Por: Sarali Gintsburg, researcher, Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS – CSIC) Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
La crisis política francesa tiene su propia historia y su propia cultura. La calle lleva mucho tiempo siendo una forma de diálogo entre la sociedad y el Estado, y la huelga general, una manera de hacerle entender al poder aquello que no quiere escuchar en el Parlamento.
En mayo de 1968, las protestas estudiantiles desembocaron en una huelga general que puso en peligro el poder del general De Gaulle. En 1995, las huelgas contra la reforma social paralizaron el país. En 2018, los chalecos amarillos comenzaron protestando contra el aumento del precio de los carburantes y terminaron desafiando a la élite política.

En 2026, la nueva entrega comienza con los estudiantes de secundaria. Reclaman profesores, aulas en condiciones dignas y edificios donde puedan estudiar sin sufrir el calor ni tener que preocuparse por las ratas. Según los propios manifestantes, en algunos centros ni siquiera hay suficientes mesas y sillas. La respuesta del Gobierno consiste en suspender las clases, organizar reuniones entre los alumnos y la dirección de los centros y habilitar una página web para presentar quejas anónimas. El Estado ha decidido escuchar a unos estudiantes a los que hasta ahora les faltaba lo más básico.
Pero las protestas no tardaron en desbordar los centros educativos. A los estudiantes se sumaron padres, profesores, sindicatos y otros ciudadanos descontentos. Las reivindicaciones educativas confluyeron con el malestar por el encarecimiento de la vida, los recortes del gasto público y la desigualdad. En las pancartas apareció una exigencia: invertir en educación, no en armamento. Un conflicto localizado se convirtió en una disputa sobre las prioridades del Estado y sobre quién debe pagar el precio de sus dificultades económicas.
“Mayo del 68”: ¿cuarta y última entrega?
La escenografía resulta familiar: manifestaciones multitudinarias, enfrentamientos con la policía y acusaciones de violencia estatal. Pero, si realmente estamos ante una cuarta entrega de mayo de 1968, la cuestión principal no es si se repetirá la historia, sino qué quieren cambiar hoy los franceses: las decisiones del Gobierno, la élite política o la propia Quinta República.
La crisis actual tiene otra dimensión. En 2005, la muerte de dos adolescentes que intentaban escapar de la policía desencadenó semanas de disturbios en los suburbios. En 2023, el asesinato del joven Nahel Merzouk, de diecisiete años, a manos de un policía volvió a sacar a la calle a jóvenes de barrios desfavorecidos y reavivó el debate sobre la violencia policial y la discriminación. En ambos casos, un incidente concreto puso al descubierto una desconfianza hacia el Estado acumulada durante años.
En 2026, las protestas comenzaron por la falta de profesores y de recursos para la educación. Sin embargo, la geografía de las primeras movilizaciones obliga a ampliar la perspectiva.
La dimensión del “banlieue”
El movimiento surgió no en el centro de París, sino en sus suburbios obreros, sobre todo en el departamento de Seine-Saint-Denis y en el vecino Val-de-Marne. Entre los primeros focos de protesta había institutos de Saint-Denis y Aubervilliers. No es casualidad: Seine-Saint-Denis es uno de los departamentos más pobres de la Francia metropolitana, con una elevada proporción de población de origen inmigrante y desigualdades importantes en el acceso a los servicios públicos.
Tras las quejas de los estudiantes por las condiciones de sus centros educativos se encontraba un sentimiento de injusticia más amplio: ¿por qué unos alumnos tienen más oportunidades que otros dependiendo del lugar donde viven?
Tampoco se puede ignorar el origen de una parte importante de los jóvenes de estos municipios. Muchos son hijos o nietos de personas procedentes de Argelia, Marruecos y Túnez. Han nacido o crecido en Francia, estudian en centros educativos franceses y dirigen sus reivindicaciones al Estado del que son ciudadanos. Para ellos, la cuestión no consiste tanto en integrarse en una sociedad ajena como en entender por qué la igualdad proclamada por la República no siempre se hace efectiva en la vida cotidiana. Si la escuela ni siquiera garantiza unas condiciones básicas de aprendizaje, la promesa de igualdad de oportunidades pierde credibilidad.
