¿Por qué ver un fenómeno rutinario y natural como un eclipse nos emociona tanto? Es pura matemática, son dimensiones, distancias, velocidades, algo de luz, energía y poco más
Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural: Literatura Panameña pcrenes@gmail.com

Artículo por: Pedro Crenes Castro

Volver a la luz, dejar atrás las sombras, no volver a mirar al Sol, no estar pendiente del tránsito de la Luna más allá del goce y la algarabía de un suceso natural que sobrecoge.
Lecciones de un eclipse
En España, todo el mundo quería ver el eclipse. Aquello de que el último total visto en la península fue en 1912, tenía a todo el mundo movilizado: las autoridades pidiendo mesura ante la emoción, y que ante todo se usaran los famosos lentes —que los rezagados intentamos buscar en el último momento— para mirar directo al Sol, a la sombra que se interpondría entre nosotros y él, y no perder en el intento la vista ante la belleza simple de un movimiento, casi una danza. Un eclipse es solo eso, ritmo, imagen y belleza. Como la poesía.
La primera lección, es que la belleza se encuentra en la levedad de los movimientos sencillos, en escondernos en las sombras, aunque nos llamemos Luna y nos pinten de plata, llena, menguante o nueva. Parecer una sombra que tapa lo más grande, pero no, la perspectiva esconde, abrillanta y agiganta cualquier elemento que sirva para trazar, en movimientos que parecen sorbos a un buen vino, la belleza de las esferas en el aire. Escribir también es una danza aprendida entre el hecho narrativo y la perspectiva que hagamos asumir al narrador, nuestro primer personaje.
¿Por qué ver un fenómeno rutinario y natural como un eclipse nos emociona tanto? Es pura matemática, son dimensiones, distancias, velocidades, algo de luz, energía y poco más, lo demás es contemplación de nuestra parte, algo de suerte y paciencia.
Pero no nos resignamos a un naturalismo científico frío, casi metálico por matemático, le ponemos a los fenómenos naturales nuestra parte de épica, de mito, necesitamos, o eso parece, hacer un pacto ficcional, narrativo, ante semejante despliegue de medios naturales, como nos pasa con las tormentas o los suaves atardeceres de primavera y verano. No nos resignamos a mirar detrás de los lentes para ver el eclipse sin inventarnos una tragedia, o una comedia o ritos para acompañar este cambio de la luz solar que se enturbia y enfría, que estremece, y que luego desaparece cuando la pequeña sombra de la Luna da paso otra vez al poderoso Sol.
La segunda lección del eclipse del pasado 12 de agosto de 2026: la complicidad emocionada entre lector y escritor. Las historias suceden, llevan sucediendo siempre, son los mismos temas, los mismos escenarios —más o menos modernos—, los mismos latidos, las mismas lágrimas, «todos los fuegos el fuego», pero no, queremos leer cada historia como nueva, como única, como capaz de mover algo dentro.
Necesitamos darle a tantas situaciones anodinas y reiteradas hasta el aburrimiento su dosis de épica, de mito, de ficción continua que las rescate del olvido que somos. Necesitamos algo de ritmo, de suerte, del amargo don de la belleza de ciertas tragedias y de algunas comedias para que insistamos, por enésimas vez, en leer o escuchar una nueva historia. Todos los eclipses el eclipse, no, sencillamente no: nuestro ser ficcional no nos lo permite.
Si emocionante es ver cómo poco a poco la luz se enrarece y el calor se agota de forma distinta —no es un atardecer—, y la Luna disfrazada de sombra esconde el Sol, es casi una bendición ver cómo, a ritmo de suspense, en su momento preciso de matemático asombro, se aparta para que la luz vuelva, para que el calor se manifieste y recuperemos el día donde lo dejamos para que la noche, esas sombras bajo el control de la naturaleza, se manifieste con su certidumbre cotidiana. Volver a la luz, dejar atrás las sombras, no volver a mirar al Sol, no estar pendiente del tránsito de la Luna más allá del goce y la algarabía de un suceso natural que sobrecoge.
Tercera lección: la literatura como tránsito hacia la luz, rota, manchada, terrosa, pero luz. Escribir historias que nos devuelvan algún brillo o destello, que atenúen el llanto, que relativicen la resignación, que doten de algunas fuerzas para seguir mirando más allá de lo que tenemos delante. Nos quieren vender que cualquier ausencia de luz es noche, cuando nos están robando, con sombras chinescas y lunares, nuestra parte del fuego, de la luz que será luego de verdad noche. La literatura sirve para eso, quizás, para no dejarnos caer en fríos raros, en miedos a medias, en atardeceres que no son.
Casi no veo el eclipse, pero al final, un alma caritativa tenía lentes de sobra y pude asomarme al «fenómeno», al «espectáculo». Es difícil no mirar a cualquier parte y encontrar lecciones para seguir escribiendo, para encontrar o inventarnos motivos para seguir haciéndolo, porque es tan natural como los eclipses, y aun así, nos empeñamos en reincidir, en seguir mirando al cielo para sombrarnos, en seguir leyendo para que el vértigo sea menos y no se pierda la belleza de las cosas cotidianas.
Pedro Crenes Castro, coordinador del Viernes Cultural Literatura Panameña | pcrenes@gmail.com

Pedro Crenes Castro (Panamá, 1972), es escritor. Columnista y colaborador en varios medios panameños y españoles. Ha ganado dos veces el premio Nacional de Literatura Ricardo Miró de Panamá y dicta talleres literarios. Vive en España desde el año 1990.

