. En un reciente estudio sobre la diversidad genética del gen que da lugar a RIPR en P. vivax, nuestro grupo de investigación ha puesto de manifiesto que para diseñar vacunas eficaces es necesario conocer la variabilidad del parásito y entender qué regiones pueden ser reconocidas por nuestro sistema inmunitario.

Más allá de la vacuna

Probablemente, si la ciencia logra algún día una vacuna realmente definitiva contra la malaria, será fruto de combinar distintas estrategias: bloquear la infección en el hígado, impedir la multiplicación del parásito en los glóbulos rojos y reducir la transmisión mediante vacunas altruistas (que no inmunizan a quien la recibe, pero detienen la transmisión de la enfermedad).

Pero incluso una inmunización eficaz no bastará por sí sola. Porque la malaria es y seguirá siendo una enfermedad ligada a la pobreza, en la que el acceso a medidas básicas de prevención resulta determinante. Por ello, será imprescindible mantener herramientas como los mosquiteros tratados con insecticida y el rociamiento de interiores con insecticidas de acción residual.

Volviendo a aquella escena de Ronald Ross observando el mosquito y el parásito bajo el microscopio, es evidente cuánto ha cambiado nuestra comprensión de la malaria. Hemos pasado de descubrir simplemente cómo se transmitía a intentar diseñar vacunas capaces de anticiparse al parásito.

La inmunización definitiva aún no existe, pero cada avance –desde comprender al mosquito hasta estudiar proteínas concretas como RIPR– acerca un poco más la posibilidad de que aquella vieja enfermedad deje algún día de ser una amenaza para la vida de millones de personas.

José Antonio Garrido Cárdenas, profesor del Departamento de Biología y Geología, Universidad de Almería; Concepción Mesa Valle, profesora del Departamento de Biología y Geología en la Universidad de Almería, Universidad de Almería y José Cebrián Carmona, investigador postdoctoral, Universidad de Almería Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.