A ello se suman la experiencia de las relaciones con la policía y la percepción de discriminación. De este modo, las actuales protestas estudiantiles enlazan con un conflicto más antiguo entre el ideal republicano de igualdad y el sentimiento de exclusión que persiste desde hace décadas en parte de los suburbios franceses.
Los propios disturbios plantean una cuestión distinta. Las autoridades señalan la participación de adultos vinculados a grupos radicales y de personas que aprovecharon las manifestaciones para saquear comercios y destruir bienes. También se informó de la presencia de activistas de black blocs, grupos de choque anarquistas o anticapitalistas, llegados del extranjero. https://www.youtube.com/embed/yT7IRl2dyQw?wmode=transparent&start=0
Sin datos consolidados sobre la nacionalidad de los detenidos, sin embargo, no cabe extraer conclusiones generales sobre su composición. Lo fundamental es no confundir a los manifestantes pacíficos, los estudiantes de secundaria y quienes participan en los saqueos y los actos vandálicos.
Debate sobre la inmigración
La ola de disturbios en Francia se convirtió rápidamente en un argumento dentro del debate sobre la inmigración, tanto a nivel interno como en el resto de Europa. En el plano nacional, el polémico político francés Éric Zemmour, uno de los adalides de la teoría del “gran reemplazo”, afirmó directamente que no sería posible recuperar la paz social sin una “remigración”.
Desde el exterior, los acontecimientos franceses sirvieron para cuestionar los modelos migratorios: el estadounidense Donald Trump culpó a la inmigración de lo sucedido, mientras que el excanciller austríaco Sebastian Kurz lo presentó como consecuencia del fracaso de dicha política.
Sin embargo, lo más llamativo fue que el debate caló incluso en políticos más liberales: el húngaro Péter Magyar vio en estos hechos una confirmación de la necesidad de mantener una política migratoria estricta, mientras que el polaco Donald Tusk aprovechó la ocasión para subrayar el rigor de la política de asilo de su país, aun sin vincular directamente los disturbios con la inmigración.
Estas declaraciones reflejan el intento de explicar la crisis francesa como un fracaso de la política migratoria. Sin embargo, la magnitud de lo ocurrido obliga a plantear una cuestión más amplia. En una entrevista publicada por Le Parisien el 19 de octubre, el politólogo Jérôme Fourquet, director del departamento de opinión pública y estrategias del instituto Ifop, calificó la violencia urbana de “verdadera cuestión de civilización”. ¿Cómo ha llegado Francia a una situación en la que la cuestión migratoria aparece vinculada a una fractura social más profunda?
El ideal republicano
La desigualdad social, la discriminación y el sentimiento de exclusión no explican automáticamente los estallidos de violencia, pero sin tenerlos en cuenta resulta imposible entender por qué el conflicto entre una parte de la juventud y el Estado se reproduce de generación en generación. Esta persistencia plantea una cuestión de fondo: qué mantiene unida a la sociedad francesa y hasta qué punto el ideal republicano de igualdad sigue siendo compatible con la experiencia cotidiana de todos sus ciudadanos.
En 1968, la calle desafió al poder de De Gaulle. Hoy, lo que está en juego es la propia idea de unidad republicana. Mientras Francia no encuentre una respuesta a la contradicción entre los principios universales de la República y la experiencia real de una parte importante de sus ciudadanos, la crisis seguirá reapareciendo bajo nuevas formas. ¿Será esta entrega la última de la Quinta República o se limitará a preparar la siguiente?
Por: Sarali Gintsburg, researcher, Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS – CSIC)

